Ricardo III

CRÍTICA: 25 de abril en el Teatro Infanta Isabel de Madrid


La URSS bendiga a Paca (Crítica de “Las rusas”)

  • Críticas
  • 26/04/2013
  • Daniel Ventura
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Las rusas.
Las rusas.

Nuestros mayores los han idealizado, porque por entonces todavía lo tenían todo duro, pero los Ochenta fueron un cataclismo del estilo. Se pongan como se pongan. Pero precisamente por eso, son terreno propicio para la carcajada y el escenario perfecto para choques folclóricos de toda índole. Es lo que hacía Almodóvar antes de que se creyese Almodóvar, y le salía bastante bien la comedia desinfulada. Es lo que hace “Las rusas”, que se estrenó ayer en el Teatro Infanta Isabel de Madrid. Escrita por Ana Morgade y dirigida por Darío Facal, “Las Rusas” es una epopeya de lo cutre, divertida muchos ratos, enloquecida otros pocos.

Imaginaos: la Movida Madrileña y su mezcla de genios y tramposos; en el maremágnum, Las Tres Rosas, con misión salvar la copla. No una en concreto, sino todas, como género, que ya es misión. Es un grupo de cuatro, o más bien de tres, porque la cuarta, la corista, va cambiando hasta que se corporiza en una rusa rotunda, con maleta cargada de pasado e interpretada sin fisuras por Paula Galimberti. Resumo: Movida, Copla, Rusas. Era imposible que de ahí no saliese algo con potencia cómica. Aunque a “Las rusas” le cuesta desperezarse y sólo se embala de verdad hacia la risa de mitad de función en adelante, está atravesada de un humor realista que resulta ciertamente atractivo en un entorno improbable de tragaperras, camastros y trajes de cola.

En el arranque no fallan los personajes, tan estrafalarios como deben ser: un pianista gallego, tan casposo y tan tierno como aquella España, al que Pablo Paz da vida sin que se le perciba esfuerzo; o Amparo, la “jefa” de Las Tres Rosas, una folclórica cargante a la que Julia de Castro clava en la voz, en la exageración y en la extravagancia. Tampoco falla la historia, que va trenzándose con hilos negros en los que hay el típico ruso cabroncete (Rubén Martínez), la típica KGB y una nada típica trama de tráfico de órganos. Fallan, quizás, una puesta en escena demasiado esquemática (aunque cuidada) y una demasiado perceptible “carrerilla” de la función hasta su salto definitivo.

Éste salto llega cuando la historia está madura (lo que en este caso quiere decir lista para la locura) y cuando el foco se centra en Paca, el pilar absoluto de la obra. Entonces sólo queda abandonarse y disfrutar de la función. Paca, la hermana tonta de Amparo, hace crecer toda escena en la que está con su ingenuidad y simpleza. Difícil de interpretar precisamente porque esa ingenuidad es irreconstruible, Ana Morgade lo hace con inteligencia y sostiene ella sola el ritmo cinematográfico y el claro vínculo almodovariano de la obra. De hecho es un vínculo que supera: porque Lampreave, que muchas veces ha sido lo mejor de lo filmado por el manchego, todavía no ha sido protagonista; Paca, de hecho un homenaje a Lampreave, sí lo es. Y no se me ocurre que hubiera otra protagonista mejor.

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