Actuar con contundencia.

Eduardo Velasco

Quiero disculparme.

Ante todo quiero disculparme por ser un actor, un profesional de la cultura que se siente libre de decir y de hacer lo que cree oportuno, lo que piensa, lo que siente. Quiero disculparme porque no estoy dispuesto a dulcificar la palabra para suavizar sus contenidos. Soy actor y solo sé actuar con contundencia. Hoy es lo que dice la clase política, que debemos actuar con contundencia y esa es la única respuesta posible: “Los actores mentimos para contar la verdad, los políticos mienten para ocultarla”.

Hoy es un día cualquiera de un soleado día de invierno. Me llamo Ángel y soy un actor en paro.

Suena el despertador. Son las 7´30h de la mañana. Hay que levantarse para iniciar otra jornada más de ensayos hacia un estreno incierto. El primer paso alejándome de la cama en dirección a la ducha ya resulta una heroicidad. Camino hacia delante mirando hacia atrás, hacia las sabanas calientes y el mullido colchón. Suenan las noticias en el reloj despertador situándonos en un mundo voraz y atroz donde no hay espacio para la palabra y la cultura. Nos la están intentando robar. Aún, con el cuerpo helado por el frío de la mañana y con el chaquetón puesto me dispongo a desayunar. Hace un mes nos cortaron la calefacción por falta de pago. Otra muesca más en el calendario de mi morosidad. Hace una semana entró de golpe el invierno. Este será sin duda un crudo y frio invierno. Mientras, en el reloj despertador siguen hablando de corruptelas y estafas piramidales del poder. Ellos roban, nosotros pagamos, ellos ríen, nosotros… desayunamos nuestra hambre.

El metro está como siempre a estas horas, lleno. Un lugar bajo tierra donde las miradas esquivas huyen de personalizar nuestros encuentros. Me gusta mirar a la gente y jugar a descubrir la vida de cada uno. Somos seres insignificantes en los túneles del hormiguero de la gran ciudad. Una mujer lleva a duras penas el carrito de su bebe, un señor en silla de ruedas observa el mapa de estaciones para saber en cual de ellas se podrá bajar para llegar a su objetivo. No es fácil manejarse en silla de ruedas bajo tierra con tantas escaleras. Un señor mayor lee el periódico del día, una chica joven ojea una revista sensacionalista. Cada uno tiene su historia, su vida. Pero todos somos parte de este hormiguero bajo el suelo de la gran ciudad. Una pareja joven agota los últimos momentos de la noche anterior bajo el manto de un deseo que apenas durará unas horas más.

Al salir de nuevo al cielo abierto observo un pulsador gigante de acceso al metro para ayudar a abrir las puertas a personas discapacitadas. Observo detenidamente el pulsador y las escaleras de granito al mismo tiempo. El señor de la silla de ruedas está a mi lado haciendo el mismo recorrido con su mirada. Mira el pulsador y mira las escaleras de granito. Por último me mira a mí.

9h de la mañana en la puerta del local. La puntualidad no siempre es compartida y a veces toca esperar. Busco un rayo de sol cercano y saco el móvil con mis manos congeladas. Es inútil. Otro caso más de corrupción acaba de salir a la palestra. En esta ocasión unos funcionarios públicos cobraban comisiones por contrataciones de catering en comedores escolares. Al parecer cambiaban fideos por gusanos. Mientras los gusanos estuvieron allí quietos nadie se dio cuenta. Sólo cuando uno de ellos decidió moverse para reivindicar la poca vida que aún le quedaba saltaron todas las alarmas. Un acto sin duda heroico de un insignificante gusano que ya pasó al olvido.

Acaba de llegar María, la directora. Viene con rostro serio.

YO.- Buenos días María.

MARIA.- No diría yo lo mismo…

YO.- ¿Por que? ¿Ha pasado algo?

No obtuve respuesta a mi pregunta. Tal y como está el patio decir buenos días ya es mucho. Me dispongo a poner la máquina del café mientras llegan los demás y voy sacando la utilería y el atrezzo necesario para el ensayo de hoy.

MARIA.- Déjalo Ángel. Hoy tendremos una reunión con todo el equipo. No habrá ensayo.

YO.- Pero si estrenamos la semana que viene, no podemos perder ni un día más.

MARIA.- Te he dicho que lo dejes Ángel, ahora os cuento a todos la situación cuando lleguen los demás. Ayúdame a poner las sillas para la reunión.

Tras 15 minutos de espera María arranca la reunión con todo el equipo anunciándonos que ya no hay estreno, que todo se va al garete y que la producción se queda aquí sin posibilidad alguna para sacarla adelante. ¿Por qué? Preguntamos todos. No hay ayudas, no hay apoyo, no hay teatros, no hay nada. Hemos perdido al inversor y el dinero que hemos puesto de nuestro bolsillo no da para más. Ensayamos sin cobrar, sin estar dados de alta en la seguridad social, no somos nada. Quizá menos que ese gusano rebelde que un día denunció la situación de todos los gusanos disfrazados de fideos que alguien coló en los comedores de los colegios públicos de la comunidad.

Nos quedamos mudos, sin atrevernos a mirarnos a los ojos. El gusano de la cultura se ahoga en un plato de sopa corrupto que sólo alimenta a aquellos que no tienen cuchara.

12h de la mañana. Ahora el metro está más tranquilo. Yo no. Salgo de nuevo a cielo abierto en un punto céntrico de la ciudad, Sol. Me quedo parado en mitad de una plaza abarrotada de gusanos que pasan sin mirar, esquivándose unos a otros. No puedo más. El frío congela mi cuerpo y busco el sol para calentarme. A medida que voy entrando en calor empiezo a desprenderme de mi ropa hasta quedarme totalmente desnudo. Y entonces sí, entonces si se para la gente para mirarme. Yo también les miro extrañado, como si no supiese qué están haciendo ellos, qué estoy haciendo yo. Brotan de mí las palabras perdidas de anteriores personajes.

YO.- Ay, mísero de mi y ay infelice…

Llega la policía

23´30h. Sigo en el calabozo de la policía local. Comienzan a funcionar las rotativas de todos los periódicos que otros leerán mañana en el metro. Sólo en uno de ellos hablan de un loco que ayer se desnudó en la plaza mayor gritando contra un mundo injusto y contra la corrupción. Un simple gusano escondido en un calabozo donde al menos no tendrá que pagar el alquiler. Pero con una sonrisa dibujada en el rostro por haber contado la verdad. Su verdad. Un rayo de sol entra por el ventanuco de la celda.
 

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