Ricardo III

CRÍTICAS: Hasta el 16 de octubre, en el Teatro Bellas Artes


Crítica de "El pequeño poni"

  • Críticas
  • 24/08/2016 : 8:30
  • Daniel Ventura
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“El pequeño poni”, de Paco Bezerra. Dirección: Luis Luque
Intérpretes: María Adánez y Roberto Enríquez.
En el Teatro Bellas Artes de Madrid. Hasta el 16 de octubre

“P” de poni y puñetazos

Luis Luque ha disuelto el verano de la cartelera de Madrid, tan de risa y jaleo, con un guantazo de drama quieto y medido. Es “El pequeño poni”, una historia de pulsaciones noir en la que Paco Bezerra, basándose en hechos reales, ha construido la desoladora escalera sin regreso de los niños que mueren de acoso. Machacados por sus semejantes, inentendidos por quienes deberían mantenerlos a salvo. Este “El pequeño poni”, protagonizado con balance desigual por María Adánez y Roberto Enríquez, es un montaje interesante y notable, que tiene como principal virtud la pretensión de adentrarse en una lacra social como la del acoso escolar. Lo hace con nervio teatral e intelecto. En el camino, conmueve, desgarra lugares comunes y desplaza la reflexión mucho más allá de la yerma dicotomía sobre si “son cosas de chiquillos” o no.

La tesis de la obra, de hecho, parece ser la de que son los adultos quienes, por obra u omisión, propician las situaciones en los que un niño acaba hallándose ante esta desesperada elección: la muerte (como descanso) o la tortura. Decir esto es lo mismo que decir que Paco Bezerra aspira en “El pequeño poni” a penetrar hasta la raíz de un problema cuyas fronteras superan, amplia y tristemente, la epidermis de educación que damos a nuestros hijos. Un problema que atañe inevitablemente, sí, al sustrato reptiliano de violencia y crueldad que pervive en los que no son más que personas civilizadas en ciernes; pero un problema que atañe también a la ausencia de un marco moral definido para la educación en libertad. Un marco que tendría en la comprensión del otro y de lo otro, uno de sus pilares esenciales. Puesto que dicho marco no existe como sistema, la uniformidad, los prejuicios heredados y el rechazo pugnan siempre por abrirse paso e imponerles a nuestros hijos las vendas intelectuales que nosotros, quizás, no hemos tampoco terminado de quitarnos.

Es posible que el párrafo haya quedado un tanto espeso, pero me parecía necesario hacerle justicia a la carga de pensamiento que “El pequeño poni” porta. No sólo porque reflexiona con tino, sino porque lo hace sobre un tema cardinal y comete así una de las audacias del arte: confrontar su tiempo. Mi escaso talento para la síntesis, en todo caso, no debe distraer del hecho de que este conjunto de ideas se eleva teatralmente en el montaje, se articula en líneas de diálogo, en acotaciones escénicas, que tienen en todas las ocasiones un propósito y un significado. Se construye, en definitiva, en un espectáculo afilado y absorbente, doloroso por momentos. 

Luis Luque ha hilvanado con eficacia los elementos de un texto que avanza para el espectador en los diálogos de los personajes y que evoluciona internamente en los episodios fuera de tablas. La gelidez de la escenografía de Mónica Boromello, que subraya la idea de páramo en un espacio que habría de ser un hogar, y la sequedad rítmica de los cortes de escena, son dos decisiones acertadas y contribuyen a refrendar la sensación de redondez de la propuesta. Hecha la salvedad de alguna proyección efectista en la que se rodean con círculos rojos las caras de niños acosadores, “El pequeño poni” modula con mano maestra sus oscuridades.

Esa oscuridad, la que acaba instalando el montaje en el terreno del thriller psicológico, va de hecho abriéndose paso en las conversaciones de Jaime e Irene, los dos protagonistas. Son un matrimonio normal, bienintencionado, común en lo que a la falta de tiempo para dedicarle a la familia se refiere. Lidian con eufemismos y pequeñas cobardías con algunos de los rasgos más especiales de la personalidad de su hijo Luismi, y pasan los días coincidiendo en idas y venidas al trabajo, la casa como una pasarela de cansancios. Pero estas normalidades estallan siempre, y la suya lo hace cuando una mochila aparece como la razón de que el pupitre contiguo al de su hijo lleve meses vacío, la razón de que nadie juegue con él en el recreo, la razón de que algunos lo insulten y maltraten mientras los demás se ríen. El colegio exige a los padres que el niño no vaya más a clase con esa mochila. El niño insiste en que la mochila le protege.

La mochila, ¿causa verdadera o excusa negligente? Saco decorado hasta el lleno por caballitos y colorines, esa mochila es la moderna Caja de Pandora en cuyo interior Bezerra no ha dejado ni siquiera la esperanza. La dejación de los profesores, las maniobras interesadas del director del colegio, las carencias de atención de los padres, la guerra ideológica que estalla entre ambos en cuanto la normalidad se quiebra… Todo sale con crudeza del interior de ese trozo de tela, para marcar la dimensión exacta y enorme de la soledad del niño, de la indefensión de una criatura incomprendida y manipulada que no halla más refugio con un progresivo desvanecimiento. Luismi no aparece en escena, pero el montaje transmite con gráfica y terrible expresividad como se abolla la existencia del pequeño.

Una destrucción tal es una tragedia. Y en ese terreno tiene que adentrarse por momentos la pareja protagonista. El padre, con el que Bezerra lleva a cabo una magistral maniobra de identificación/desidentificación que estalla en el espectador, tiene en Roberto Enríquez a un intérprete a nivel notable, que lee con acierto los relieves del papel y los traza con la vehemencia justa, primero, y con la culpabilidad precisa, después. María Adánez no anda desacertada en la interpretación de Irene, una madre cercana a la grey, a la que le pesan las apariencias hasta el punto de maltratarse creyéndose mala madre. Lástima que la imprecisión en el decir que afectó a su interpretación en la función que yo presencié, emborrone un buen trabajo global, saque por momentos al espectador y le reste potencia al personaje que tiene dentro de sí la clave.

Esta clave es que el niño ha estado demasiado tiempo solo. Emocional, absurdamente solo. Y que no puede seguir estándolo.

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