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La fascinación, por Miguel Rellán: Crítica de "Novecento"

  • Críticas
  • 13/01/2015
  • Daniel Ventura
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El otro día me crucé en Twitter con una foto vieja. En ella se ve a Tolstoi contando una historia a sus nietos. El escritor gesticula y señala con las manos la exacta dimensión, qué sé yo, de una espada invencible y legendaria o de un pez estruendoso de luz al salir al aire desde un río. La exacta dimensión de su fabulación. A lo mejor solo le dice a la niña, a la que parece que mira en el momento de la foto, “así de pequeña eras cuando naciste” y por eso el niño se sonríe, pensando: “¡Qué enana era!”. Pero la fascinación con que los niños miran al abuelo convierte la foto en una metáfora del poder subyugador de las historias. La fascinación, por Tolstoi. Si desde las bambalinas de la sala Off del Teatro Lara, alguien hiciera una foto al público durante la función de la maravillosa “Novecento”, descubriría las mismas caras embelesadas. Retrataría, ciento seis años después, lo mismo que hay en la foto de Tolstoi: la fascinación, por un excepcional Miguel Rellán.

La única diferencia importante entre las dos fotos (el número, la ropa y el parentesco de los retratados no lo son) es que, a diferencia de Tolstoi, Miguel Rellán no mira directamente a nadie porque mira a todos a la vez. En la oscuridad que dicen que se ve cuando se está en un escenario, el actor contempla el infinito que al final, por medio de un decir milimétrico y cientos de sutilidades gestuales, acaba trayendo a la escena. En lo que ochenta minutos antes era un escenario vacío, Rellán acaba metiendo un transatlántico con escalerilla, una orquesta transoceánica, una sala de calderas, un duelo de melodías, el genio infinito de un virtuoso musical, el orgullo de una gran amistad y la tristeza infinita por un hombre abrumado por la vida. ¿Cómo no mirarle fascinado, mientras crea todo eso con una interpretación honesta, medida, sin alarde de ningún tipo? Una interpretación magnífica.

El texto de “Novecento”, en el montaje que puede verse en el Teatro Lara y que ya pasó, como manifiesto de belleza, por el Teatro Español y la Sala Tú, llega desnudo al espectador. Es así como debe hacerlo y es así como lo ha entendido la dirección generosamente discreta, y por lo tanto acertadísima, de Raúl Fuertes. Es una pequeña pieza teatral que Alessandro Baricco escribió en 1994, un texto rotundamente precioso, que condensa la delicadeza de la escritura del italiano, su cadencia lírica, su capacidad para hacer de la sublimidad antorcha con la que explorar la condición humana. La historia del mejor pianista de todos los tiempos, aquel que jamás descendió del barco donde nació y que dedicó su vida a alejar el miedo con la música, no necesita más que un actor grande para desplegarse magnificente. Eso, y un foco de luz cálida, como de esa hoguera simbólica en torno a la cual se cuentan las grandes historias.

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