Ricardo III

CRÍTICA: Desde el 5 de noviembre, en el Teatro Lara


El anverso descabellado de la vida: Crítica de "Locuras cotidianas"

  • Críticas
  • 05/11/2014
  • Daniel Ventura
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"Locuras cotidianas".
"Locuras cotidianas".

Carlos Be ha logrado lo que algunos se pasan una carrera entera buscando: sello propio. El dramaturgo y director, a la cabeza de The Zombie Company, resulta reconocible por su vocación distinta, sus maneras atípicas y también por sus tics. Esas tres cosas están en “Locuras cotidianas”, el montaje que dirige y que se estrenó ayer en la Sala Principal del Teatro Lara de Madrid. Una vez visto el montaje, no resulta demasiado complicado imaginar el gozo que sentiría Be, buen conocedor de Praga, al encontrarse con el texto de Peter Zelenka: las realidades ligeramente desviadas, los personajes recortados sobre fondo loco y los diálogos siempre al borde del crujido que se han convertido en insignia del autor checo son el campo perfecto para el despliegue de heterodoxia de Be. Del encuentro resulta una comedia bien armada sobre la soledad, a ratos disparatada y a ratos tierna, pero sobre todo divertida.

El protagonista es Petr, un treintañero checo que no sabe si las rarezas que pueblan su vida se le pegan desde fuera o le salen de dentro. El caso es que batalla por recuperar a Jana, su novia, que está a punto de casarse con un desconocido pusilánime, mientras lidia con las cada vez más raras prácticas de su mejor amigo, incapaz de relacionarse normalmente con las mujeres y tocado de una especie de visión divina. Por si fuera poco, Petr se gana la vida viendo copular a dos de sus vecinos y sobrevive a una madre cargante, criticona y obsesionada con las enfermedades (de los demás). El padre de Petr es una ausencia andante, que cuenta burbujas de cerveza o barrunta si en la boca cabrá una bombilla. Como verán, todos una fauna bastante especial. Perfectos para las situaciones inesperadas e ideales para la risa, pero absolutamente alejados de la caricatura. El autor no se ríe de ellos, sino que los construye para la comedia.

Quiero decir que una de las virtudes mejores del texto de Zelenka es la autonomía de la que ha dotado a todo este catálogo de personajes raros. No son marionetas en manos del destino ni estereotipos enjaulados en su circunstancia, sino personajes con iniciativa, causantes algunas veces y cómplices siempre de las situaciones en las que se ven envueltos. Es precisamente ese perfil el que permite la existencia de unos diálogos certeros, irónicos y siempre con un pie en la absurdidad. A Zelenka se le llama el “Woody Allen checo” y lo cierto es que la huella alleniana, dispersa en los rasgos de algunos personajes y en algunas líneas, es bastante notable. Esa escritura exige mucho de los actores, obligados a componer registros de normalidad, de atípica cotidianidad, en circunstancias como mínimo especiales. Sin ese trabajo, la obra carecería de una atmósfera de ensoñación que le da empaque como comedia peculiar.

El trabajo del reparto es en general bueno, aunque me pareció que la función ganaba cuando estaban en escena Pepa Rus, notable como la contradictoria Jana, Alfonso Torregrosa, en el papel de padre sentimentalmente aturdido o Carmen Mayordomo, que despliega virtudes en los tres personajes que le toca interpretar. Trabajo solvente de José Ángel Trigo como Petr, sufriente nudo gordiano de tanto desquicie y buenas interpretaciones de Fran Arráez, el amigo especial y Esperanza Elipe, la madre. Sorprendentemente descolgado se vio al habitualmente notable David González, quizás afectado por las cosas del estreno.

En “Locuras cotidianas”, Carlos Be hace una exhibición de sincretismo. Momentos musicales, referencias extrasensoriales, algún que otro pasaje onírico, complementos sonoros… Un totum ingenioso y funcional, en el que hasta la escenografía túbica concebida por Alberto Puraenvidia y el vestuario pensado por Pier Paolo Álvaro contribuyen a crear esa tan especial textura de cotidianidad empapada de absurdo. No habría tal sin miradas cruzadas, silencios incómodos, labios que se muerden… Decenas de gestos mínimos que Carlos Be ha cuidado exhaustivamente, consciente de que sin ellos no habría habido realidad en unos personajes enfrentados a conflictos habituales, del desamor a la incomprensión, pasando por la soledad o las dudas sobre la cordura propia y ajena. Después, se arroja luz sobre el envés descabellado del día a día. Como la vida nos hace a todos alguna vez.

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