Aquilino, el vigilante nocturno del Teatro de la Comedia

Eduardo Velasco

Siempre entraba por la puerta de atrás. Silencioso. No le gustaba encontrase con nadie y evitaba saludos inoportunos o impertinentes. Trabajaba de noche y dormía de día. Aparecía el último en todos los programas de mano. Aquilino era simplemente el vigilante nocturno del Teatro de la Comedia.

Todas las noches se escuchaba una última voz despedirse: .-“Hasta mañana Aquilino”. Pero él nunca respondía. Esperaba 15 o 20 minutos más para cerrar la puerta de personal con llave y quedarse sólo.

Veía todos los espectáculos al menos una vez. Si alguno le gustaba mucho incluso repetía hasta que se cansaba. Decía que los actores estaban muy tensos y nerviosos en los estrenos. Segundas funciones tampoco son buenas. El asistía siempre a la tercera.

Aquilino tenía su rincón para ver y no ser visto. Era un hombre normal, como su propio nombre indica. Uno de esos hombres que nació en la posguerra y que fue protagonista de una pequeña parte de nuestra historia. Al menos de esta. Nadie sabía a ciencia cierta cuánto tiempo llevaba allí. Él contaba que fue allá por la transición cuando entró a trabajar como vigilante, cuando los de “Catañuela 70” formaron aquel revuelo con la policía y los gritos de libertad ¡libertad¡ El mismo día que Juan Margallo, Petra Martínez y Gloria Muñoz, entre el resto de compañeros, estrenaron el espectáculo que impulsó una revolución cultural. Era el 21 de agosto de 1970. Y ya lo decía él nada más entrar… A estos los van a prohibir ya verás. El último espectáculo que vio fue “La dama boba”. Era el año 2002, cuando cerraron el teatro para reformarlo, fue entonces cuando se jubiló.

No le hacía ninguna gracia que le llamaran para hacer horas extras acompañando visitas guiadas. No le gustaba el día, por eso estaba encantado con su trabajo como vigilante nocturno. De vez en cuando aceptaba porque un ingreso extra nunca viene mal. Conocía el teatro mejor que nadie. Explicaba aquello del incendio 40 años después de su inauguración con aquella obra protagonizada por un tal Emilio Mario. ¿Quién sería Emilio Mario?. Conocía la historia de todos los actores y actrices que pasaron por su teatro, se sabía de memoria cada espectáculo y cada reparto. Tenía todos los programas de mano guardados en su escondite. Ese desde el que veía sin ser visto. Y recitaba cada elenco como si fuese la alineación de un equipo de futbol en aquella final mítica.

Dicen que en aquel incendio del 16 de Abril de 1915 murió una actriz que quedó atrapada en su camerino. Tardaron 8 meses en volver a abrir sus puertas al público. En aquellos tiempos el teatro era fundamental para que el pueblo estuviese entretenido. Nadie sabía a ciencia cierta si murió alguien en aquel incendio o no, pero la leyenda de que un espíritu vagaba de noche por el escenario hacia más interesante las visitas. Y Aquilino se divertía mirando sus caras al contarles sus encuentros con el fantasma.

Cuando llegaba a la placa que conmemoraba el discurso de José Antonio Primo de Rivera el 29 de octubre de 1933 siempre pasaba de largo.

“Sí. Aquí pronunció Primo de Rivera su discurso fundacional de la falange. Como ven este es un teatro que ha sobrevivido a las dos Españas. Se inauguró en 1875 con “El espejo de cuerpo entero” y se cerró en 2002 con “La dama boba”.

Abría entonces las puertas de entrada al patio de butacas rápidamente para cambiar de tema y no dar pie a ningún debate incómodo. No le gustaba hablar de política. Él sólo era el vigilante del teatro.

Dejaba encendida la lámpara gigante del techo para provocar la admiración de los visitantes. Como quien prepara su casa para presumir ante una visita. Pero cuando realmente se sentía a gusto era por la noche. Cuando estaba sólo. En silencio. Ssshhh… Les decía en voz baja a los visitantes para demostrarles la maravillosa acústica que permitía a los actores realizar un trabajo exquisito con sus interpretaciones. Luego les explicaba cómo salir del gallinero y bajar las escaleras hasta la salida. Ése era el fin de la visita.

No le gustaba pisar el escenario durante la noche, decía que era el espacio de los artistas. Que parte del alma de sus personajes quedaba suspendida entre varas y bambalinas, representando para él aquellas funciones nocturnas de las que siempre era protagonista femenina la actriz que murió en aquel incendio. "Hamlet" con Segismundo, "Ofelia" con Rosaura, obras y personajes se mezclaban en una extraña dramaturgia de difuntos con un solo espectador.

Aquilino sentía el silencio en estado puro cuando se sentaba en el centro del patio de butacas. Al principio le provocaba una extraña ansiedad. Sus oídos no estaban acostumbrados a un silencio tan absoluto. Emitían un extraño pitido interno y cualquier ruido le sobresaltaba. Estaba siempre alerta. El silencio provoca miedo a lo desconocido, a los fantasmas.

No sabemos si Aquilino sigue allí, en su pequeño piso interior de un periférico barrio de Madrid. Quizá se mudó al campo tras jubilarse. Aquilino no es más que un personaje inventado en el recuerdo de un actor de provincias que hace 15 años pisó por primera vez un escenario de Madrid. El Teatro de la Comedia de la calle Príncipe.

Fue por el año 2001 con un “Otelo, el moro” dirigido por Emilio Hernández con una maravillosa versión de Luis García Montero. Uno de esos textos donde el bardo y el granadino fusionaron sus plumas para que la palabra volara al ser pronunciada. Aún recuerdo los paseos por el patio de butacas vacío, por los camerinos, el crujir de las tablas en el escenario…

En septiembre del 2015 está prevista su reinauguración pero Aquilino ya no estará. Llevo 15 años recordando un nombre al final de un programa de mano donde citaban a todo el equipo técnico de la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Un nombre perdido con una vida que imaginé mil veces. Ésta sólo es una de ellas, una de sus vidas posibles.

Discúlpame Aquilino por inventar tu historia. Nombrarte quizá sea una forma de reunirte con el alma de todos aquellos personajes que se quedaron para siempre en el escenario del Teatro de la Comedia.

Porque la historia es aquello que siempre olvidamos tan fácilmente. ¿Quién fue Emilio Mario?…

 

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