Crítica de “Apocalipsis”, del Circo de los Horrores

Del 15 noviembre al 13 enero en la Caja Mágica. Madrid

Suso Silva estrena apocalipsis. De la saga Circo de los Horrores
Este "Apocalipsis" de El Circo de los Horrores es una auténtica pasada. Subidón de adrenalina. Carcajada constante. Divertimento permanente.

Apocalipsis. Circo de los Horrores.
Del 15 noviembre al 13 enero en la Caja Mágica. Madrid
Dirección: Suso Silva

 

Crítica de Javier Torres.

Este Circo de los Horrores es una auténtica pasada. Un subidón de adrenalina. Una risa y hasta carcajada constante. Los números son…”y más difícil todavía” y los payasos son ácidos y punzantes pero la risa es auténtica y el divertimento permanente.

Hay un momento que no sabes dónde mirar. La carpa es enorme y el escenario casi inabarcable pero mires donde mires es de “flipar”.

Recuerdo el Circo Price, el de cuando era pequeño y que se movía de un lado a otro y los niños íbamos indagando donde estaría en la próxima ocasión. Recuerdo ir a buscar el Circo de la RTVE con los payasos de la tele y recuerdo el de Teresa Rabal hace años por Cuatro Caminos o el de Ventas en Navidades y actualmente el permanente Teatro Circo Price que se encuentra por Embajadores.

El circo se ha reinventado a sí mismo y los Ringling Brothers and Barnum o los Hermanos Tonetti hoy posiblemente no me producirían ninguna atracción. Acompañaría a algún niño, primo, sobrino o estudiante y trataría de contagiarme de sus risas pero tendría la sensación de estar algo fuera de lugar.

Este circo es otra cosa. Debajo de la carpa la sensación es: Estoy aquí y ojalá esto no se acabe nunca porque mola y mola mucho.

Los números no se acaban nunca y los “payasos” intervienen para dar un respiro y que puedan cambiar el escenario pero la sensación es de emociones y zarandeos constantes que no dejan respirar y como un niño de 14, 30, 53 o 70 años quedarse ojiplático y con la sonrisa congelada a punto de estallar de nuevo.

El hilo conductor ha sido el Apocalipsis, el terror, la destrucción más absoluta. La proyección en pantalla gigante, en parte detrás del mismo escenario y de los elementos que utilizarían los equilibristas o actores, de imágenes impactantes, muy impactantes, algunas de una belleza impresionante y otras de una hecatombe aterradora han ambientado las actuaciones y las han presentado.

En ocasiones pareciera estar en un IMAX en el que todo toma cuerpo y los actores salieran de ese mundo tan pavoroso y se hicieran carne en el nuestro que a fin de cuentas es el mismo. La pantalla abarca todo el escenario y sirve para ambientar la escenografía y complementar los decorados. Así el show es analógico y clásico con la presencia y actuación impactante de los actores y tremendamente digital y futurista con luces LED y cañones creando una interacción “cataclísmica” propia de los “Últimos días”.

El maestro de ceremonias de este Infierno en la Tierra ayudado por algún que otro acólito “payaso” aprovechaban para llevarse a algún mortal del público a ese submundo dantesco mientras el resto del público reía con la canalla y atrevido de sus intervenciones.

Los pobres mortales que sentados en sus butacas pensaban que estaban libres de ser abducidos eran pobres presas en manos de un foco devorador que les acusaba y les dejaba vulnerables al micrófono.

El escenario del sacrificio de estos pobres son las gradas de sus propias butacas o cuando ya la inmolación es absoluta salen al escenario que se les cae encima. Un escenario alargado de más de 600 metros cuadrados y en el que parecen víctimas propiciatorias a punto de expiar el ser mortales y haber pagado la entrada.

Los números son enloquecedores algunos y otros de una belleza y sensibilidad y hasta diría espiritualidad que deja atónito. Hay motos encapsuladas que giran enloquecidas, equilibristas sobre el trapecio, otros que saltan hasta alturas imposibles y mantienen el equilibrio, otros que adoptan posturas imposibles y de una belleza impactante, motos que vuelan, cuchillos que también vuelan, fuego, coreografías agresivas y alucinantes, canciones que elevan y envuelven y más y más.
Por heterogéneos que puedan parecer, los números están muy bien hilvanados y cosidos a este tremendo roto que es un mundo en destrucción.

Tienen sincronía, armonía, sucesión argumental y la música acompaña atronadora, ensordecedora o sinuosa, íntima y ligera o se silencia mientras el público encoge el alma y no respira mientras la sístole y diástole dan un redoble de tambor ante lo que no creen ver sus ojos.

Los actores, artistas, bailarines, acróbatas, están espectaculares. Algunos con cuerpos y presencias imponentes en escena que proyectan movimientos y coreografías que llenan y abarcan la enorme pista mientras en el fondo las imágenes acompañan y abren la carpa casi al infinito con imágenes y sonidos. En vivo hay guitarras y bajos y violines dando un toque de música y estética rock al show.

Los artefactos y vehículos que salen un poco en la estética más hecatómbica de las producciones cinematográficas sobre el fin de los tiempos y la post-era. Vehículos tipo Mad Max. Vestimentas que combinan armas futuristas y laser avanzadas, con vestimentas de pieles primitivas y cuasi prehistóricas, leather y combinaciones imposibles de tribus precolombinas y exploradores galácticos. Bebe también de grupos de rock y metal como AC/DC o Guns N´Roses. Y del teatro musical. Incluso de la ópera. Un auténtico eclecticismo en este Fin del Mundo. Como la vida misma…

  • Apocalipsis. Circo de los horrores
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Los actores se visten y salen pintarrajeados o maquillados como gurús o chamanes o personajes del averno caracterizados por clanes enfrentados que pugnan por el número más arriesgado e impactante.

La función se estrenó en Valencia el pasado octubre con más de 30.000 espectadores. Según el maestro de ceremonias de este Fin del Mundo, Suso Silva, pretende plantear el terror que nos rodea. Un terror psicológico y omnipresente en los medios. Especialmente en la televisión. Estará en Madrid hasta enero en la emblemática y también algo futurista Caja Mágica. Después irá a otras ciudades españolas.

Son más de 50 artistas en escena. El inconmensurable Suso Silva. Premio Nacional de circo 2003, histriónico y absoluto p–o dueño de la pista. Además le acompañan el grupo polaco Sky Fighters Moto Gang que hacen el show de motos. Los brasileños The Flying Oliver con el número de los trapecios volantes. El argentino Walter Celiz con los lanza cuchillos. La artista Kelly Huesca que dibuja en el área. Y tantos y tantos otros que son tanto o más espeluznante y aterradoramente impactantes.

Esta fusión atroz, aterradora y desmesurada. Este cabaret fiero y brutal contorsiona más allá de lo imaginable. Y deja un vacío hasta la próxima función. Por muy inhumano y cruel que parezca el mundo durante la representación hay una esperanza final. Marca de la casa Suso Silva. Y al salir de la carpa la realidad es mucho más tremenda y sobre todo mucho más prosaica y aburrida.

Leer entrevista a Suso Silva.

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