Conversaciones nocturnas de dos amantes de la música

Ignasi Vidal

No sé cuantas veces habré estado en alguna reunión ociosa con amigos y, entre copa y copa, charlando de música, habremos fantaseado con la posibilidad de irnos para siempre a una isla desierta y tener que tomar la terrible decisión de elegir cinco discos, como mucho, para llevar en tu escaso equipaje. Si la cosa se pone quisquillosa, esos cinco discos se reducen a cinco canciones, y al final, con el acaloramiento de la discusión y las cervezas, acaba por ser sólo una canción la que puede acompañarte a tu retiro eterno. Entonces empiezas a hacer todo tipo de disquisiciones para decidirte, no sin antes protestar por tan dura exigencia.

A veces el juego es peor. Un extraño suceso, de causas sin clarificar, acaba con toda la música en el mundo (y no se trata de la piratería, que lo está haciendo de verdad) sin embargo, tienes la opción de salvar una canción.

Empiezan las risas, los reproches si la elección del otro nos parece inadecuada, o las alabanzas si el tema escogido entra dentro de nuestros gustos.

Lo cierto es que siendo esto un juego, pone de relieve algo evidente: Es imposible escoger la canción definitiva, la que te acompañará siempre, la única que podrás escoger entre los millones de canciones escritas desde el principio de los tiempos, más o menos cuando un tal Elvis Presley apareció de la nada, lo que podríamos denominar como el Génesis de la música moderna. (Evidentemente antes de Elvis se escribía música, mucha, muchísima más de la que se ha escrito después, lo sé, pero nuestro juego abarca sólo el periodo que nosotros controlamos, es decir desde el Génesis “Presleyano” hasta nuestros días. No damos para más).

Es un juego que puede parecer estúpido (y de hecho lo es) pero es muy divertido si lo juegas con alguien que sienta tanta pasión como tú por la música.

Hace unos días, en Madrid, con mi amigo Marc (que es con quien suelo jugar a este juego) después de cenar y aprovechando la agradable noche estival que hacía, nos metimos en el café Unión, cerca de la plaza de Ópera (o de Isabel II, como realmente se llama). En ese café suelen tener muy buen gusto con la música, además de tratarse de un lugar muy agradable, donde uno puede hablar sin necesidad de gritar por el volumen atronador que sale de los bafles.

Aquella noche les había dado por poner una selecta selección de clásicos del Rhythm and Blues. Entre cerveza y cerveza estuvimos comentando que el R&B, nos gustaba más de lo que creíamos. Ray Charles era la prueba. Y hablando de música y deleitados por la que sonaba pasó el rato volando. Entonces, aprovechando que no había nadie más que nosotros en el bar, y viendo que estaban utilizando una lista de Spotify en el ordenador como hilo musical, le pregunté al camarero si le importaba que pusiera unos temas, y es ahí cuando la cosa empezó de verdad. Cada uno de nosotros iba poniendo canciones de manera aleatoria según nos venían a la cabeza al hilo de la conversación que giraba sobre “ese rif de guitarra”, “esa voz tan especial”, “aquel tema de aquel disco tan raro”… conversaciones nocturnas de dos amantes de la música bañadas en cerveza.

Entonces vino la pregunta absurda, que es siempre la misma, aunque la respuesta nunca sea igual porque es imposible responder a eso:
– ¿Qué canción te llevarías a una isla… si esto… si lo otro…?-
– Ostras- me dije- ¿Y si hubiera encontrado esa canción?-
Me levanté de la mesa y escribí en el buscador de Spotify “Coldwater morning" de Neil Diamond.

Entonces empezó a sonar aquella maravillosa estrofa: “One, knowing I’m one…” y a Marc se le antojó mágica, maravillosa, con esa progresión que parece que te vaya a llevar a lo más alto… y te lleva, realmente, al entrar el estribillo inundado de violines y metales:

Coldwater morning,
Take off your nighttime shoes
Coldwater mornig
I’ve been waiting so long for you

Escuchamos la canción en silencio. Pausa mágica de unos tres minutos y medio.
Y entonces le dije a Marc que estaba convencido de que Neil Diamond es el mejor hacedor de canciones desde el Génesis “Presleyano”, pues es innumerable la cantidad de temas hermosos que este hombre ha escrito, “Solitary man”, “Sweet Caroline”, “I am I said”, “Kentucky Woman”, “If i never knew your name”, “Play me”, “Brooklyn road”, “Red wine”, “I’m a Believer”, “Girl you’ll be a woman soo” y tantas, tantas otras que me vienen a la cabeza que acaba por abrumarme el pensamiento.

Y nos fuimos cada uno a su casa y, en el trayecto, se adueñó de mí una sensación de agradable angustia (a veces la angustia puede ser agradable, ya sé que es contradictorio, pero ocurre) al estar ante un gran dilema: ¿Y si había encontrado la canción con la que me iría a esa isla desierta para siempre?

Efectivamente “Coldwater morning” podría ser la canción elegida. Demasiada cerveza dirán algunos. Yo digo que no, que realmente “Coldwater morning” bien vale un retiro a una isla, pero que mientras no tenga que emprender ese viaje extraño a esa isla en ninguna parte, trataré de disfrutar de toda la música que desde el Génesis “Presleyano” se puso a nuestra disposición, sabiendo que si tengo que llevarme una canción conmigo, casi seguro que sería “Coldwater morning”… o “Hound dog man” de Roy Orbison…o “Girl from the north country” de Dylan… mierda, mejor no volveré a hacerme preguntas absurdas… ya está bastante mal llamarse Spaulding.

Salud, amigos.

Facebook Comments
Vota este artículo
Etiquetas