Ricardo III

CRÍTICA: Abril en La pensión de las Pulgas


Las dioptrías de Drácula: Crítica de “Un hombre con gafas de pasta”

  • Críticas
  • 22/04/2014
  • Daniel Ventura
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Un hombre con gafas de pasta.
Un hombre con gafas de pasta.

Las gafas de pasta se han convertido en un certificado de superioridad intelectual. Por una especie de conjuro de escala epidémica, ha parecido que si no llevabas dos lupas bien envueltitas en pasta negra o colorida, no te dejarían entrar en La Central ni comprar Jot Down, no sabrías disfrutar de un buen gintonic, no podrías viajar a Nueva York y, por supuesto, a duras penas sabías leer. Yo mismo tengo unas de esas, y cuando me las pongo soy de repente más feo pero más interesante. Conscientes de las ventajas del embrujo, algunos han hecho de ellas su objeto de poder predilecto y cabalgan, sueltas las riendas, a lomos de su totalitarismo cultural. “Un hombre con gafas de pasta”, la obra que Jordi Casanovas ha escrito y dirige en La Pensión de las Pulgas, hace comedia e inquietud con la historia de uno de estos Dráculas con dioptrías. Es fantástica, en los dos sentidos.

Aina acaba de ser abandonada por su prometido y no le publican los relatos que escribe. Está, pues, en uno de esos momentos en los que te quieres poco y sollozas mucho. Por suerte, tiene como amigos a Óscar y Laia, conscientes de que se siempre le ha faltado iniciativa y dispuestísimos a ayudarla. Es una amistad paterno-filial de manual, pero van tirando. Los dos fuerzan a Aina a organizar una cena e invitan a un hombre que últimamente les tiene fascinados: Marcos. Viajado, leído, intenso, poeta… un absoluto imbécil, pero qué le vamos a hacer: lleva gafas de pasta. La cena comienza en tono cordial y poco a poco la atmósfera se enrosca en los cuellos de los personajes; la acción se oscurece. Marcos está decidido a subyugar las mentes de sus compañeros de velada, y va revelando el rostro verdadero de su objetivo y de su táctica: la erudición tirana.

Antes de que lo jodieran con adolescencias, Drácula era eso: la subyugación como forma de poder avasallador, imparable en su trayectoria a nuestra yugular. Lo inquietante de la criatura de Stoker es que los instrumentos de su poder quedaron indefinidos y eran por lo tanto más amenazantes todavía. El texto de Casanovas vuelve a uno de los capitanes del terror gótico y lo resucita irónicamente: pasándolo por la comedia que domina la parte inicial del montaje, llenándolo de referencias, vistiéndolo de poeta pedante y absolutista. Vampirizándolo, al fin y al cabo. Pero la ironía inteligente no es el único mérito de un texto impecablemente hilado, en el que la acción avanza sin parlamentos evidentes, a través de detalles o gestos reveladores. El texto se presenta como un incrementum tenso y lúgubre que la dirección, hábil en la técnica y audaz en algunas soluciones, simplemente honra.

Óscar y Laia son dos personajes fascinantes. Son, sobre todo él, un retrato de aquella gente que no se perdona su vida corriente, que se ve huecos y trata de llenárselos con jerga y esnobismos, que queda a merced de cualquier parásito ético. Olga Rodríguez defiende a una Laia que se desdibuja y Markos Marín borda a ese Óscar que, bajo embrujo, se sume en una complicada crisis de identidad. Pero Marcos y Laia son dos magníficas creaciones. José Luis Alcobendas construye soberbiamente al primero, infranqueable en su falsedad y complejo en su viaje entre el zalamerismo, la pedantería y la rabia. Inge Martín también hace grande a Aina, catálogo de fragilidades primero y último refugio de la cordura después. Gran trabajo de matices el suyo, con un personaje heroína que porta una verdad: la mejor estaca contra un vampiro es siempre haber leído.

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