Ricardo III

CRÍTICAS: Hasta el 4 de octubre, en las Naves del Español


Crítica de "Madre Coraje" de Atalaya

  • Críticas
  • 10/09/2015 : 15:00
  • Daniel Ventura
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"Madre Coraje".
"Madre Coraje".

“Madre Coraje”, de Bertolt Brecht. Adaptación y dirección: Ricardo Iniesta.
Reparto: Carmen Gallardo, Lidia Mauduit, Raúl Vera, Silvia Garzón, Manuel Asensio, Jerónimo Arenal, Raúl Sirio Iniesta, María Sanz. Producción: Atalaya.
En las Naves del Español. Hasta el 4 de octubre.

Ventajas y desventajas de la fidelidad a Brecht

Siempre he creído que uno de los momentos más brutales y reveladores de “Madre Coraje”, la obra que Bertolt Brecht escribió contra la guerra y el comercio, es ése en el que Ana Fierling hace números con los dedos mientras regatea con los soldados para evitar la muerte de uno de sus hijos. Tenía muchas ganas de ver cómo se había plasmado escénicamente ese trance en el montaje con el que la compañía Atalaya lleva triunfando un par de temporadas y lo cierto es que la manera no me decepcionó. Esa escena es, de hecho, una de las más potentes en lo visual y en lo dramático de un montaje intenso pero también irregular, al que la voluntad de ser fiel a las tesis dramáticas y políticas de Brecht resta, más allá de cuatro o cinco instantes cúlmen, el relieve emocional para que la obra estalle definitivamente en el patio. El texto de Brecht, pues, es al mismo tiempo la fortaleza y la flaqueza de un montaje de interés innegable, que brinda una oportunidad para la reflexión crítica y para contemplar la pura entrega de un reparto a nivel notable, con Carmen Gallardo a la cabeza.

Ya os he presentado a Madre Coraje, ¿no? Una mujer que regatea el rescate de su hijo. Una mujer que lamenta el ataque a su hija, muda, solo porque la marca de la herida dificultará la obtención de una buena dote. Una mujer que recorre la Europa sajada por la Guerra de los Treinta Años y hace todo lo posible por lucrarse en la carnicería. Una mujer que desea la carnicería y lamenta la paz, que vende todo, que cree y ejecuta la tasación de los afectos. Madre Coraje es una hija de puta, tal y como la definió Gerardo Vera hace unos años, cuando dirigía una versión del clásico brechtiano en el Teatro Valle-Inclán de Madrid. Carmen Gallardo, multipremiada por su trabajo, compone ajustadamente una mujer despreciable, cuya personalidad instintiva y avarienta se forja a base de cañonazos, cálculos y desgracias. El resto de los personajes, sus hijos, los soldados, un capellán, un cocinero... son de alguna manera parte de ella pues contra ellos choca para ir forjándose. Raúl Vera, Silvia Garzón, Manuel Asensio, Jerónimo Arenal, Raúl Sirio Iniesta, María Sanz: todos entregan lo mejor de sí mismos para dar vida a unos personajes de miseria y odio en los que, a veces, se aprecian restos (mortales) de bondad, ternura o solidaridad. Me encantó al aplomo mudo de Lidia Mauduit.

La peripecia de Madre Coraje, cambiando de bandera, regateando mercancías, cantando las virtudes de una guerra que está destruyéndola, es lúgubre y grotesca y la textura estética del montaje refleja eso perfectamente: el vestuario harapiento de Carmen de Giles, el maquillaje cadavérico de Manolo Cortés, las iluminaciones de Alejandro Conesa. Un acierto pleno. Ricardo Iniesta ha hecho un trabajo bueno con el texto, porque ha logrado aligerarlo significativamente sin que la narración pierda su sentido interno. No es algo menor, porque en “Madre Coraje” la narración es sobre todo una argumentación y se vendría abajo de faltarle alguna pieza. No sé si se sabe lo que quería Brecht con “Madre Coraje”; el caso es que la obra se ha convertido en uno de los más nítidos alegatos antibelicistas y anticapitalistas del teatro contemporáneo e incluye algunos diálogos tan salvajes como memorables. La propuesta de Atalaya propone la historia como metáfora vigente, y no cuestiona por lo tanto la validez de la argumentación de Brecht. Eso es responsabilidad del espectador.

Lo que debilita la potencia del montaje es otra cosa: el respeto, no permanente pero sí evidente en la propuesta, por la teoría del distanciamiento, que daña el filo de esta versión. La búsqueda de aquella “catarsis por la reflexión” sospecho que dejará a muchos espectadores, a mí entre ellos, fuera de la identificación con la historia y sus personajes. Es precisamente cuando lo más rígidamente brechtiano se atenúa, cuando el montaje se eleva y brilla más refulgentemente la capacidad del director y la compañía para crear imágenes no sólo bellas, sino significativas; cuando la gestualidad brusca y la narración que no apuesta solo por la palabra se despliegan con mayor eficacia; cuando se hace justicia al esfuerzo interpretativo de un reparto comprometido hasta la extenuación con la propuesta y capaz de desgarrar los velos de la teoría.

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