Ricardo III

CRÍTICA: Hasta el 21 de junio, en el Teatro de la Abadía


Crítica de "Medea"

  • Críticas
  • 18/05/2015 : 8:00
  • Daniel Ventura
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“Medea”. Autor: Séneca. Versión y dirección: Andrés Lima.
Reparto: Aitana Sánchez-Gijón, Andrés Lima, Laura Galán, Joana Gomila.
Música: Jaume Manresa. Coro de Jóvenes de Madrid. Joan Roca.
De Teatro de la Ciudad. En el Teatro de La Abadía.

Llaga y agonía

Después de ver “Medea”, no se puede mirar el móvil, ni el cielo, ni el remolino de aires repentinos que se llevan el calor y la calima. Después de ver “Medea” se mira a los semejantes y se les encuentra una tiniebla oculta pero descubierta, una oscuridad agazapada y presta al salto. En cuanto se acabe la alegría al sol, ese tercer helado compartido, el estrechar amoroso de manos mientras se pasea por la primavera. Es una psicosis que ve hecatombes en cada persona, más grandes cuanto más evidente sea la felicidad de ahora. Pero es una psicosis consciente: somos capaces de lo horrendo. Medea, el conglomerado de Medeas que ha cosido Andrés Lima partiendo de Séneca, es el símbolo oscuro de nuestra naturaleza, el retrato rabioso de lo que no queremos ser y somos. “Medea”, función imprescindible y dolorosa, es también una nueva coronación de Aitana Sánchez-Gijón. Esplendorosa y terrible, concentra toda la verdad de la interpretación en un perfecto y memorable temblor de apocalipsis.

Medea no tiene bridas. No las tuvo en el amor, cuando la causa de Jasón pedía el despedazamiento de su propio hermano y no las tiene ahora, cuando el amor ha sido traicionado y de su garganta rota brotan repetidamente deudas (“Jasón, me debes un hermano”) y maleficios (“Hacer de la recién casada una antorcha nupcial”). Cómo dice las líneas la actriz, cómo mira desde la quiebra y hacia la destrucción, qué monumental compromiso con sus materiales más difíciles. Jasón, a cuya gloria sirvió, la ha abandonado y prepara otra boda que ella va a trocar en pira funeraria. Pero nada es nada en comparación con el escalón siguiente en su escalada, la definió perfecta el maestro Marcos Ordóñez, inasumible. Va a matar a sus hijos. No sólo eso. Los va a matar para que el padre traidor los vea muertos; si no, no habría venganza. Lo hace venciendo la duda, llamando extraños a las criaturas, quebrándolas salvajemente. Es la primera vez que me ha dolido tanto ver morir un yeso.

Aitana Sánchez-Gijón sostendría sola la función, tal es la intensidad de su alarde. Pero junto a ella están Laura Galán, nodriza temblorosa y arrodillada, que lanza con espanto regular la pregunta clave: ¿Qué vas a hacer? Y Joana Gomila, de voz preciosa y limpia, que templa el contrabajo. También está Andrés Lima, el Corifeo que truena la génesis de Medea, de estirpe de dioses y reyes, y que acompaña su marcha; el Creonte que quiere alejarla de su reino y con ella quiere alejar el miedo; el Jasón que la amó y ya no, que la ha utilizado y ahora la desprecia, que se desespera por verla lejos, o al menos fuera de esa enajenación maligna que le duele porque es, también, fruto de sus manos. Medea y Jasón, Aitana y Lima: sumergidos en una guerra atroz. Ella le chilla, le pega, le ama terriblemente odiándolo, y los gritos y las hostias se encaraman a la cúpula de la sala, campana grande que los multiplica y los lanza al mundo como una verdad terrible.

Bien como actor, aunque sometido a la soberanía de la protagonista, Andrés Lima es casi todo fortuna como artífice de esta “Medea”. Salvando el hecho de que el sonido sea abrumador en demasía algunos momentos, el montaje revela un genio indiscutible. No se puede erigir más limpia y más humanamente esta historia de espanto y muerte; no se puede explorar con más inteligencia y más sensibilidad la pulpa del corazón del drama. No se puede acertar más en la simbiosis de la acción y la música, en la lectura y de los ritmos internos, biológicos, de la tragedia que tiene entre manos y que plasma y enriquece con reverencial respeto.

Medea llegó en oscuridad y se va, Sánchez Gijón entregando su carne a su rabia, a su memoria desolada, a su pecho de páramo, en un haz de luz blanca. El único quizás de toda la función, iluminada en cobres por Valentín Álvarez. Una columna de luz que es en realidad un túnel, temporal y existencial, en el que viaja la noticia de este divorcio fatal y sanguinolento que ha vibrado desde hace miles de años. Una puerta de luz por la que llega a nosotros la furia de amor y muerte de Medea, a través de la cual se despliega en toda su riqueza espeluznante. Entonces se marcha, a resonar en los ojos y los corazones de otro tiempo, cuando ya el mundo ha quedado sepultado en sus escombros y ella sigue siendo llaga y agonía.

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