Ricardo III

CRÍTICA: Desde 25 febrero en el Teatro Español


Humo, el pasado: Crítica de "El encuentro"

  • Críticas
  • 26/02/2014
  • Daniel Ventura
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Despedido por los cigarros, que encendían uno tras otro, el humo se les arremolinaba sobre las cabezas a Eduardo Velasco y José Manuel Seda. Se quedaba ahí unos minutos, con ellos, como un elemento más de la escenografía. O mejor, como un tercer personaje: una techumbre de volutas variables, blancas y grises, que se disipaba al poco, dejando siempre algún girón, como amenaza de su regreso. Esa humareda, no sé si premeditada, era la más pura imagen de la idea que cimenta "El encuentro" (hasta el 30 de marzo en la Sala Pequeñ del Teatro Español): el pasado sobre nuestros hombros, y lo que hacemos para librarnos de él.

A los montajes se los conoce por metáforas así: la obra escrita por Luis Felipe Blasco y dirigida por Julio Fraga es una contundente reflexión sobre cómo los mimbres de nuestro ayer más reciente pueden sernos útiles en el mañana. El texto parte de la famosa reunión secreta entre Adolfo Suárez y Santiago Carrillo y aunque no se aleja casi nunca del hilo histórico, se construye autónomamente: los dos protagonistas no son exactamente Carrillo y Suárez, sino su tuétano, la esencia de dos hombres opuestos que se avienen al entendimiento. ¿Con qué fin? El de darle una posibilidad al futuro.

"El encuentro" es también, porque toma como ejemplo aquel episodio, una obra a contracorriente. No es que llame al diálogo, nada menos, sino que ve valores en la Transición, cada vez más asaeteada de dudas y pegas. Se configura así como una apuesta político-ideológica por el diálogo. Fraga le imprime al montaje un tono general de thriller político, con transiciones bruscas y, sobre todo al final, pasajes espasmódicos de reflexividad, cara a platea. Funciona en interés y ritmo, a pesar de la tendencia del texto a supurar, en algunos momentos, toda la documentación histórica que lleva dentro.

Bajo el humo y en torno al mueble-camarera cruelmente surtido que es el elemento sólido más destacable de la escenografía, los dos protagonistas y su trabajo notable. Eduardo Velasco compone un comunista adusto, erizado de cautelas y firme de principios; José Manuel Seda le da réplica con su enamorado del poder, sibilino y ambicioso, pragmático político. Firman, por no decir batallan, un intenso 'round' dialéctico, al final del cual sólo hay cansancio, sensatez y mucho humo. El de los cientos de cigarros abrasados mientras se superaba el pasado, aunque fuese en falso, y se esculpía el futuro, tan imperfecto como perfectible.

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