Algo huele a podrido

En ocasiones la inspiración —que no deja de ser una turgencia más del organismo humano, en este caso de la mente— no se inflama como es debido y se derrenga, como mustia. Es inútil combatir ese reblandecimiento con gritos de guerra o frotamientos. Obcecarse tan solo conduce a una mayor flacidez y, por consiguiente, a un empeoramiento de la situación. Hay que restarle importancia y trasladar nuestros pensamientos a otra cosa, sin rubor y sin angustias. Olvidar el tema hasta que las musas tengan a bien agraciarnos de nuevo con su aliento.

Pero cuando el encasquillamiento se prolonga más de lo tolerable o, debido a requerimientos externos, nos acucian las prisas, debemos tomar con decisión medidas que atajen el problema. No hay un remedio universal, pero sí muchos remedios caseros. Cada maestrillo tiene su librillo. Luis Buñuel, por ejemplo, se tomaba una copa de dry martini y luego otra, pero no más de dos. Salvador Dalí se tumbaba en un sofá con una cucharilla en la mano y practicaba el método hipnagógico. David Lynch tira de la meditación trascendental y además sobrecarga el café con azúcar. Friedrich Nietzsche daba largos paseos y comentaba que las ideas siempre le llegaban caminando. Hemingway arreaba unos puñetazos en la cara de alguien. Los escritores, si escriben novela negra, beben whisky. O, por lo menos, así ha quedado plasmado en el tópico. Viajar, cortarse el pelo, ordenar el lugar de trabajo o cenar opíparamente son procedimientos muy recomendables. No siempre funcionan pero a veces sí. Yo mismo practico alguno de ellos, no diré cuáles. Viajar no.

En esencia, de lo que se trata es de airear la cabeza. Agitar un poco las neuronas con aportes novedosos. Permanecer mucho tiempo en un mismo sitio, ya sea física o mentalmente, es letal. Hay que darle cuerda al cerebro de vez en cuando. Despejar las piezas del tetris que han quedado acopladas y hacer sitio para que lleguen otras con las que componer formas nuevas.

Para mí, que soy un huraño, estos aprietos me fuerzan a tomar contacto con el mundo exterior de forma periódica. El lado positivo es que reactivan mi sociabilidad. Salgo de la caverna, desentumezco rótulas, gemelos y abductores, descubro qué están haciendo los demás, me expongo a encuentros fortuitos que no estaban previamente concertados —a veces incluso con seres humanos desconocidos—, etcétera. Eso está bien en lo que tiene de ejercicio aeróbico y porque de no ser así acabaría transformado irremisiblemente en un sosias de Mr. Chance. El lado negativo es que, por desgracia, con el paso del tiempo las excursiones al siglo de los humanos no hacen sino reforzar mi creciente misantropía. El motivo es que cada vez encuentro menos áreas de prospección cultural sugestivas ahí fuera.

El teatro: me da un poco de reparo ir como espectador porque me avergüenza toser durante la función y, no sé por qué, siempre me entran unas ganas irreprimibles de toser en cuanto se levanta el telón. La música: en los conciertos de estar sentado me duermo y, lo que es peor, ronco; a los de estar de pie no voy porque huyo de las aglomeraciones, sobre todo cuando vienen acompañadas de bulla. La lectura: con estos calores tampoco puedo sentarme a leer porque empiezo a sudar, a sudar, y no hago más que retorcerme buscando rincones fresquitos de la butaca sin poder concentrarme. Los toros: no voy porque luego me miran mal y los niños me llaman asesino. El circo: sin animales y en plan políticamente correcto es una cursilada bastante epatante. La tele: sin comentarios. Los recitales de poesía: hay que poseer un tipo de sensibilidad de la que yo carezco por completo. El mimo: no lo entiendo. La misa: ya no es lo mismo desde que no se hace en latín y es dificilísimo encontrar buenos sermones. Los espectáculos de striptease: me impacientan. Las luchas de gladiadores: por alguna razón que se me escapa siguen prohibidas. Los museos: no paras de ir para arriba y para abajo viendo cosas que se ven mucho más cómodamente en un libro ilustrado y, encima, no dejan fumar. ¿Qué me queda? Me quedaría mi refugio / medio de evasión tradicional, el cine.

¿Y qué me pasa con el cine? Que ya no me apetece ir. No ya como buscador de estímulos que alivien mi morbidez, sino que ni siquiera como espectador de a pie. Hace treinta años que el cine me viene pareciendo, cada vez más, un muermo. Empezando por el español. Pero también el italiano. Y el francés. Y el alemán. Suma y sigue. Algo ocurrió en algún momento de los años ochenta que dio al traste con la cinematografía occidental. El cine no se ha recuperado desde entonces. Admito que cada ocho o diez años me solazo con un Crash —de Cronenberg—, un Funny games, un Tideland o una Melancholia. Pero es sólo una película cada ocho o diez años. Que, teniendo en cuenta el volumen de producción actual, es como decir ninguna. Lo máximo a lo que se puede aspirar es a ver algo correcto en un cine, algo bien hecho, con una bonita fotografía. Cine dulzón, melifluo, pasteurizado. Pero nada más. Hace tres décadas que apenas se estrena una película que valga la pena de verdad. Que una línea de diálogo, un plano o siquiera el título de una película actual perdure en mi mente dos días después de haberla visto es un acontecimiento extraordinario.

¿A qué se debe esto? ¿Qué ocurrió? Hay varias causas. No todas están claras. Por ejemplo, que el cine sea cada vez más anodino… ¿está vinculado causalmente a la proliferación de escuelas de cine, o se trata solo de una coincidencia? No me atrevería a asegurarlo, pero con sembrar la duda me doy por satisfecho. Lo llamativo es que esas causas variopintas coincidieran en un margen de tiempo tan reducido y en tantos sitios a la vez. No fue un relevo generacional: los mismos cineastas que habían alumbrado productos brillantes o malos pero con gracia pasaron a partir de entonces a realizar ora insipideces, ora pestiños.

El fantasma del atontamiento extendió su capa sobre la superficie del orbe a mediados de los ochenta como si de un quinto jinete del Apocalipsis se tratara. Y no solo en el cine. Pero muy manifiestamente en el cine. Algo estuvo mal en la Ley Miró, que dejó el cine de espaldas al público. En algo la pifiaría la Unión Europea, porque antes había un star system pancontinental tan popular como el americano y ahora sólo reconocemos a los actores continentales cuando los nominan a un Oscar. Algún espíritu maligno poseyó a los franceses, que acabaron mimetizándose con su propio tópico y rohmerizando hasta el paroxismo sus películas atiborrándolas con secuencias de amigos que cenan. Y a los alemanes, que de producir Querelle y Corazón de cristal pasaron a ser la versión más ramplona del Hollywood televisivo más ramplón a este lado del Atlántico. Y algo escacharró Hollywood en los años ochenta al dirigir exclusivamente y sin ambages su producción al público adolescente o directamente mentecato.

¿Exagero? Puede. Cada cual lo vivirá a su manera. Pero treinta años después yo no percibo mejora. Eso sí, como no me rindo, persisto. Lo último que se pierde es la esperanza. Rebusco entre las cenizas, lo que me lleva a cometer intrepideces tan incomprensibles —para mí mismo— como dejarme caer por el videoclub de mi barrio para alquilar Film socialisme, la última película de Jean-Luc Godard, no sea que el viejo maestro tenga algo que ofrecerme. Y sí, faltaría más, por supuesto que lo tiene: un ladrillo apoteósicamente insoportable (qué sorpresa). O así se lo parece a una persona sin estudios y de cociente inferior a 160 como yo. Debo puntualizar que el señor Godard, que me parece un tipo muy simpático y que me divierte mucho con sus declaraciones, no ha sido nunca santo de mi devoción como cineasta. Pero es que el sentimiento de pérdida me hace recurrir a las viejas glorias. Las que sean. Recomiendo, de todas formas, echar un ojo al DVD aunque sólo sea para deleitarse con los contenidos extra. Especialmente con ese compendio de comentarios de críticos prestigiosos —muchos de ellos españoles— que coinciden en calificar la película, si no lo he entendido mal, de cataplasma ininteligible a fuer de genial y sublime. No se ve todos los días a un DVD autojustificando su propia existencia.

En fin, que ahora empiezo a entender a José María Nunes cuando clamaba aquello de que había que amontonar todo el cine hecho hasta ahora en una pila, rociarla con gasolina y prenderle fuego. Sería pasto de las llamas lo nuevo, porque se lo merece, y lo viejo, porque no lo merecemos. Podríamos hacerlo en una playa cualquiera del Mediterráneo durante el solsticio de verano, al son del The end de los Doors. Bah, aunque tampoco hace falta ponerse místico. También se puede hacer un día cualquiera en un solar que no tenga muchos rastrojos. O en el incinerador de residuos municipal.

P.D.: Aunque no me dejen fumar sigo yendo a exposiciones y, mientras escribo estas lineas, hay por lo menos tres en Madrid que recomiendo a la gente dotada de sentido y sensibilidad: la de Cildo Meireles (en el Palacio de Velázquez hasta el 29 de septiembre); la de John Cage, La Monte Young, Flynt, Morris, Maciunas y resto de la cuadrilla (en el Centro de Arte Reina Sofía hasta el 23 de octubre); y la de Tania Gala en el café Metropolitain (en la calle de la Madera hasta el 31 de julio y luego otra vez la segunda quincena de agosto).

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