Crítica de «La paradoja del comediante»

Sala Off de la Latina del 3 al 31 de enero

La paradoja del comediante
La paradoja del comediante. Compañía La Gente del Entresol. Malena Gutiérrez dirige este espectáculo del filósofo francés Denis Diderot.

Crítica de «La paradoja del comediante»
Teatro El Montacargas de Madrid
Próximamente: Sala Off de la Latina del 3 al 31 de enero

Dramaturgia e interpretación: Luciano Sánchez del Águila
Dirección: Malena Gutiérrez
Producción: La Gente del EntresolEl MontacargasLa Torre Infiel y la Comunidad de Madrid
Escenografía y atrezzo: Javier González
Música original: Pedro Guajardo y Bárbara granados

 

Crítica de Susana Inés Pérez.

El pasado 21 de diciembre, el Teatro El Montacargas de Madrid acogió una vez más la representación de La paradoja del comediante, de La Compañía La Gente del Entresol. Malena Gutiérrez dirige este espectáculo unipersonal basado en el texto del mismo título del filósofo francés Denis Diderot sobre el arte de la actuación.

Y el actor Luciano Sánchez del Águila, que se ha encargado también de la labor dramatúrgica, se convierte en varios personajes y en el mismo Diderot, que aparece en bata y pantuflas, rodeado de libros y velas, para recitar su ensayo en verso, tal y como fue publicado. Lejos de parecer un espectáculo aburrido o pesado, Sánchez del Águila sabe aprovechar hábilmente las posibilidades escénicas del texto original, creando una atmósfera metateatral que atrapa y seduce al espectador.

El intérprete nos hace partícipes de las confidencias sobre el oficio actoral. Y del hecho teatral mientras va desvelando la vigencia del texto escrito en el siglo XVIII. De vez en cuando, nos incluye en su discurso. Su propósito es oponer nuestra función a la del actor y potenciar la reflexión. Nosotros, como espectadores, sentimos emociones y empatizamos. Pero no nos fatigamos. Por otro lado, el actor se fatiga y no siente esas emociones.

Al contrario de lo que pudiera pensarse, no se trata de una obra dogmática. No acepta automáticamente todos los aspectos del texto de Diderot. La obra también da lugar a interpretaciones varias. E invita a cuestionar las ideas del filósofo. Especialmente a través del personaje del presentador excéntrico que abre el espectáculo. Este presentador expondrá las conclusiones del ensayo dirigiéndose a una joven actriz que estaría sentada entre el publico. El actor es imitador y observador. Es aquel capaz de renunciar a su personalidad y a sí mismo. El actor debe ser frío y sereno. La sensibilidad es su mayor enemigo. Hay dos butacas al fondo de la sala. Dos personajes, espectadoras anónimas. Parecen no estar de acuerdo con lo que dice. Le silban y abuchean. Todo queda a juicio del público.

Además, la escenografía de Javier González y la música de Pedro Guajardo y Bárbara Granados contribuyen a la ambientación de fantasía y de cuento. En definitiva, a la magia e ilusión del teatro. Destaca el momento en que Diderot ilumina el oscuro escenario con una linterna que emite pequeños círculos de luz. El intérprete se sitúa ante un marco, que compara con un boceto, símbolo del carácter cambiante de la representación teatral, y que terminará por cruzar y plegar hacia el final del espectáculo hasta convertirlo en el típico baúl de cómico ambulante.

Por lo tanto, La paradoja del comediante es un espectáculo que reivindica el trabajo del actor. Una efectiva combinación del texto de Diderot y la experiencia real del actor. El intérprete se deshace de sus vestiduras a medida que avanza la función. Y recoge los objetos y se despide del público. Pero no sin antes criticar la incursión del capitalismo en el ámbito artístico y la precaria situación de actores y compañías. Teatro para aprender y para soñar.

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