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CRÍTICA: Mayo en el Teatro Conde Duque


El aprendizaje del horror: Crítica de "El señor de las moscas"

  • Críticas
  • 09/05/2014
  • Daniel Ventura
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El señor de las moscas.
El señor de las moscas.

La Joven Compañía, formada por jóvenes menores de 25 años, está tratando de implantar en Madrid la tradición británica de compañías que curten sobre las tablas a los jóvenes que quieren tablas. En el tercer montaje que abordan esta temporada, arman en el Espacio Escena Conde Duque la versión que Nigel Williams hizo de la novela de William Golding: "El señor de las moscas". Es la primera vez que esa versión se hace en España y el resultado es notable. El montaje es trabajo de jóvenes en formación, es cierto, pero lo hecho desvela una enorme pasión por el oficio y tiene acabados profesionales. Merece la pena.

La versión de Williams, adaptada por José Luis Collado, mantiene intactos tanto la historia como el mensaje de la novela original. Un avión cargado de niños se aleja de la Europa carcomida por la guerra. En pleno vuelo, el aparato se parte por la mitad y se estrella en una isla. Los supervivientes, felices al principio de estar vivos y sin la supervisión de los mayores, tienen por delante una de las empresas más difíciles: la convivencia. Pronto, muy pronto, surgen las batallas por el liderazgo, las divergencias sobre qué hacer, los abusos de los fuertes sobre los débiles. La violencia se desencadena; los niños son poseídos por un extraño deseo de sangre y siempre hay alguien que muere, además de la razón.

Considerada habitualmente una novela juvenil, "El señor de las moscas" presenta unas enormes complejidades argumentales que el montaje de La Joven Compañía sabe leer. La acción dramática es la expansión de la sinrazón, una espiral de maldad y destrucción. Metáfora del salvajismo de los mayores, el texto resulta aún más lacerante por tener a los niños como protagonistas. Se supone que ellos son los inocentes. El director, José Luis Arellano, logra que su propuesta explore con inteligencia las lecturas del texto y sabe poner en valor los juegos simbólicos con los que se explica la pugna entre democracia y autoritarismo: la caracola y el poder de la palabra, el fuego como herramienta o como arma, la ropa como vestigio de la civilización.

Cada personaje es un concepto y todos los intérpretes han sabido comprenderlo. Más allá de algunos excesos de intensidad en momentos concretos de la obra, el nivel es bueno. Raúl Pulido y Samy Khalil aciertan a transmitir los valores contradictorios de Ralph y Jack, la tensión creciente y sin solución que marca la relación entre los dos personajes a los que interpretan. Creo que Víctor de la Fuente, con un Simon bondadoso y tierno, y Alejandro Chaparro, que llena de miradas inquietantes al sádico Roger, hacen un gran trabajo. También Jesús Laví hace un buen trabajo con Piggy. Siempre he pensado que él es el personaje clave, y también más amargo de la obra: es todo aquello que muere cuando más falta hace que viva.

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