Ricardo III

CRÍTICA: Domingos en el Teatro del Arte


El malo salvador: Crítica de "Extremities"

  • Críticas
  • 12/03/2014
  • Daniel Ventura
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Extremities.
Extremities.

La perfección es extrañísima. Muy raras veces ocurre que, sobre las tablas, todos los elementos que contribuyen al fracaso o al éxito de un montaje sincronicen perfectamente y se engarcen en excelencia. Ni el éxito total ni el desastre absoluto son frecuentes (por eso, por cierto, es tan maravilloso lo que está ocurriendo todos los días de la semana en las salas de Madrid). La mayor parte de las veces, uno o varios de los elementos de la obra destacan sobre los demás y se apoderan de la atención y el juicio del público. Eso precisamente es lo que ocurre en la obra de William Mastrosimone, que Pedro Casablanc dirige y ha versionado: “Extremities”, los domingos, en Teatro del Arte. Es una obra rescatada de sus imperfecciones por un gran personaje: el malo.

Haciéndose el despistado, un hombre entra en la casa de tres mujeres, buscando a alguien inexistente. Sólo una de ellas está en casa e intenta despedirle con buenas palabras, pero él no busca a Juan ni quiere usar el teléfono. Es un obseso sexual que ha planeado violar a las tres amigas: las ha espiado, conoce todos sus hábitos y algunas de sus miserias. Lo tiene todo planeado, pero el plan no va a salir como él había pensado. La violencia que ejerce se revuelve contra él y ese giro es el que mueve a la obra a reflexionar sobre los límites de la justicia o sobre la violencia como expiación. Es un muy interesante punto de partida argumental, pero la acción dramática no se termina de desplegar para aprovechar todas sus posibilidades y acaba descompensada: se centra demasiado en nuestros reflejos violentos ante la amenaza e ignora dos puntos que podrían darle un enorme ‘juego dramático’: la fragilidad de la confianza y las asperezas del juicio público.

Son debilidades seguramente achacables al texto, que la puesta en escena ha heredado y colocado en una convincente escenografía. Isabel Pintor, Sara Illán y Débora Izaguirre, las tres actrices, hacen lo que pueden con los personajes que les han tocado en suerte: defienden con solvencia su texto, el mismo que no les da pedestal para brillar. Juan Antonio Molina, en cambio, debe sentirse afortunado: su personaje, el violador, es el único que rompe la telaraña de los lugares comunes en la que perecen, con contadas excepciones, las líneas de las tres mujeres. El discurso amoral, alucinado y culpable de Jaco es sin duda lo mejor del texto y del montaje, correcto en todo lo demás. Merece la pena verlo en acción, como composición de un perfecto mal, de un cabrón con pintas.

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