Contra gustos

El gusto no sólo está sobrevalorado, a menudo es un estorbo. El principal adversario de un espectador es su gusto. Comer, leer, ver, escuchar lo que no nos gusta nos hace libres. Y por consiguiente adultos, porque la preeminencia del gusto es una rémora infantil. La vida de un niño gira alrededor de su gusto, rechaza la verdura o la sopa porque no le gustan. Un niño está creciendo, le ha dado tiempo a conocer muy poco de este mundo. No se ha formado un criterio, no ha educado aún su paladar ni su autodisciplina. Exige la satisfacción inmediata de sus deseos y no opone resistencia ni demora a sus necesidades. Los niños son así y así deben ser. Pero es turbador ver a un adulto comportarse como un niño. Y, sin embargo, así es como se comporta una cantidad considerable de adultos.

Esto se ve mucho en la mesa. Seres empujando con el tenedor algún ingrediente hacia el borde del plato o camuflándolo bajo restos apenas mordisqueados. Individuos con hipoteca, con hijos, con carné de conducir, con patas de gallo, recitando orgullosos una lista interminable de sustancias que no comen o que no piensan probar jamás… no por intolerancia, prescripción médica o con fines dietéticos, sino por una simple cuestión de gusto. Asombra constatar cuántas cosas es capaz de juzgar un ser humano como indeseables sin conocerlas. Y ante cuántas frágiles resistencias está dispuesto a rendirse. El disgusto previo al gusto convertido en gusto. El prejuicio como regla de vida.

La primera cuestión que siempre me viene a la mente en estos casos es: ¿y su vida sexual? ¿Estará igual de constreñida? —me preocupa mucho la vida sexual de los demás porque casi todos los desastres provocados por la Humanidad en contra de sí misma emanan de un tipo u otro de neurosis; y a su vez la neurosis emana (como sabiamente afirmaba Wilhelm Reich) de la insuficiencia orgásmica—. ¿Pertenecen la gastronomía, la sexualidad y las afinidades culturales a esferas separadas? Naturalmente, pero no siempre ni en todos los aspectos. Y la inhibición puede subyacer a todas ellas y traslucirse en cada una de ellas.

De igual forma que un niño aprende a someter las deposiciones a los dictados de la voluntad, un adulto también debe dejar bien claro a su propio gusto quién manda aquí. Enseñamos a los niños a luchar contra su gusto, a doblegarlo. Si no lo hiciéramos sólo comerían chocolate y macarrones. Adolecerían de graves carencias nutricionales, sociales y culturales. A todos nos parece obvio que el crecimiento está asociado al descubrimiento, al ensanchamiento de nuestro campo cognitivo. Sin embargo, al parecer, muchos de nosotros decidimos, en un momento dado y sin causa justificada, que ya no es necesario seguir creciendo, que ya está bien de aprender, de mejorar y de engrandecerse. Construimos un entramado de gustos que define una zona de confort y nos repantigamos en ella.

A menudo he discutido acerca de qué es una película o una obra de teatro comercial. Se acostumbra a decir que un producto comercial es el que está destinado al gran público. Es una definición muy precaria. Algo puede estar destinado al gran público y fracasar estrepitosamente. Y, en cambio, productos de vocación minoritaria se ven recompensados en ocasiones —para sorpresa incluso de sus propios artífices— con el éxito de taquilla. No, lo que define al producto comercial no es su afán de éxito, sino su previsibilidad. Ha de basarse en tramas y estructuras reconocibles —es decir, ya vistas— y limitar la originalidad a una dosis mínima indispensable: esa gota de sorpresa o extravagancia que diferenciará un producto de otros y que servirá de reclamo publicitario. Pero no debe frustrar las expectativas del espectador ni arrojarle fuera de su zona de confort.

Dicho de otra forma: un producto comercial debe arrullar al espectador. Como se hace con los niños. A los niños les gusta escuchar el mismo cuento una y otra vez. Ver la misma película veinte veces. Saben cómo acaba, pero no importa. Es más, sí importa: debe acabar siempre igual porque un cambio les frustraría, haría temblar el suelo bajo sus pies. Eso lo saben muy bien los guionistas de Hollywood. Sus guiones están perfectamente pautados, su estructura preconcebida, sus puntos de giro milimetrados. El esqueleto del 99% de las llamadas «películas comerciales» es idéntico en todos los casos. Las comedias románticas acaban en boda y los thrillers domésticos en peleas y empujones por el suelo de la cocina. Y el mismo principio puede aplicarse a un best-seller, a una canción pop o a cualquier producto cultural destinado al gran público. Previsibilidad, lugares comunes, originalidad mínima y refuerzo del gusto del consumidor. Si no controlamos nuestro gusto, si no lo desafiamos de vez en cuando, nos pasaremos la vida oyendo la misma canción, viendo la misma película. Nos contarán el mismo cuento todas las noches. Puede que esté bien y que sea divertido, no digo que no. Pero hasta cierto punto.

Es una inclinación muy humana ir en pos de aquello que nos gusta. O que creemos que nos gusta. Ningún ámbito de la vida es ajeno a esa búsqueda. Y no es un problema siempre que seamos conscientes de ello. Pero no siempre lo somos. Con frecuencia, por ejemplo, vemos a personas muy satisfechas a la salida de un teatro explicando cómo una obra concreta de un determinado cariz ideológico les ha removido la conciencia y les ha abierto la mente. Ocurre también con los documentales y los artículos de prensa. Lo que nos cuesta percibir es que eso ocurre casi siempre cuando estábamos predispuestos a que ocurriera. Es decir: olvidamos que la supuesta «sacudida de conciencia» estaba pactada de forma tácita, porque hemos acudido a presenciar algo a lo que ya éramos afines ideológicamente y ante lo que nos situábamos con una actitud receptiva. Porque lo habitual es que leamos y escuchemos a quienes nos son afines ideológicamente y demos la espalda a quienes no lo son. Lo que nos gusta es que nos den la razón, que nos regalen los oídos, no que realmente nos «sacudan» —aunque, eso sí, nos encanta creer que nos han «sacudido».

¿Estoy proponiendo que probemos los manjares más repugnantes, que vayamos a ver las obras con el mensaje más indigesto, que leamos a los autores que más odiemos, que nos iniciemos en prácticas sexuales cuya sola mención nos provoque náuseas? No, no estoy proponiendo nada de todo eso. El placer ha de ser un objetivo. El placer para uno mismo y para los demás. Lo que señalo es que el gusto, cuando se convierte en autolimitación, en empalizada de nuestra zona de confort, es un muro que nos impide acceder a un placer más amplio y rico, a nuevas percepciones, a otras ideas. Es muy sano propinar una patada de vez en cuando a nuestras convicciones más asentadas. Ponerse en cuestión. Pensar que quizá estemos equivocados. Dar pequeños saltos al vacío, en la medida de lo posible. Tomar conciencia de que el gusto es como la opinión. Y, así lo dicen los franceses, la opinión es como el culo: todos tenemos uno. No tendríamos que sentirnos orgullosos de nuestros gustos de igual forma que no presumimos de nuestros defectos. Nosotros no somos nuestro gusto. Somos nosotros quienes debemos forjarlo, ampliarlo, hacerlo cambiar y evolucionar. Si permitimos que el gusto nos defina será él quien decidirá por nosotros. Hay que perderle el respeto, pisotearlo, como se pisan los escalones de una escalera para ascender por ella, y perder el miedo a cambiar de opinión para ir así construyendo, poco a poco, con influencias, desconciertos y verdaderas sacudidas de aquí y de allá, un gusto formado por un mínimo de capricho y un máximo de criterio.

Oí que contra gustos no había nada escrito y me puse manos a la obra.

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