Actores

Julio Bravo

Cuando era niño, me parecía que ser actor era algo muy sencillo; tanto, que no entendía por qué tenían que estudiar en una escuela. Se trataba solamente de aprenderse un texto y de decirlo de la mejor manera posible. ¡Qué ingenuo! Evidentemente, ya no creo que ser actor sea únicamente eso. Aunque me temo que hay actores -rectifico: gente que sale en películas, series de televisión o, menos, obras de teatro-, que siguen creyéndolo.

Conozco a muchos actores. Si me paro a pensar, que pocas veces lo hago, he de concluir que no encuentro un rasgo común que les defina. Ni una sensibilidad especial, que debería englobarlos a todo, ni la capacidad de trabajo, ni las aspiraciones, ni las inseguridades (aunque estas son muy comunes, pero creo que eso es algo inherente al ser humano), ni las inquietudes artísticas, ni tan siquiera las paranoias (los hay, lo juro, que no las tienen, o al menos no se les notan). Hay actores a los que les gusta hacerse notar allí donde estén (llevando, por ejemplo, gafas de sol independientemente de que sea de día o de noche, de que estén en la calle o bajo techo), y actores a los que les gusta pasar desapercibidos. Hay actores que no pueden salir a la calle sin haberse tomado un batido de elogios para desayunar y otros, los menos, que se ruborizan cuando se habla bien, de ellos (les gusta, claro, pero a mí también me gusta, no hace falta ser actor para eso).

Hace unos años, comenzaba así una entrevista con Carlos Hipólito: «Es modesto, discreto y natural; a pesar de eso, es actor». Hay actores que van siempre disfrazados de actores, con ese estudiado desaliño de tinte progre, y otros que visten como a ellos les gusta. Los hay que leen y los hay que no. Los hay que estudian y los hay que no. Los hay que están en crecimiento constante y otros que creen que lo saben todo. Algunos confunden su profesión con la de modelo y otros se exhiben únicamente encima de un escenario. Pero los actores son como el resto de la humanidad, vaya. Ni mejores, ni peores. Ni son dioses ni desechos humanos.

He conocido a lo largo de mis casi treinta años de trayectoria periodística a muchos actores, y he tenido con ellos experiencias totalmente diferentes. Con la mayoría mantengo una relación de respeto profesional, incluso de simpatía mutua (o al menos así me lo hacen creer). Tengo afecto por muchos de ellos; complicidad con varios, y me considero amigo de un puñado de ellos. Buena parte de los actores que conozco tienen un enorme respeto por su profesión, y eso les lleva, por ejemplo, a viajar a menudo a Londres, París o Nueva York para ver teatro y seguir aprendiendo; o les hace apuntarse en cursos y devorar libros y libros cuando tienen que encarnar a un personaje histórico; los hay que, en su afán de perfección, se colocan una prótesis en su dentadura para interpretar a un enfermo de cáncer de boca. Hay ocasiones, sí, en que algunos llegan a la obsesión, pero me parece disculpable.

Bien mirado, la interpretación y el periodismo (para quien no lo sepa, soy periodista y ejerzo el periodismo desde hace treinta años) tienen ciertas similitudes. En primer lugar, ambas profesiones tienen como objetivo contar cosas, comunicarse con su sociedad, cultivar la belleza -en la medida de sus posibilidades- y entretener, en el mejor sentido del término. Son oficios afectados por el intrusismo, en los que el inasible valor del mercado cuenta a menudo mucho más que la preparación. Los dos crean falsos ídolos y alienta vacuas egolatrías. Hay actores que no han ido en su vida al teatro del mismo modo que hay periodistas que no leen ningún periódico por las mañanas. Y lo peor, que no tienen intención de hacerlo. Hay rostros tan bellos como inexpresivos que se creen actores como hay junta letras que se creen escritores o famosos que se creen que ejercen el periodismo por el mero hecho de bautizar como noticia exclusiva lo que no es más que un simple cotilleo o, peor aún, una gilipollez (y espero que me sepáis disculpar el exabrupto).

Admiro a los buenos actores como admiro a los buenos periodistas. Prefiero, claro, a los que se desgastan los zapatos sobre los escenarios, porque creo que, dentro del artificio que es la interpretación, hay siempre más verdad cuando el espectador se encuentra presente. Pero respeto a quien no lo hace: conozco a una notabilísima actriz que no quiere ni oír hablar del teatro, y soy devoto de su trabajo. Pero sobre todo, admiro, cuando es el caso -y lo es con frecuencia- a los seres humanos, algunos extraordinarios, que encuentro detrás de la fachada. Y eso es lo que de verdad importa.
 

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