Ricardo III

CRÍTICAS: Hasta el 14 de junio, en Naves del Español


Crítica de "Pingüinas"

  • Críticas
  • 04/05/2015 : 7:00
  • Daniel Ventura
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“Pingüinas”, de Fernando Arrabal. Dirección: Juan Carlos Pérez de la Fuente
Reparto: Ana Torrent, Marta Poveda, María Hervás, Lara Grube, Sara Moraleda, Ana Vayón, María Besant, Lola Baldrich, Alexandra Calvo, Badia Albayati y Miguel Cazorla.
Naves del Español, hasta el 14 de junio.

Arrabal nos enseña la libertad

Reconozco que empiezo a escribir esta crítica con miedo pánico. Terror a que Fernando Arrabal, el autor de “Pingüinas”, mire uno de sus múltiples relojes, ponga en marcha la selvática imaginería de su córtex hiperactivo en busca de una decisión y que esa decisión sea leer lo que ha escrito este pobre, pobrecito yo. La imaginación aterrada trabaja más, así que la cosa no para ahí: me ovillo interiormente, pensando en la idea de que se indigne, al hipotética e inusitadamente leerme, de que me haga una improbabilísima llamada para decirme, con exquisita corrección formal y la especial voz suya, que no me he enterado de nada. Todo, después de señalarme que pertenezco a la “idiota mayoría” (o algo parecido) y que ni él ni Picasso me perdonan, lo mismo que no perdonan a España. Como comprenderéis me abrumo, pero contároslo me ha ido calmando. Ahora creo que ya puedo decir que las “Pingüinas” de Arrabal y el director Juan Carlos Pérez de la Fuente son algo soberbio y grande, bello y raro, efervescente y genial. Y empezar desde ahí.

El miedo a que la fascinante anatomía del texto supere mi capacidad analítica sigue conmigo, no os creáis, porque “Pingüinas” es una cabalgata frenética de ideas y de conceptos, una pizarra inmarcesible o un multiplicado terruño, sobre el que Arrabal traza o ara sus visiones. Visiones, qué palabra exacta. El tiempo, la creación, las mujeres, el lenguaje, la sensualidad, el presente, la libertad... y así al menos cincuenta categorías más aparecen en “Pingüinas” refulgentemente esculpidas en un castellano exótico de puro puro, refrescante y lógico y chispeante como pica-pica. Esta obra de encargo (el que los maldijo, los encargos, era un imbécil) para conmemorar al gran hombre y la gran obra de un idioma está hecha en una versión extrema y radical de ese mismo idioma, en una lengua conocida y ajena, tan expresiva como mistéricamente bella. A Arrabal podemos creerle un extravagante, pero con este “Pingüinas” le ha dado a Cervantes un homenaje señor; rotundo y zascandil como la vida evolutiva de esta lengua con la que nos entendemos y nos desentendemos.

El venerando también es de Juan Carlos Pérez de la Fuente. El director artístico del Teatro Español, en una de las primeras iniciativas efectivamente suyas y no heredadas, ha dado al mundo un montaje inapelable en lo estético y lo técnico. Esto de “lo estético y lo técnico” es eficaz pero me fastidia escribirlo, porque no alcanzará nunca la temperatura suficiente para hacerle justicia a la sublimidad motorizada de “Pingüinas”, a su naturaleza realmente esplendorosa de artefacto impecable. No sólo eso: la mano de Pérez de la Fuente ha dirigido la erección, lo digo sin doble sentido, de un montaje estructurado a pesar de las complejidades del texto arrabaliano, difícil como hijo de ese mismo texto, pero comprensible y explicable (al margen de cómo lo esté haciendo yo, creedme, lo es). Ha ideado una puesta en escena post-apocalíptica como de libro de Cormac McCarthy y le ha dado, con la ayuda de su inteligencia y de los complejos movimientos escénicos y coreográficos pergeñados por Marta Carrasco, el ritmo preciso de la libertad sin bridas.

Ha conseguido, además, la versión óptima de cada una de las diez actrices y el actor, con su interpretación muda. Pero “Pingüinas” es una obra menos coral de lo que podría parecer, y la púrpura protagonista recae en tres mujeres: Ana Torrent, Marta Poveda y María Hervás. Las tres, grandes actrices, están como alunizadas en una órbita no sé si superior pero sí distinta, la órbita femenil, sexual y rara pensada por Arrabal. Las tres están fanatizadas por las normas de ese orbe nuevo, por las metáforas inauditas y explosivas, por la vulgaridad de absurdo, por el enloquecimiento cuerdo y volador pensado para ellas. Dada esta identificación con las normas de sus personajas, identificación que es casi una cruzada, no es raro que hagan tres interpretaciones deslumbrantes y arañadoras, luminosas de convicción en la receta libre-irónica que les pone en los labios líneas memorables, en los ojos un presente de órbitas de chinos vendiendo rosas y en la imaginación un astro prometido. No me olvido, no podría aunque quisiera, de la perfecta creación de Lara Grube como la madre, pues tiene el “fulgor preciso” del anhelo, el dolor y la añoranza en una de las escenas más sublimes del montaje. También una de las más accesibles.

Todos estos planos de arte no están en el aire, aunque daría igual que lo estuviesen. Son la trabazón de alambre y poesía sobre la que se estructura una historia, porque “Pingüinas” la tiene. Diez mujeres únicas, moteras lesbianas y asalvajadas, viajadas en el tiempo desde la vida/obra de Cervantes de la que formaron parte al XXI que habitamos, esperan el Clavileño tecnológico e internético que les lleve a la Luna. Las diez circunvalan grandes temas, cobijan sospechas mutuas, se desean con violencia, son rebeldía más que rebeldes y van tejiendo el hilo narrativo de un suspense barroco entreverado de filosofía, insultos y delirio tecnológico. Sobre las mujeres planea, literalmente, Miho, trasunto mudo del Cervantes que tuvo la libertad como principio rector de vida y literatura. Como clavija necesaria en toda búsqueda.

Las mujeres dan vueltas en torno a un cilindro que en un momento dado estalla para ser un satélite estrellado; un ingenio escenográfico magnífico de Emilio Valenzuela, en el que yo al principio vi el tronco de un árbol como figuración del lugar inexplorado pero habitable que Arrabal crea en su texto. Después, mirándolo mejor, vi en esa estructura el esquema del rostro de Don Quijote, ya con el sombrero de enloquecido o libre. Necesito que sea lo segundo, para tener razón en mi idea de que esas diez mujeres, carne de la carne y de la mente de Cervantes, son precisamente esquirlas ingobernables de su libertad, trayectorias únicas con las que Arrabal “penetra el alma y como consecuencia penetra conceptos; inventa éxtasis y de resultas inventa el arquetipo”.

Desconozco, por falta de intimidad con ellos, cuál es el ascendente exacto que Arrabal tiene sobre los dramaturgos y directores jóvenes que están haciendo, en las peores circunstancias, una época teatral luminosa. Pero sospecho, o a lo mejor lo deseo, que este “Pingüinas”, ave insólita e inatrapable, es punto de inflexión en un magisterio que enseña la libertad y le grita ¡viva!, aunque sea en el manicomio.

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