Ricardo III

CRÍTICA: Abril en el Teatro del Arte


El milagro normal de la familia: Crítica de “La evolución”

  • Críticas
  • 14/04/2014
  • Daniel Ventura
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La evolución.
La evolución.

La familia, esa guarida y ese infierno. El arte anda cada vez más a vueltas con ella, y es comprensible. Es la más pegajosa de las Grandes Instituciones (en algún seno hay que nacer, al fin y al cabo) y entre continuismos y reformulaciones, no está todavía muy claro qué hacer con ella: hacerla comodín, sobrellevarla o arrojarla de una vez y para siempre al sumidero de lo obsoleto. Mientras nos decidimos, y la cosa pinta larga, los quebraderos que provoca siguen siendo tierra feraz para la creación. El último en sumarse al debate ha sido Rubén Ochandiano con una apuesta fuerte: todo el prestigio ganado como director de escena audaz, en un salto a la comedia sin dobladillos: “La evolución”, en el Teatro del Arte. Apuesta y victoria, porque firma y dirige una obra que no dice la última palabra sobre la familia pero apunta una línea personalísima y hace mucho de reír.

Luisa, Lorenzo y Paula son hijos de una misma madre. Una zumbada o una excelsa coherente, según se mire: eligió diferentes padres para cada uno, en busca de los genes perfectos. Quizás los encontró, pero les dejó a los niños, ya mayores, un cierto aire de desequilibrio. Luisa, la mayor, es una doctora maniática especializada en genética; Paula, a la que desquicia su familia, quiere mucho a su marido hombre común, pero tiene sospechas de ser yerma, o de que lo es él. Lorenzo es gay, estrella de la tele, adicto a las autofotos con morritos y llama ‘mamá’ a su hermana mayor. Además, está embarazado de un novio argentino. ¿Embarazado? Sí, embarazado. Todo muy loco. Pero al mismo tiempo normal, o natural, o cotidiano. Texto abierto y despierto, que hace comedia auténtica con una propuesta clara: ampliar la normalidad para que quepa el milagro.

Los personajes funcionan mejor por la dinámica ágil que se establece entre ellos que por su propia definición. El más atractivo es el de Luisa, con la que Marta Gómez hace un trabajo sobresaliente. Ella, que abre la función con un speech pulcramente científico y anti-amoroso, es la que ve falsada, por el correr de los acontecimientos, su estática idea de lo corriente. Luisa es, además, la única que está sola. El superficial Lorenzo, bien Javier Zapata, se entrelaza con su novio Pablo, estupefacto con la fauna de su alrededor. Diego Ercolini acierta en todas y cada una de sus expresiones de alucine. Silma López tira de vis cómica con mucha eficacia para interpretar a Paula y protagoniza un bello momento ‘donjuanesco’ con Alejandro Casaseca, a más como Víctor, su marido arquetípico. Esa escena bonita resume una dirección franca y sensible que ha elegido, por cierto, una música magnífica.

El día del estreno, Ochandiano le dijo a José Luis Romo que últimamente tiene una visión más esperanzadora sobre el asunto de la familia. Se le nota el optimismo en las costuras a esta comedia sin un gramo de innecesaridad, eso es cierto. Hay que ser optimista para poner en tan divertida circulación una tesis anticientífica: el amor es nuestro pegamento y el motor de nuestra evolución. Haceos cargo.

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