Ricardo III

CRÍTICA: marzo en El sol de York


Crítica de "La nieta del dictador"

  • Críticas
  • 14/03/2014
  • Daniel Ventura
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La nieta del dictador.
La nieta del dictador.

Creo que fue Chesterton, en una de sus geniales paradojas, el que dijo que algunos tópicos, aunque tópicos, son grandes verdades. Entre esos ciertos lugares comunes debe contarse el de ‘el peor error que puede cometer una sociedad es olvidar su pasado'. Si no solo lo olvida, sino que lo mantiene voluntariamente enterrado, el error es negligencia peligrosa. Por eso "La nieta del dictador", el montaje dirigido por Roberto Cerdá sobre un texto de David Desola que se estrenó ayer en El Sol de York, es cortante y es áspera y es dura. Su intención es removernos a la limpieza de una mancha y una operación de higiene es mejor cuanto más expeditiva.

Lidia Otón hace un trabajo notable con la nieta. Es un personaje exigente porque es un personaje que viaja: de la más absoluta, casi ofensiva inopia, a la conciencia lacerante de quién es y qué hizo su abuelo, ese anciano sentado en la silla de su premuerte, Ramón Pons, exacto en los gestos y los estertores. La idiotez inicial de la nieta, sus recuerdos de burbuja, sus teorías peregrinas sobre los bigotes de los dictadores… son dos cosas a la vez: un escudo para ella y un elemento capital en la acción dramática, el ignorante elemento de contraste que realza la radicalidad de su toma de postura posterior.

Conviene evitar la tentación de cargar las tintas contra la ignorancia primera de la nieta, de musitar "¡Qué imbécil, qué imbécil!"; se corre el riesgo de lanzarle estocadas a un espejo. Porque así está construido el personaje de Otón, como un reflejo. Sus desarrollos por la escena (acertada en su austeridad de elementos, útil para los frecuentes juegos simbólicos del montaje) son la encarnación de algunos rasgos objetivos de nosotros y al mismo tiempo un wishful thinking del autor, un retrato de lo que hasta ahora hemos hecho con nuestra más grande y reciente miseria histórica y de lo que le gustaría que hiciéramos a partir de ahora con ella.

"La nieta del dictador" es un ejemplo perfecto de teatro comprometido que, además, funciona como historia humana. Relata, con poca misericordia y mucha contestación, un proceso de toma de conciencia. Y se esfuerza en demostrar que es incompleta una existencia sin conciencia, por más perfume que se asperje.

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