Ricardo III

CRÍTICA: 6 junio Teatro Compac Gran Vía de Madrid


La caña, nuestro diván

  • Críticas
  • 07/06/2013
  • Daniel Ventura
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Arreglando el mundo, cañas y amigos.
Arreglando el mundo, cañas y amigos.

‘Cañeo’ debe estar entre las cinco palabras más frecuentes en las guías que todo buen guiri compra antes de venirse a España. En esas guías leen el término, les explican la técnica, les indican los mejores lugares… Vienen, lo intentan, y les sale regular. Porque cañear, irse de cañas, es un ejercicio espiritual. A primera vista podría parecer que lo importante es la cerveza, la tapita, el jaleo cálido del bar. Qué va, lo importante es la compañía y la conversación, muchas veces exorcismo. En otros sitios van al psiquiatra; nosotros bajamos al bar. “Arreglando el mundo”, el espectáculo dirigido por Eduardo Aldán que ayer se reestrenó en el Teatro Compac Gran Vía de Madrid, es muy consciente de la dimensión trascendental del cañeo. Aunque luego haga con lo trascendental como con la caña: bebérselo. Y por eso es tan divertido.

La transformación radical del teatro es la primera baza del espectáculo ideado por Aldán y Marc Díaz Williams. Totalmente despellejado de butacas, el patio entero luce mobiliario de bar moderno y perfecto para la terapia, digo, el cañeo. Camareros que van de un lado para otro con las comandas y, en el escenario, una barra de bar. Bien la escenografía, bien la ambientación y bien la banda Escuela de Calor, que con su música en directo consigue redondear la sensación de que uno está en un local para hacer eso tan nuestro. La otra baza: humor sin complicaciones. Lo dice Cristina Urgel nada más subirse al escenario para hacer de anfitriona, y lo dice bien: no hay chistes para filósofos ni grandes volteretas cómicas en el guión escrito por J.J. Vaquero y el propio Aldán. Se agradece la sinceridad. Y el ambiente distendido.

En el escenario, tres humoristas de tres estilos muy diferentes. J.J. Vaquero (que repite, pues ya estuvo "Arreglando el mundo" la pasada temporada) y su humor fiero y directo. El Monaguillo, con sus tics, sus trabalenguas y sus historias tan desastrosas como tiernas. El último, Ernesto Sevilla. El que personalmente más me gustaba del cartel fue fiel a su estilo: humor negro, sarcástico y ligeramente surrealista, con su curioso modo anticlimático. Lo único que le eché de menos fue algo más de novedad; aunque quizás es que internet lo quema todo demasiado pronto. Son muy diferentes, pero amigos; y a todos nos ha pasado eso. Cerveza en mano recuerdan, comparten, sufren, se confiesan y ríen. Logran, y esto es quizás lo mejor, que uno se sienta como uno más de la pandilla.

Y entonces da un poco más igual los papeles de Bárcenas, lo caro que esté el pan o el tijeretazo que vendrá después del que ya vino. En ese momento importa reírse con los colegas, hablar sin dobleces, y tener algo que recordar para seguir riendo después de unos años, cuando la cerveza nos vuelva a despertar el ánimo y la memoria.

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