Ricardo III

CRÍTICA: Viernes de noviembre, en el Teatro Lara


La vida hasta el final: Crítica de "Mejor historia que la nuestra"

  • Críticas
  • 11/11/2014
  • Daniel Ventura
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"Mejor historia que la nuestra".
"Mejor historia que la nuestra".

Cuatro personajes están jugando a palabras encadenadas. Se pasan un globo terráqueo inflable y van gritando: ¡Playa! ¡Arena! ¡Bikinis! El que pierde se la liga, y quedarse sin palabra con el globo en las manos es perder. El que se la liga en la segunda ronda, emblanquecido de muerte y quimioterapia, grita: ¡Cáncer! Se hace un silencio rotundo hasta que uno de los personajes, con el mundo de plástico en las manos, grita: ¡Géminis! Y el juego sigue. El juego siempre sigue. La que acabo de relatar es una de las más brillantes escenas de “Mejor historia que la nuestra”, la obra de Lucía Carballal que se estrenó el pasado 8 de noviembre en la Sala Off del Teatro Lara de Madrid, con dirección de Francesco Carril. Un montaje sencillo y límpido sobre la lucidez de los últimos momentos, la importancia de los gestos mínimos y las despedidas que no son de “hasta luego”. Uno de los imprescindibles de la cartelera.

Luis batalla contra el cáncer, hasta que deja de hacerlo. Cansado del cansancio y la calvicie y los problemas provocados por las pastillas, decide abandonar el tratamiento y afrontar el final jodido, pero limpio de químicos. “Mi cuerpo no hace más que agradecérmelo”, repite, no se sabe muy bien si diciendo la verdad o intentando convencerse. Para el trance final ha vuelto a su lado su hija, distante muchos años y frustrada de no tener más tiempo. Están también el novio de la hija y Paula, la joven que ha cuidado de Luis mientras éste ha sido un enfermo sin familia. Los cuatro temen el final y los cuatro van perdiéndole miedo, los cuatro siguen viviendo aunque sepan que la senda será corta, los cuatro le tejen a Luis una mortaja de vida y de momentos. Escuchan música, juegan, leen guiones, hacen planes, sueltan mentiras piadosas. Son el triunfo de la vida que lucha hasta el final.

“Mejor historia que la nuestra” está lleno de sutilidades. Es un drama roto y una comedia irónica, y en ninguno de los dos extremos se aprecia un solo trazo grueso. Cada personaje hace su viaje, cada relación se erige distinta y los lazos de los cuatro son un orbe autónomo del que el espectador no sale y en el que el tiempo pierde el mando. Me parece que hay una exageración en una de las líneas, la que liga al novio de la hija y a la cuidadora, porque no es necesario el flirteo para expresar la pulsión de vida. Pero ni lastra el texto ni disfruté menos la propuesta escénica de Carril, concentrada en la mesa de un comedor de la que se van quitando días como manteles. Una dirección pausada (quizás demasiado en las transiciones) que permite contemplar cómo va construyéndose la cotidianidad entre desconocidos (lo son casi todo el tiempo Luis y su hija) y en circunstancias excepcionales.

Natalia Huarte da aliento juvenil y vivarachería a su Paula desvergonzadamente guapa y Antonio de Cos compone con solvencia el novio bueno, generoso pero humano. Cristina de Anta resuelve con notable un personaje complejo, esa hija dolida y asustada, acomplejada por el pasado y deseosa de estar cerca de su padre, aunque éste se resista. Éste es Chema Muñoz, que brilla con un trabajo plagado de verdad. En cada línea y en cada gesto, está la luminosidad reflexiva del que se deshace del miedo, la ironía desesperanzada y también la pulsión de vivir, las ganas de aprovecharlo todo hasta el momento último. Muñoz emociona con las “acciones, inútiles y hermosas” de su personaje, porque esas acciones son lo más importante cuando no queda más tiempo.

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