Ricardo III

CRÍTICAS: Desde el 9 de noviembre, en La Pensión de las Pulgas


Crítica de "La Fundación"

  • Críticas
  • 10/11/2015 : 12:45
  • Daniel Ventura
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"La Fundación".
"La Fundación".

"La Fundación", de Antonio Buero Vallejo. Versión y dirección: Ruth Rubio.
Reparto: Francisco Boira, Juan Caballero, Javier Mejía, Noemí Rodríguez, Abel Zamora y Julio Vélez.
En La Pensión de las Pulgas. Desde el 9 de noviembre

Algo que se aprende cuando se estudia Historia con buenos profesores es que cada tiempo tiene, incluso ha de tener, su propia mirada sobre el pasado. Ése es precisamente el punto en el que la disciplina se parece más al teatro, la intersección en la que la escritura de la historia intima con ese arte teatral que se renace función a función en un rito intelectual, sentimental y preciso: el eterno descubrimiento de los clásicos. Así como el tiempo se tiñe de la mirada que sobre él se arroja; así el texto se multiplica y se modifica en voces, y discursos, diferentes cada vez que se pone en pie. Ocurre con la versión que Ruth Rubio ha preparado de "La Fundación", de Antonio Buero Vallejo. Una función notable; un debut criteriado y potencial; la apropiación sensible de un orbe alzado sobre la angustia para que unos personajes que hablaban de libertad y presidio, de lealtad, compromiso y muerte, hablen de las cuitas de una generación, la nuestra, que transita sin brújula por el mismo desconcierto. O eso se dice.

A lo mejor son todo imaginaciones mías y es el propio tiempo, hado bromista, el que resignifica textos y miradas más allá de lo que podría hacerlo nuestra voluntad. En cualquier caso, me parecía injusto dejar de mencionar lo que, al ver la obra, percibí como un sofisticado engranaje de ecos: en La Fundación que va revelándose cárcel, en la jerga burocrática de becas y residencias, en la conciencia de excelencia que lucen los protagonistas... escuché los pasos de las travesías de jóvenes, como tú, como yo, que rellenan solicitudes, que encuentran acomodo en el extranjero, que creen integrar una élite y estar dilapidando su talento dentro y/o fuera de un país ingrato e irremediable. No me reconozco en la generación que me correspondería por año de nacimiento y disiento profundamente de la lectura adolescente que arrojamos sobre nuestra circunstancia, en la que nos presentamos como víctimas de una confabulación cósmica para hacernos de zufrí con un mundohcruel de certezas líquidas y baterías que duran poco. Es injusto para con quienes pasaron, real y no metafóricamente, hambre y cárcel, sed y represión, rebeldía y palizas, un muy jodido aprendizaje.

Por todo eso, y espero que sigáis aquí conmigo después del párrafo anterior, si el juego de ecos fuese cierto y no hijo de mis imaginaciones, no sería lo que más apreciaría de la versión y el montaje que Ruth Rubio ha hecho de "La Fundación". Me atrae mucho más, por ejemplo, la decisión misma de llevar a escena, en un espacio teatral peculiarmente posmoderno, una historia magistral sobre los límites de la cordura, los perfiles del antihumanismo totalitario y el compromiso extremo, tan extremo como individual, con la libertad. Eso, o la capacidad de la directora debutante para hallar el ritmo que precisa el desvelamiento progresivo de la realidad y la aspereza con que ésta va borrando todos los demás perfiles. O el tino con el que ha configurado y ha sabido modular las atmósferas de dióxido de una obra que tiene al principio tanto de "La montaña mágica" de Mann como tiene de "El cero y el infinito" de Koestler al final. O, por encima de todo, el calor de humanidad con el que se ha acercado la directora a los personajes, la cercanía empática, cariñosa casi, con la que ha manejado las biografías de esos hombres como desechos de purgas. Ha levantado así un montaje que quebranta una de las normas de este tiempo precisamente en su absoluta falta de cinismo.

Para el debut, Ruth Rubio se ha rodeado de un equipo de actores que conoce bien el terreno comprometido de un escenario tan cercano que está casi dentro del espectador. Francisco Boira, Juan Caballero, Javier Mejía, Noemí Rodríguez, pero sobre todo Julio Vélez y Abel Zamora. El 'perro viejo' de la causa uno; recién llegado el otro; sabio de sinsabores el primero, alucinado en defensa propia el otro. Si Julio Vélez encarna con absoluta pulcritud la generosidad y altura ética de la experiencia, Abel Zamora transmite con exactitud el sufrimiento, la agonía, de un joven que al principio no comprende y que acaba descubriendo, casi al mismo tiempo, su propia miseria y el resquicio a través del cual todo puede cobrar sentido. Asel y Tomás, así se llaman los personajes, son de alguna manera el mismo perfil de la materia simbólica de Buero, la fábula que una directora joven ha tomado entre las manos para hacerla suya sin que deje de preguntar: ¿Está la libertad hecha de muertes?

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