Crítica de la obra de teatro La camarera de la Callas con Laura Cepeda

CRÍTICAS: Teatro de las Culturas

No debes perderte "La camarera de la Callas". Una pieza que entra dulcemente como las piezas operísticas interpretadas por “La Divina” diva del “bel canto”.
No debes perderte "La camarera de la Callas". Una pieza que entra dulcemente como las piezas operísticas interpretadas por “La Divina” diva del “bel canto”.

Intérprete: Laura Cepeda es Bruna Lupoli (La Camarera de la Callas).
Director: Eduardo Recabarren
Ayudante de dirección: Christian Blay
Producción: Laura Cepeda
Texto: Roberto D´Alessandro
Versión sobre el original: Laura Cepeda
Escenografía: Eduardo Recabarren y Laura Cepeda
Vestuario: Laura Cepeda
Iluminación: Aintzane GarretaTexto
Diseñador gráfico: Juan Varela Simó
Montaje video y fotografías: Ivan Dueñas

Crítica de Javier Torres

"La camarera de la Callas" es una obra que no debemos perdernos. Una pieza que va entrando dulcemente como las piezas operísticas interpretadas por “La Divina” diva del “bel canto”. Va entrando como una historia, ajena a nosotros, de chismorreos y amoríos de la cual somos espectadores entre curiosos y divertidos y que poco a poco se asienta y se va instalando dentro para pesar como un fardo del que no podemos desprendernos porque sufrimos el desamor y sabemos el final trágico de la historia.

La interpretación de Laura Cepeda en el papel de Bruna Lupoli, la camarera, confidente espectadora anónima de la artista y tal vez amiga, es simplemente magistral. Nos arrastra, nos ablanda con una naturalidad pasmosa. Tan pronto se pela una mandarina en escena como se enfurece agriamente contra el sinsentido y sus cómplices como con su timbre y sus miradas nos interpelan directamente y no nos permite quedarnos indiferentes ante lo que en un principio pudiera ser la vida de los otros.

Los gestos, los giros, las salidas y entradas en escena de la actriz tan magistralmente encadenados nos sitúan en el papel privilegiado de testigos domésticos de la estrella que sigue brillando con luz propia. Dolientes por su amor, por su desamor, por su vida corta y apasionada… Pero el dolor es mayor cuando compartimos la impotencia de Bruna que observa, que ve –tal vez más allá que los principales protagonistas- y que sufre. Que desde un papel secundario o, todavía peor, sin papel alguno que jugar, como un mueble, anónima, oscura entre tanto brillo de la artista o del dorado y vil metal, asiste al desenlace trágico y la pérdida de su madame.

Desde la butaca sentimos la dolorosa pérdida de María Callas para sí misma. Desde antes de conocer a Aristóteles, esclava de su público, de su arte. Negándose un triste aliño en la ensalada para poder adelgazar y estar más presentable. Debiéndose a otros. Más tarde debiéndose a un amor caprichoso y obsesivo. Dependiente de la aprobación, de ser querida. Adicta a la mirada del otro. Un talento inigualable y una prodigiosa voz sometida a la aprobación ajena, a la aceptación del más rancio arquetipo de hombre licencioso y prepotente.

Desde la sombra la mirada de Bruna Lupoli ojiplática asiste impotente al espectáculo y se enfurece inútilmente contra dicho arquetipo. Sufre y goza pero sobretodo espera, atiende, sirve… Sirve para que la historia discurra, sirve para que la intrahistoria tenga lugar y nos sirve la historia aderezada con amargura y humor.

Desde nuestro asiento de espectador la mirada del espectador sufre y siente la historia de María y de Bruna. Dos mujeres, una refulgente y otra apagada. Una permanentemente luminosa y otra en penumbra y pasajera. Las dos mujeres dolientes nos llevan a una amarga sensación de pérdida. Una perdida desde la pasión y la dependencia amorosa y otra desde la lucidez y la consciencia de que ve la vida pasar desde un plano discreto y segundón y aún desde un plano fundido a negro en el que se desaparece y desdibuja su contorno.

La amargura es mitigada por golpes de humor y espontaneidad que Laura Cepeda combina maravillosamente.

Felicidades a Eduardo Recabarren por la dirección. La composición final es magistral y la puesta en escena de gran simplicidad pero tan didáctica como impactante. La vida de María Callas y la vida paralela en la oscuridad de la protagonista aparecen ante nuestros ojos y ahí permanecen todo el tiempo, Sonrisas congeladas para siempre. Unas fotos de lo que fue y pudo no haber sido. De lo que nunca fue… ¿Acaso sea eso la fama y la posteridad?

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