Ricardo III

CRÍTICA: Hasta el 3 de mayo, en el Teatro La Latina


Crítica de "Pluto"

  • Críticas
  • 02/04/2015
  • Daniel Ventura
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“Pluto”, de Aristófanes. Versión: Emilio Hernández. Dirección: Magüi Mira.
Reparto: Javier Gurruchaga, Marisol Ayuso, Marcial Álvarez, Jorge Roelas, Ana Labordeta, Santi Celaya, Toni Misó, Cayetano Fernández. Música: Javier Gurruchaga y Marco Rasa.
En el Teatro La Latina, hasta el 3 de mayo.

Aristófanes nos adelanta por la izquierda

Nos reunimos con amigos, nos tomamos unas cañas y acaba saliendo el tema, o sea, El Tema. Comenzamos entonces a tremolar de ira y razón, se nos pone lívida la cara y la amistad y creemos estar diciendo verdades luminosas y rotundas y nuevas. Luego, estamos por la zona, entramos en el Teatro La Latina a ver "Pluto", una comedia de togas que nos han dicho que es muy buena y en la que, además, sale Gurruchaga. Cuando la función lleva en marcha diez minutos, ya sabemos dos cosas: que Gurruchaga sigue siendo Gurruchaga y que las verdades brillantes que dijimos por la mañana y que creímos novedosas tienen de viejas así como 2.500 años. Es una decepción, y es que debe serlo, descubrir que un griego nos adelantó por la izquierda hace tanto tiempo y todavía no hemos atinado a alcanzarle: ni superando lo certero de su retórica ni dejando atrás los problemas a los que se refirió. Pero es una decepción divertida, porque la función dirigida por Magüi Mira envuelve la crítica ácida en la más democrática de las papeletas: el humor. Lástima que el espectáculo tenga decaímientos que lo hacen irregular a pesar de momentos brillantes.

Lo que Aristófanes hizo en “Pluto” fue idear una utopía: ¿qué pasaría si el dios de la riqueza recuperara la vista y dejase de estar sujeto a los camelos de los avaros y los injustos? Pasaría que el dios se daría libre, honesta, igualitariamente. Y no habría caso ya para el puré de lentejas sempiterno ni para el contraste extremo de las casas y las ropas de los unos y los otros, captado a la perfección en el impecable vestuario diseñado por Lorenzo Caprile. La función de Mira toma a pies juntillas la figuración y la convierte en una sátira musical de ritmos cambiantes que se arroja a pecho descubierto contra las injusticias de nuestro tiempo. Este “Pluto” quiere lamentarlas, denunciarlas y desarbolarlas como equivocaciones morales y lo hace con las armas que pone a su servicio la versión de Emilio Hernández: un buen conjunto de argumentos algo bastos e innegablemente populares y cierto repertorio de chistes efectistas y lingüísticamente actuales. Las dos cosas son a veces de brocha gorda, pero tienen también la nitidez de las pancartas.

Los brillos del montaje están en otro sitio. Además de su ya mencionada capacidad para divertir, está la buena rítmica de las canciones que abren y cierran las diferentes escenas, con letras escritas por Juan Mari Montes y Emilio Hernández. O la magnífica concepción del coro de máscaras, que es en la función lo que era en las funciones clásicas, algo así como una voz cósmica o una conciencia resonante, y también un instrumento para darle al montaje el ritmo interno que lo hace atrevido y refrescante. De ese coro de máscaras se van destacando los personajes en cada escena, para decir o soflamar sus verdades. En ese argumentativo pero ligero entrar y salir de los personajes se consuma la que a mí me pareció la mayor inteligencia de este montaje: el intento por demostrar lo que la directora anuncia en el programa de mano: que Aristófanes no es contemporáneo nuestro, sino que somos nosotros sus contemporáneos.

Otro acierto de este “Pluto”: la elección de Javier Gurruchaga. Sigue teniendo la mirada amplia y loca, sigue maestro del exceso gestual y sigue teniendo su voz potente y vacilona. Quien lo imaginó dando vida al dios Pluto y a su reverso femenino, la Pobreza, es responsable feliz de los momentos más vibrantes y flamígeros de la función. Lo arropa un elenco de actores buenos, en el que están Marisol Ayuso, Marcial Álvarez, Jorge Roelas o Ana Labordeta. Sufren, luchan, ríen y cantan en la piel de unos personajes a los que Aristófanes, puro realismo, dejó inmersos para siempre en una utopía tan sin final como sin principio.

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