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Crítica de "Carta al padre" con dramaturgia de José Sanchis Sinisterra

  • Críticas
  • 13/04/2018
  • Redacción tat
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Carta al padre.
Carta al padre.

"Carta al padre"

Reparto:
Rafa Núñez es Herman Kafka
Jorge de las Heras es Franz Kafka

Dramaturgia: José Sanchis Sinisterra
Dirección Artística: Víctor Boira y Jorge de las Heras
Dirección de Actores: Víctor Boira
Producción ejecutiva: Jorge de las Heras
Producción: Virginia Rodríguez
Dirección Técnica: Pedro Pablo Melendo
Espacio Sonoro: Jorge de las Heras
Escenografía: Olga López León
Prensa: Lemon Press

Duración: 70 min
Edad: a partir de 16 años

Crítica de Javier Torres

La obra “Carta al padre” es sobre una carta manuscrita que Kafka dirigió a su padre y que nunca le llegó. Más allá de este dato histórico de data de hace un siglo la obra es sobre una carta que todos dirigimos a alguien muy cercano, alguien que ha influido decisivamente en nuestras vidas y ha marcado con dolor lo que somos y más aún, es una carta que dirigimos a alguien dentro de nosotros y aún a nosotros mismos.

El texto está lleno de lucidez y dolor. Un dolor hondo, sentido, sufrido, vivido y revivido en cada ocasión que se rememora como lo fue por primera vez y es porque está muy presente, porque ha ido cristalizando en un pesado fardo que arrastramos y cuya cicatriz mal cerrada abre y supura ante la presencia de ese ser que ya es parte de nosotros.

La interpretación es magistral y aunque en un primer momento, apenas unos minutos tras el comienzo, pudiera parecer un ejercicio catártico en el más puro estilo terapéutico gestáltico, con una silla vacía haciendo las veces de receptor de lamentos e improperios, pronto aparece un humo por encima de las orejas del sillón para mostrarnos, alertarnos y sorprendernos por la violenta situación que en ese momento deja de ser catártica y sobrevuela con toda la intensidad de la confrontación filial.

La interpretación, como digo, magistral en toda su intensidad de tonos y timbres y gestos y movimientos de dolor, de súplica, que van del gimoteo infantil a la provocación febril dirigido todo ello a una figura que apenas deja escapar un humo ascendente o saca una mano o se reclina en el sillón y que a medida que avanza la obra y como impelido por la carga y la intensidad emotiva deja salir gruñidos o risas sarcásticas para terminar en una explosión de contundencia verbal imparable y magistralmente interpretada.

El padre que en un primer momento está de espaldas, oculto y nos es del todo desconocido y objeto de conmiseración por empatía con un hijo apelante y confrontador termina mostrando su rostro entre despótico y defensivo a tanto reproche recibido y no ya sólo objeto de la violencia verbal sino generador él mismo de una intensidad dramática especular con ese vástago herido y asolado por tanta incomprensión.

El relato de los desencuentros paterno-filiales se remonta tan atrás como hay memoria. Memoria revisitada y recargada en cada ocasión con más intensidad si cabe. Desde los recuerdos escolares, los primeros amigos, las primeras relaciones, la juventud arranciada, los titubeos en el matrimonio. Todo fracaso y frustración tiene su origen en el desapego, el juicio inmisericorde y la acritud apática.

Hay momentos de un dolor hondo y no asumido. Nada de catártico. No tiene fin. Se acumula a golpe de revivirlo. Desde una primera escena que cae sobre el personaje y sobre el espectador a golpe de nota musical y que se lleva puesta una vez terminada la función.

Destacaría también el papel de una madre tan posiblemente ausente en la relación padre-hijo como magistralmente presente en la representación. Sus intervenciones que van desde un intentar contener el gesto y la cara, la boca por donde sale tanta agresión, de su hijo y pasando por un poner ruido, música, intento tal vez de ensordecer lo que no se quiere oír hasta el gesto final inconcluso porque se acerca al hijo pero regresa incapaz de aportar una voz, una palabra propia de madre entre tanto griterío de padre e hijo.

La obra trasmite el dolor que posiblemente sentía el autor y la impotencia por lo que ya no se puede cambiar pero no se quiere aceptar. El dolor de la vida cuando el desencuentro está ya tan dentro de nosotros que se confunde con nosotros mismos y cuando es aún mayor cuando nos damos cuenta que aquel contra el que luchamos va dentro de nosotros.

Al final de la obra se oyeron bravos y algún espectador se levantó emocionado. Yo la disfruté desde el último asiento. Lamento haberme perdido las expresiones faciales que aún, si cabe, hubieran producido más intensidad y dramatismo en mi ánimo.

Una propuesta interesante para la reflexión sobre lo perdido y la reconciliación con el otro y por ende con uno mismo.

 

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