Ricardo III

CRÍTICA: 2 abril en el Teatro Infanta Isabel


Desorden subversivo (Crítica de Sólala)

  • Críticas
  • 03/04/2013
  • Daniel Ventura
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Sólala.
Sólala.

La subversión es el ‘hombre del saco’ de los dictadores, la diarrea de los regímenes, la carcoma del Orden. La subversión es una hoguera de las vanidades, la grieta por la que muere el canon polvoriento, la zona de sombra y amenaza para los pretendidamente cultos. La subversión es una tarea agotadora, pero necesaria. Y fructífera: más de trescientas funciones lleva en el zurrón Cristina Medina con un espectáculo que hace de la subversión bandera: “Sólala”. De la compañía Pez en Raya, escrito por la propia Medina y dirigido por David Sant. Mera fórmula esto, porque al espectáculo ya no le hacen falta presentaciones. Ayer vivió un nuevo estreno, en el Teatro Infanta Isabel de Madrid y decir que sigue tan corrosivo como en 2004, cuando se estrenó, sería una torpeza y además una mentira: Cristina Medina ha reescrito el texto y el bagaje, en estas cosas, no pesa sino que afila.

El verbo no está elegido al azar (nunca hay que dejar el verbo en esas manos traicioneras). “Afilar”, porque “Sólala” es mucho más cortante de lo que la risa que provoca deja ver. Cortante de muchas convenciones y muchos atildamientos (el caparazón con que los tipos grises se hacen los interesantes); cortante de muchas costumbres pesadas que son un gurruño de trizas volando hacia la papelera desde las manos de Medina. Tanto por lo que hace, desde que sale vestida de amarillo riguroso hasta que se marcha, como por cómo lo hace: enérgica en los movimientos, eléctrica en palabra. Bailar flamencamente hasta la extenuación (la coreografía pensada por Israel Galván) antes de presentar la función es subversivo. Mezclar géneros como la hace es subversivo. Reírse de los intensos clavando la intensidad y de los banales clavando la banalidad también… es subversivo. “Sólala” es una rebelión desenfadada, locuaz y creativa. Cosa grande.

También es subversión, mucho más que teatral, la tramita de la mujer y los quintillizos. Seguramente algún torpe ha escrito que es el hilo de la obra, cuando es sólo una excusa. Un pretexto para proseguir su rebelión divertida y convertir escenas que debían ser mudas en como poco murmuradas, o vacilar a los espectadores destruyendo a conciencia cualquier tabique entre escenario y platea, o referirse al gran Mariano Martín (que la acompaña al piano) como el hermano tontito. Su rebelión va en serio y no le importan los puristas: coloca una pantalla en el escenario y la utiliza para dos cosas. Mostrar una inteligencia narrativa y una imaginación poco comunes y jugar con el tiempo y el espacio tan libremente como un niño con sus muñecos.

En la obra no hay ni orden ni concierto, pero maldita la falta que hacen cuando reinan sus opuestos. “Sólala” es desorden, pero desorden subversivo. Y si es usted una de esas personas que no va al teatro porque lo tiene idealizado como el sanedrín de los profundos, necesita su rebelión para dejar de pensar esas tonterías.

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