Ricardo III

CRÍTICA: Sábados y domingos de marzo, en Nave 73


Crítica de "Alma", de Arturo Turón

  • Críticas
  • 02/03/2015
  • Daniel Ventura
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"Alma".
"Alma".

“Alma”. Adaptación de “Persona”, de Ingmar Bergman. Versión y dirección: Arturo Turón. Intérpretes: Rocío Muñoz-Cobo y Andrea Dueso. Nave 73.

Una mujer sin máscaras

Arturo Turón, como en el poema de Kipling, “coloca en un montón todas sus ganancias y las arriesga a un golpe de azar”. Toma el crédito ganado con la extraordinaria “Confesiones a Alá” y lo juega, es un decir, en la adaptación de “Persona”, de Ingmar Bergman. Consciente de que es imposible mejorar una obra maestra, consciente de que la cinta tiene tanta complejidad como belleza y consciente también de que la película no es para todo tipo de paladares, Turón lo hace: arriesga y ofrece “Alma”, un montaje de innegable acierto estético, impecable factura técnica y mucho nervio dramático. Frío en algunos momentos y seguramente inaccesible para muchos dada su densidad y su vocación poética, “Alma” es un montaje exigente, desazonador, benéfico para la inteligencia. El trabajo de Rocío Muñoz-Cobo y Andrea Dueso, además, es impecable.

La historia, los personajes y los diálogos de “Persona”, estrenada en 1966, ya destilaban teatralidad: Elisabeth, una reconocida actriz de teatro, enmudece repentinamente. Dado que los exámenes físicos y psicológicos la muestran como una mujer perfectamente sana, todo parece indicar que su mutismo es voluntario. Aún así, se contrata a una enfermera, Alma, para que cuide de ella y vigile sus progresos. Entre las dos mujeres va estableciéndose a partir de entonces una relación de confianza, dependencia e identificación en cuyas volutas hay que leer algo que está mucho más allá de lo meramente sáfico. En el contacto atípico de las dos mujeres, una experimentada y muda, expresiva y joven la otra, van entrelazándose fibras de pensamiento sobre el yo y la libertad, sobre la maternidad como meta o prisión, sobre el fingimiento social, sobre los roles de género.

Turón ha sido fiel al argumento, y por tanto lo ha sido también a este “corpus” que de ninguna manera llega al espectador en forma de “tractatus” de plomo, sino enhebrado en los diálogos, las caricias y las miradas de Elisabeth y Alma. El montaje, con una escenografía a la Dogville de Juan Divasson y Marta Martín Sanz, adquiere así un aire fascinante de thriller filosófico-romántico, lejos del “terror modernista” al que se aproximaba la referencia original. Quiero precisar un poco más el concepto: cuando escribo “caricias y miradas” y después “thriller filosófico-romántico” estoy muy lejos de pretender que imaginéis a dos mujeres amándose ceñuda y atormentadamente; de lo que hablo es de un tono emocional magníficamente llevado y de una historia sobre la identidad en la que hay intriga, erotismo, violencia y sensualidad.

Ahí, en el tono y el ritmo del drama, es donde la adaptación de Turón evoluciona autónomamente. Luego está la bella banda sonora, o el jugueteo simbólico con la coreografía pensada y ejecutada por Cristina Masson, pero lo importante es que “Alma” no quiere calcar ni mejorar “Persona”. Es por eso que dialoga con el original y le da vigor al personaje de Alma, inadvertido para buena parte de los interpretadores de la película y capital en este montaje teatral como escenario de las batallas morales y sentimentales que en él se plantean. En Alma todavía vemos vivas esas refriegas, y por eso brilla el sólido trabajo de extremos y contrastes de Andrea Dueso. En Elisabeth, algunas de esas contiendas han acabado: aunque no sabemos si su mutismo es la bandera de la victoria o el pendón de la derrota, sí sabemos que algo ha muerto. Rocío Muñoz-Cobo, generosa e inapelable, conoce perfectamente su potencia y también los mecanismos para contenerla. Como su Elisabeth.

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