Crítica de El grito de la tortuga

Desde 14 marzo en el Teatro Lara de Madrid

El grito de la tortuga
La obra de teatro El grito de la tortuga habla de secretos de familia que se emponzoñan el alma y cargamos toda una vida hasta liberarnos.

El grito de la tortuga.
Teatro Lara. Madrid.

Reparto Ángela Ibañez, Iker Azkoitia, Eva Ramos y Juan Jesús Di Manuel.
Texto original Iker Azcoitia
Creación y dirección La Corona Producciones
Co-producción SerieTeatro e Hypnos Films
Dramaturgistas Iker Azkoitia, Laura Ledesma y Eva Ramos.
Diseño y escenografía Jaime Riba
Luz y sonido María José Juárez Hidalgo
Música Iker Azkoitia
Guitarra y voz Eva Ramos
Asesoría de texto David Ramiro Rueda
Fotografía Sergio Lardiez

Crítica de El grito de la tortuga

Javier Torres

La Sala Lola Membrives del Teatro Lara nos vuelve a entretener y sobrecoger al mismo tiempo con una obra catártica y algo angustiosa. Los secretos de familia que se emponzoñan el alma y cargamos toda una vida hasta que tal vez el último adiós nos libere de alguna manera de parte de ese pesado fardo.

Es un montaje muy interesante que llega a crear momentos sublimes de intensidad dramática. Tres jóvenes están en escena y la sombra de otro personaje adulto que acaba de morir y que impregna todo como un espectro amenazante y siniestro.

Uno de los personajes es una joven sorda que regresa a su pueblo, en el que estuvo de niña y de joven y a la casa en la que vivió y la que nunca, tal vez, en su memoria más recóndita y oscura, ha dejado porque no ha podido. Allí se encuentra con otros dos jóvenes que son hermanos y que después de reciente muerte de su padre se disponen a preparar todos los papeles para arreglar la herencia de esa misma propiedad y de otros bienes como los derechos de autor y otras pertenencias del padre fallecido.

La chica, la muda, dice más de lo que calla. Su mutismo es una metáfora de todo aquello que está pendiente de decir, de lo que se guarda, de lo más hondo y significativo y para lo que no hay palabras por lo que el silencio es el más elocuente de los gritos.

Ese grito mudo deviene en ensordecedor para los hermanos que sospechan que tras el silencio y tras esa concha protectora hay algo que no quieren aceptar o reconocer, algo que tal vez ya saben o de lo cual sospechan pero que no ha sido dicho. Algo que una vez haya sido puesto en palabras ya no podrá volver.

La obra, que en ocasiones tiene divertidas ocurrencias cómicas es en realidad un drama, un proceso evolutivo de sufrimiento al que tienen que enfrentarse en la primera madurez tres personas que comparten vínculos, historias y recuerdos comunes y la sombra de un personaje que termina siendo siniestro para todos.

Es una obra sobre el daño que lleva no sanar y curar las heridas, el daño de encerrarse bajo un caparazón de dolor y silencio y la falta de comunicación. Sobre las relaciones familiares de dependencia patológica, tóxicas diríamos hoy, dañinas y cancerígenas. Una obra sobre las cargas emocionales y las mochilas llenas de huesos y piedras que ponemos sobre nuestras espaldas a modo de concha protectora pero que en realidad nos va aplastando y no ralentiza cuando no directamente nos para y nos bloquea.

Es una obra en creciente tensión y que finalmente desenlaza en un grito angustioso pero liberador.

Sobre el equipo artístico de El grito de la tortuga

El texto de Iker Azcoitia tiene diálogos fluidos y naturales. En ocasiones divertidos. Pero siempre en un tono y con un fondo de dolor.

Los actores: Ángela Ibáñez, Iker AzkoitiaEva Ramos y Juan Jesús Di Manuel desarrollan el personaje permitiendo que el espectador vaya presintiendo, ante una aparente normalidad, que la tragedia se esconde tras lo banal, lo accidental, la cotidianidad o los recuerdos soleados de una infancia que no fue tal sino sombría y amarga.

La música, en directo, contribuye a crear ese clima de tensión y angustia. Recoge como una respiración colectiva las emociones que generan los personajes.

La ambientación, muy básica pero funcional. Tiene todo su sentido. Una especie de camastro que sirve de cama. Aquí se producen sueños y pesadillas que arrastran a la acción. Lo onírico como fuente sanadora. Y la dinámica que impele hacia delante, hacia la sanación, la cura.

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