Ricardo III

CRÍTICA: 11 diciembre en el Teatro Nuevo Alcalá


El Ballet Imperial Ruso: belleza y revolución

  • Críticas
  • 12/12/2012
  • Daniel Ventura
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El Ballet Imperial Ruso: La bella durmiente,  Bolero y Divertimento.
El Ballet Imperial Ruso: La bella durmiente, Bolero y Divertimento.

Maya Plisétskaya, la creadora del Ballet Imperial Ruso, fue una de las bailarinas rusas más prestigiosas y una de las más destacadas del siglo XX. Hoy tiene 86 años, la doble nacionalidad ruso-española y una montonera de galardones. Muchos de ellos son bastante irónicos, y la definen indubitadamente como una figura transversal (¡ése concepto!). En 1964 y 1985, el mismo régimen soviético que había asesinado a su padre y había confinado a su madre en un gulag le otorgó dos premios que debieron saberle, como puede uno fácilmente imaginar, dulcísimos. Pero Rusia sobrevivió a lo soviético, y lo que surgió de la caída del Muro de Berlín también tuvo reconocimientos para ella, la bailarina que en 1960 era prima ballerina del Bolshói de Moscú y que revolucionó la danza con su pelo rojo, sus brazos largos y su espalda como sin vértebras. Hay mucho de su revolución, que llevó calor dramático a la fría pero esplendorosa disciplina rusa, en el trabajo del Ballet que fundara allá por 1994 y que hoy ha estrenado en el Teatro Nuevo Alcalá de Madrid la primera parte del programa que le tendrá en Madrid hasta el 13 de enero.

Esa primera parte tiene mucho contenido, y es mérito que debe mencionarse por delante el de que la función no agota en su vocación degustativa; todo lo contrario, agota como agota la belleza, provocando sed de más. Se abre con el Tercer Acto de “La Bella Durmiente” de Tchaikovski y Petipá. En un salón palacial magníficamente ambientado, se establece ante los ojos de los Reyes y de algunas parejas de nobles un riquísimo juego metaliterario: el de los cuentos en movimiento. Por ese salón de pompa y oropel pasan Caperucita Roja y el Lobo, el Gato con Botas y la Gata Blanca o el Pájaro Azul y la Princesa Fiorina. Este ensueño, que los bailarines logran expandir sobre la platea aleando expresividad, simpatía y sutileza, se quiebra del mejor modo en que puede quebrarse un ensueño: haciéndose más hondo. Y es lo que ocurre cuando la Princesa Aurora y el Príncipe Desirè toman la pista para bailar su grand pas de deux, que es algo así como una definición de la armonía. Si Lina Sheveleva brilla como Princesa Aurora, Narimán Bekzhanov, el bailarín que da cuerpo al Príncipe, anuncia ya aquí su reinado sobre lo que resta de función: su despliegue técnico y físico, su expresividad, salpicaron de ¡bravos! el telón que pone fin a la primera parte del espectáculo.

Lo que sigue es "Divertimento", una pieza algo menos trascendente pero igualmente preciosa, en la que Rossini se da la mano con Tchaikovski y éste con Soloviev-Sedoy o Denis Malikov. En este apartado, una transición de lujo, se apuntan ya dos de las virtudes de la función que serán definitivas en la última parte, la dedicada al "Bolero de Ravel": la escenografía y la iluminación. La “Noche en Madrid” de Malikov, bonita pero algo tópica, sería menos de lo que es sin la puesta en escena que la envuelve. Sería menos de lo que es, desde luego, sin el trabajo impecable del bailaor Ricardo Castro, el toque español del Ballet Imperial. La “Caballería ligera” cumple con su cometido al abrir el acto, que no es otro que el de traer de nuevo a la magia al espectador que vuelve del descanso, pero me ha dejado huella especial “La Rusa”. Anna Pashkova imprime tal rotunda sutileza en la danza de esta composición de Tchaikovski que no parece que levita, sino que el aire está hecho por y sólo para aplaudir sus movimientos.

La propuesta escénica vuelve a ser determinante en el acto que cierra la función, una coreografía de Nikolai Androsov sobre el Bolero de Ravel. El obsesivo crescendo orquestal que el compositor francés forjara en los años veinte para el cuerpo y la técnica de Ida Rubinstein cobra en la propuesta del Ballet Imperial Ruso una inusitada epicidad: Elena Colesnichenko, Nariman Bekzhanov, Lina Sheveleva y Radamaria Nazarenko, pero en realidad todo el Ballet, son la horda genial y protagonista de una epopeya futura. Sólo cuando la luz se apaga, precipitado el Sacerdote-Bekzhanov desde el pedestal de la diosa, cae uno en la cuenta de que la penetrante insistencia del tambor en la composición de Ravel no tiene por qué ser únicamente la base sobre la que orquesta se inmensifica, sino la bruma que envuelve la alborada de una revolución, veterana pero en movimiento.

 

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