Ricardo III

CRÍTICA: Sábados en la Sala Triángulo de Madrid


Cuando fuimos dos: Los sentimientos y las etiquetas

  • Críticas
  • 01/10/2012
  • Daniel Ventura
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"Cuando fuimos dos" vuelve a la Sala Triángulo.
"Cuando fuimos dos" vuelve a la Sala Triángulo.

La tragicomedia no existe de modo separado al drama o la comedia. Es un invento y una redundancia. O una ignorancia de que las mejores muestras de drama o de comedia tienen siempre en el interior una parte contrastante de comedia o drama. La mezcla, como todas, ha de hacerse con delicadeza, para que la parte mínima no arruine la mayor y salga un aguachirle. En “Cuando fuimos dos”, la obra que se representa estos días en la Sala Triángulo de Madrid, la mezcla se hace bien. Fernando J. López, el autor de la obra y el director del montaje, tiene aureola de futuro y esa fama difícilmente se porta si no se conoce la alquimia del llanto y de la risa. La obra, protagonizada por Felipe Andrés y Doriam Sojo, ha sido además prorrogada hasta el 13 de octubre. Las prórrogas, y menos en los tiempos que corren, no se dan por casualidad.

A “Cuando fuimos dos” le cuelga la etiqueta LGTB. Pero esta etiqueta, no se engañen, rara vez designa algo más que la concordancia de sexos de los protagonistas. Quiero decir que en la categoría hay historias de todo tipo, y las mejores son, como siempre, las más humanas. Las que funcionan. Una pareja, en la casa que han compartido durante un tiempo. Toca repartir los restos de una relación que a uno le parece irrescatable y a otro sólo momentáneamente interrumpida. Sentados en la cama, recuerdan el día que se conocieron, vuelven a disfrutar los momentos gratos, vuelven a sufrir con los momentos malos. Tratan de racionalizar, y se pierden en los sentimientos. Ésta es la trama de “Cuando fuimos dos”. ¿Cambia en algo su potencia el hecho de que uno de los protagonistas se llame Eloy y el otro César?

No me lo parece. La historia sigue siendo una historia sobre el amor y sus vértigos, sobre la comunicación y sus vacíos. Sobre lo difícil que es, aunque se quieran, el encaje íntimo de dos personas. El texto tiene la sensibilidad precisa para transitar por esos vericuetos y unos diálogos certeros; y se traduce en un montaje ágil, emocionante, eficaz. Un sencillo juego de luces marca el paso del presente al pasado y los dos actores logran cambiar de registro sin derrapes ni fricciones. Felipe Andrés y Doriam Sojo están exactos en sus personajes, les dan la carne exacta al creído y al maniático, al irreflexivo y al neurótico, al liberal y al celoso.

Eloy y César podrían llamarse Marisa y Carlos. O Claudia y Daniela. Harían falta entonces otros actores u otras actrices. Pero no harían falta otros sentimientos.
 

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