Ricardo III

CRÍTICA: Hasta 28 marzo en el Teatro La Guindalera de Madrid


Crítica de "Duet for One"

  • Críticas
  • 01/03/2014
  • Daniel Ventura
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Duet for one.
Duet for one.

Probablemente, habría que ser músico para comprender la magnitud del drama que contiene "Duet for one", de Tom Kempinski: el de una violonchelista obligada por la enfermedad a apartarse del instrumento al que dedicó su vida entera. Pero el montaje que se representa en el Teatro Guindalera permite que nos olvidemos de esa circunstancia (no todos nacemos con el don de saber hacer hablar a un instrumento) y revela de ese modo una de las cualidades privilegiadas del hecho teatral: la de convertir las historias en mar sin diques, donde todos pueden sumergirse y salir empapados de ideas y emociones. Dicho de otro modo, la cualidad de universalizar las preguntas. En este caso, “¿Qué hacer sin arte?”. Pero no es sólo por eso (aunque eso sería suficiente) por lo que la obra que Juan Pastor y María Pastor levantan los jueves y viernes es una auténtica joya.

Stephanie Abraham, la protagonista de "Duet for One", está construida con los ecos de la vida de Jacqueline Du Pré, la violonchelista británica que fundó un canon con su interpretación del "Concierto para cello" de Elgar. A Stephanie Abraham, una esclerosis múltiple le quita el violonchelo y una carrera hacia la cumbre; le deja un cuerpo en declive y una depresión inmensa. Feo intercambio, para una mujer joven que no sólo pierde su meta, sino también las ganas de tener una. Un día, Abraham acepta el consejo de su marido, otro genio de la música con los dedos libres de enfermedades, y visita la consulta del doctor Feldman. En las sesiones que ambos comparten a partir de entonces, en cada línea de sus magníficos, aquilatados diálogos, se conforma una confrontación de absolutos: desespero y esperanza, alegría y tristeza, quietud o actividad, pasado o futuro, vida o muerte.

Son muchas las magníficas fibras del texto de Kempinski que Juan Pastor ha sabido volcar en su traducción, tan respetuosa como personal y en su dirección, pausada y natural en los tiempos, acertadísima en la música, elegante en lo escénico. En ese marco compone María Pastor un magno ejercicio interpretativo: desquiciada, adolorida, odiosa y entrañablemente sola, su Stephanie Abraham es todo complejidad y desconsuelo. Tristeza, cinismo, ira, desesperación, nostalgia… todos se le vienen a los ojos y a las manos a Pastor, inmensa en eso y en la voz llena de giros, de lo arrabalero a lo displicente, de lo furioso a lo evocador. Brillante. Juan Pastor ha regresado a los escenarios para darle la réplica con un Feldman hecho de aplomo, contenido pero a la vez vibrante en la defensa y la transmisión de ideas sobre la vida y sus posibilidades de mejoramiento.

Es tal la intensidad, la riqueza de matices que centellea en cada palabra, que al espectador dejan de existirle los minutos. En uno de los pasajes más intensos del montaje, Feldman-Pastor se eriza de entusiasmo para decirle que deje de hurgarse en el socavón que tiene adentro, que busque nuevos propósitos para su existencia. “¡El árbol de la vida está lleno de manzanas!”, le grita. Y es ése vitalismo el que todavía nos permite vivir y escribir finales abiertos.

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