Ricardo III

CRÍTICA Jueves y viernes, en La Casa de la Portera


La pasión tiránica: Crítica de "Petra"

  • Críticas
  • 15/11/2014
  • Daniel Ventura
  • 2851 Visitas
"Petra".
"Petra".

“Las amargas lágrimas de Petra von Kant” ya era “Petra” antes de que le cayese encima todo el aparataje estético de Rainer Werner Fassbinder. Quiero decir que antes de que el director alemán la embadurnase de juegos simbólicos con muñecas, maniquíes y planos distantes, era un texto ordenado y combustible sobre el poder y su abuso como cimiento de las relaciones humanas. Por eso, creo que lo primero que ha llevado a cabo Estefanía Cortés es una labor de desenterramiento escénico: traer a la luz la pulpa dramática de la historia y sus personajes. Después ha levantado, y se puede ver en La Casa de la Portera, un montaje leal, que no fiel, al aliento fassbinderiano, pero al mismo tiempo personal, con su propia coherencia dramática y sus propias coordenadas estéticas. Una propuesta magnífica sobre la pasión como tiranía.

Petra von Kant triunfa en el mundo con sus diseños tan estrepitosamente como fracasa en su vida sentimental. Su segundo matrimonio se quedó en promesa de gran felicidad y rechaza el amor mientras maltrata a la mujer que vive con ella, Maria Elena, otra diseñadora que la quiere tanto y tan mal que parece su esclava. Un día, junto a la convencional prima de Petra, Sidonie, hace su aparición Catalina: joven de pasado tormentoso, belleza evidente y tanto descaro como inteligencia. Se desencadena un torbellino de fascinación y deseo que trastorna el equilibrio sádico reinante en la casa. Los torbellinos, como se sabe, tienen de intensos lo mismo que de breves. Seis meses después, Petra es ya una esclava de sus propios instintos y las mujeres que la rodean, también su madre y su hija, son víctimas de su fracaso.

Al salir de la sala, pensé que había asistido a un sobresaliente drama sobre el desamor, pero al ponerme a escribir sobre él me he dado cuenta de que “Petra” trasciende en mucho la mera dicotomía amor/desamor. Lo que sirve el montaje, con una dirección firme y fluida de Estefanía Cortés, es una disección pesimista (decir realista sería mentir) de las relaciones humanas. En los vínculos que las seis mujeres establecen entre sí hay una dosis alta de malignidad, en forma de actitud o espíritu que de alguna manera prostituye el sentimiento original: pasión esclavizadora, sumisión, distancia paterno-filial, desprecio, rencor. Por la potencia de estos reversos emocionales, en “Petra” importan más las acciones de los personajes que sus diálogos, atravesados ya en origen de una cierta tendencia a la banalidad.

Por eso no es necesario que Noemí Rodríguez diga una sola palabra para hacer una interpretación brillante y extraordinariamente generosa de Maria Elena. Otro gran trabajo hace Elena Rey con Catalina, perfecta en frescura, sonrisas y displicencias crueles. Jimena La Motta como Sidonie, una refrescante Irene Escalada como Gabriela y Esperanza de la Vega como Valeria vibran de tensión en una escena monumental, cuando todo está roto en mil pedazos, no se sabe si por un instante o para siempre. Estén atentos para apreciar sus respiraciones y sus miradas cruzadas: es realmente brillante. No les hará falta estar atentos para apreciar el trabajo de Esther Acebo, pletórico. La actriz construye sin una sola fisura el contraste entre la altivez dictatorial del principio y la descomposición postrera, cuando el amor se ha roto y sólo quedan el dolor y la rabia pura.

Acebo maltrata su anatomía de porte aristocrático; se busca dentro el quebranto y la bilis, y los escupe. En el espacio mínimo de La Casa de la Portera no hay escapatoria: donde no hay unos ojos, hay un espejo con varios ojos dentro. Pero a ella no le hace falta escapatoria alguna, porque parece que su escapatoria es en la escena. Qué valiente hay que ser para hacer vivir así una quiebra.

Secciones

Relacionados