Ricardo III

CRÍTICAS: Hasta el 21 de junio, en el Teatro de la Ciudad


Crítica de "Antígona"

  • Críticas
  • 01/06/2015 : 12:00
  • Daniel Ventura
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“Antígona”, a partir de la obra de Sófocles. Versión y dirección: Miguel del Arco
Reparto: Manuela Paso, Ángela Cremonte, Carmen Machi, Santi Marín, Silvia Álvarez, José Luis Martínez, Raúl Prieto y Cristóbal Suárez.
Teatro de la Ciudad y Teatro de la Abadía. Hasta el 21 de junio

La cueva que nos eleva; el poder que nos arrastra

La “Antígona” de Miguel del Arco, un prodigio inteligente, una función casi perfecta, yo la recordaré siempre por un momento concreto: Antígona, a la que Creonte ha condenado a la oscuridad por su desobediencia, vuela sobre nosotros, y no hablo sólo de los espectadores, encerrada en una cueva con forma de esfera translúcida. Vuela dañada y vuela rota, pero no vuela vencida, sino dignificada por el castigo en su determinación. Sinopsis de lo bello y lo horrible, momento memorable de nuestro teatro, el vuelo de Antígona subraya la miseria de Creonte, arrastrado por el poder a una sima de la que ni siquiera la sensibilidad extremada de un director como Del Arco puede sacarle. El trayecto por el aire de Antígona es prueba brillante del genio del director, episodio innegable de un trabajo interpretativo magnífico y el instante quizás más feroz de la feracidad de una función multiplicada en calidad e ideas precisas. Una memorable disección de la guerra, y no sólo la del campo de batalla.

Porque nada de este montaje, que no la subraya ni la exagera, sino que la construye como una atmósfera inescapable, se entiende sin la guerra. Parece que Miguel del Arco ha tomado literalmente lo que dijo Steiner sobre que “Antígona” pervive en nuestras fibras porque contiene todos los conflictos. Pero ha dado el paso siguiente en el razonamiento y su función nos aterriza sobre todo en el conflicto... sobre el conflicto. En esas coordenadas, la rebeldía funeraria de Antígona es la enseña visible de un personaje eterno precisamente porque afronta dicotomías capitales: la felicidad o el duelo, la honra a los muertos o el apego a los vivos, la felicidad o la angustia, la obediencia a la Ley o la lealtad a uno mismo, el yo o el Estado. Antígona no contempla las dicotomías; las saja y toma siempre entre las manos la mitad más cercana a lo humano. La otra cae a los pies de Creonte, otro personaje agónico, incapaz de vencer esa ceguera a la que hemos llamado poder.

Antígona es Manuela Paso y Creonte es Carmen Machi. Musa brillante del director, más que convertirse en hombre, Machi se instala en la androginia para dar vida a un rey con rasgos de madre, a un hombre desquiciado por la púrpura, a un ser enmarañado en contradicciones que acaba llegando tarde a su propia salvación. Machi le da al rey perfiles bruscos, le blinda con verdad de fanático en su empecinamiento tirano y se rompe con él, desde la austeridad y hacia el desgarro, cuando todo se rompe a su alrededor. Una interpretación fascinante. También lo es la de Manuela Paso: me costó algo verla entrar en los perfiles de Antígona, pero a medida que avanza la función crece su potencia y llena de energía el dolor y la determinación rabiosa de una mujer joven que ha visto y acompañado la ruina de su padre, que ha perdido a dos hermanos, Eteocles y Polinices, asesinados entre sí, que está sola contra un decreto injusto y tiene todavía no sólo las fuerzas sino la voluntad para luchar. O para amar a los suyos, que a veces y tristemente, es lo mismo.

La contienda es de las dos, pero hay a su alrededor un equipo notable. Me resultó muy interesante la Ismene de Ángela Cremonte, porque ése personaje hace uno de los trayectos grandes de la función y la actriz vuelca verdad en su composición, algo así como una adolescente viajada de la inconsciencia a la responsabilidad a lomos de una pregunta lanzada por su hermana Antígona: “¿Qué paz encontraremos tú y yo si obedecemos?”. Disfruté la veta de humor negro y el talante irónico que José Luis Martínez le da al guardia y la exactitud de los demás, Santi Marín y Silvia Álvarez como corifeos y Raúl Prieto, como el pulcramente trágico Hemón. Me asombró mucho Cristóbal Suárez en esa escena magnífica en la que Tiresias evoca con rabia el desastre que le va a estallar a Creonte en el reino y en el pecho. Suárez crispa la voz y descoyunta la gestualidad con impresionante precisión.

Precisión: ahí la clave de un vibrante ejercicio intelectual que es, también, un montaje esplendoroso. Nos hemos quedado con que Creonte es de repente mujer, pero lo que ha hecho Miguel del Arco en esta versión libre del texto de Sófocles me parece que va bastante más allá de un cambio de género en los roles. Ha suprimido fragmentos y personajes y ha aligerado los parlamentos, en los que ha introducido, o mejor, en los que ha hallado instantes de furor vehemente que llevan la función a un campo de intensidad poco antes visto. Arropado por un apartado técnico impecable, juega magistralmente con detalles que enriquecen la experiencia: las proyecciones, los coros, la intimidad asesinada por las cortinas que dominan la puesta, las miradas de asombro de los actores en coro, el poder simbólico de una soga... La inteligencia siempre es capaz de la ironía y por eso, a su honda reflexión sobre la guerra y el individuo ha añadido detalles de sarcasmo, como el de explicar gráficamente que los hombres somos juguetería en manos de dioses con máscaras de superhéroes cutres.

Mi aproximación a la excelencia del Teatro de la Ciudad ha sido en este orden: la “Medea” de Andrés Lima, el “Edipo Rey” de Alfredo Sanzol y esta “Antígona” de Miguel del Arco. A lo mejor peco de excesivo subjetivismo, pero estoy convencido de que las he visto en el orden en el que han de verse. “Antígona”, quizá la más intelectual de las tres, es la perfecta conclusión a la saga trágica puesta en pie por este proyecto estimulante y apasionado, porque su texto y su puesta dirimen los debates abiertos por la furia sanguinolenta de Medea, por el abandono de Jasón, por la búsqueda y la ruina de Edipo, por la marcha de Creonte (el de Tebas, no el de Corinto) hacia el poder... Visto en perspectiva, el trabajo del Teatro de la Ciudad, izando la estirpe de nuestras tragedias, ha hecho el precioso e impagable trabajo de ponernos frente a nuestra propia imagen. De enseñarnos, en tres artefactos de arte sobresaliente, lo que no queremos ser y somos. Lo que nos deja gritando “Oscuro, oscuro” mientras todo sangra a nuestro alrededor.

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