Ricardo III

CRÍTICAS: Hasta el 31 de enero, en el Teatro Infanta Isabel


Crítica de "El cabaret de los hombres perdidos"

  • Críticas
  • 23/11/2015 : 10:30
  • Daniel Ventura
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"El cabaret de los hombres perdidos", de Patrick Laviosa y Christian Simeón. Dirección: Víctor CondeReparto: Armando Pita, Cayetano Fernández, Ferrán González, Ignasi Vidal. Teatro Infanta Isabel de Madrid. Hasta el 31 de enero de 2016.

Un "carpe diem" brillante

"El cabaret de los hombres perdidos" tiene motor de gran éxito, y como tal carbura. El montaje dirigido por Víctor Conde, que se representa en el Teatro Infanta Isabel de Madrid tras un mes de éxito en los Teatros del Canal, es un espectáculo canalla y completo, medido y enérgico. Divertido, libre y brillante. Magníficamente acabado. El director y Jorge Roelas han levantado, sobre el texto original en francés de Christian Simeon y Patrick Laviosa, una versión impecable, que profundiza en las virtudes del original e ignora lo demás. No sólo es la demostración de capacidad de uno de los directores más capaces de nuestro país, sino el fascinante choque de energías de cuatro actores a nivel galáctico: Ignasi Vidal, Cayetano Fernández, Ferrán González y Armando Pita. El trabajo amalgamado de todos le da forma a un show, a una obra, a un musical que alcanza la excelencia sin partir de grandilocuencias escénicas o presupuestarias. Menos de nicho de lo que podría parecer a primera vista, más amplio, mucho más, que solo una propuesta gay-friendly.

"El cabaret de los hombres perdidos" es un título y es un lugar, escenografiado con mano magistral por Daniel Bianco e iluminado por la siempre acertada luz de Juanjo Llorens. El bar/salón de tatuaje en el que Dicky, joven en las horas bajas de quien todavía no ha conseguido nada, escapa de una paliza. Como el espectador en un primer momento, Dicky cree que solo ha encontrado refugio, pero lo que ha encontrado en realidad es su futuro. O la proyección del mismo. Su Destino le va mostrando qué pasará en su vida, si él quiere, tomando las decisiones que le toque tomar. Y así se despliega, y lo hace con el ritmo feroz y envolvente impuesto por Conde, la trayectoria fulgurante de un joven hacia el estrellato en el porno gay y desde ahí hacia abajo, en caída libre hasta el desastre, sin más paracaídas que el de intentar que la tinta le proteja la piel. Pero el Destino tiene que darte al menos dos opciones, ¿no? Hay que ver el espectáculo para saber cuál es la otra senda vital que Dicky podría recorrer.

El caso es que Cayetano Fernández le da realidad y turbación a ése personaje, en una interpretación excelente. El actor tiene ojos como de Antonio Banderas joven y los emplea con inteligencia suma para transmitir la perplejidad, el destrozo y aún así la vitalidad, de su personaje. Ferrán González da vida con sublime elegancia, ni un solo trazo grueso, a una travesti que, como personaje y por el desarrollo de la historia, va secundarizándose. El tatuador que interpreta Armando Pita es el puntal de calor, el rostro humano de la sordidez por la que Dicky transita. El actor acierta en todo y se despliega con seguridad inapelable. ¿Qué decir de Ignasi Vidal, el Destino? Que muy pocos tienen su carisma para adueñarse de la escena de una manera tan total y tan indiscutible. El trabajo del actor con ese Destino, Dede, es probablemente el mejor resumen del montaje: canalla, juguetón, múltiple, cínico e irreverente. Soberbiamente cantado, además, por actores que dominan el musical y engrandecen la partitura multigénero y las canciones que Marc Álvarez y Alicia Serrat han traído al castellano.

También muy irónico, pero nunca del todo despiadado, lo que le da al espectáculo su acierto definitivo. En "El cabaret de los hombres perdidos" hay mucho de drama, de tiniebla, de perdición y decadencia, pero Víctor Conde ha querido y ha logrado que estos elementos no se apropien jamás ni de la acción ni del tono de su montaje. Un giro irónico y brusco, un comentario distanciado de alguno de los personajes, una broma o un guiño tan natural que el espectador no sabe a veces si es del personaje o del actor, llegan siempre a tiempo para descarrilar la solemnidad o la pedantería, y devolverlo todo al prisma de irrealidad cotidiana y ácida en la que el espectáculo se divierte, divierte y grita "carpe diem".

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