Ricardo III

CRÍTICAS: Sábados y domingos de octubre, en Teatro del Arte


Intermitencias: Crítica de "Luciérnagas"

  • Críticas
  • 06/10/2014
  • Daniel Ventura
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“Luciérnagas”, la obra que se estrenó el pasado sábado en el Teatro del Arte de Madrid, quiere contar la vida. La fraternidad y la soledad, las relaciones y las mentiras, la paz y la violencia, la valentía y el susto, el futuro y la nostalgia, el amor y la muerte. No es una empresa fácil, porque sólo de uno de los absolutos que acabo de enumerar pueden surgir, y de hecho surgen, cien dramaturgias. Hay que agradecer la ambición a Carolina Román, autora del texto y directora del montaje y hay que loar también la impecable sensibilidad con que plantea el viaje por las vidas de los personajes que interpretan Fede Rey, Jaime Reynolds y Aixa Villagrán. El éxito del montaje, sin embargo, es sólo relativo: hay emoción y algunos pasajes notables, pero también desfallecimientos, en el ritmo o en la tensión. El resultado es un montaje lleno de brillos intermitentes, que no va más allá de lo interesante.

El argumento de “Luciérnagas” pone en juego a tres personajes. Por un lado, Julio y Álex, dos hermanos huérfanos que viven solos en un pueblo pequeño y alejado. Por el otro, Lucía, una mujer vivaz, atropellada y atropellante, alegre e intensa. El encuentro entre los tres desencadena una serie de cambios y conflictos, derivados del pasado que vuelve o el pasado que se descubre, que constituyen el núcleo dramático del texto. El planteamiento es convencional y también el desarrollo dramático, pero no lo escribo como pega sino como virtud: ese estilo es casi siempre el mejor para contar historias complejas. Sin embargo, parece que en un momento determinado, la dramaturga y directora desconfió del tono quedo y el cuerpo sencillo (la escenografía, notable, lo refleja bien) que tenía la obra y se dedicó a la tarea de multiplicar sus matices, tanto en la trama como en el dibujo de los personajes.

La renuncia a esa sencillez es la decisión que más desequilibrios introduce en el montaje. No sólo porque acaba llevando a unos giros demasiado drásticos de la acción, sino también porque provoca la acumulación de rasgos y de temas en la construcción de los personajes. No es casualidad, creo, que el personaje que mejor funcione es el de Álex: bien definido en la alternancia entre ingenuidad y deseo sexual, no se le añaden complicaciones argumentales y Fede Rey hace el trabajo actoral más completo. Mientras tanto, Aixa Villagrán hace lo correcto con un personaje al que falta maduración para no ser típico y Jaime Reynolds maneja como puede los virajes excesivos de un personaje que va perdiendo verosimilitud a medida que se le añaden pliegues y pliegues.

Como ocurre con Álex, el montaje tiene sus momentos mejores cuando se instala en la austeridad cotidiana de su historia y emplea diálogos pulcros y veraces, limpios. Esos momentos de brillo, los que realmente emocionan al público, están impregnados de la naturalidad con que las relaciones entre las personas se establecen, de la potencia insconsciente de sí misma que transforma sus existencias. Lo demás es artificio, no vida.

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