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CRÍTICA: Desde 30 noviembre en los Teatros del Canal


Macbeth: La destrucción o el poder

  • Críticas
  • 05/12/2011
  • Daniel Ventura
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Macbeth, una de las obras más conocidas de Shakespeare.
Macbeth, una de las obras más conocidas de Shakespeare.

De todas las epidemias que soporta el ser humano, la peor es la de la ambición. Como toda cosa, no es nociva en la cantidad precisa. Hay organismos, incluso, en los que su combinación con otros factores produce valentías, arrojos, heroísmos de causa justa y cosas así. Como toda epidemia, sin embargo, la de la ambición parece tener inteligencia propia y tiende a cebarse con aquellos seres desprovistos del aparejo psicológico o ético necesario para hacerle frente al marasmo que provoca en la razón y el corazón de los hombres. Con aquellos seres desguarnecidos del escrúpulo que habría de actuar como cortafuegos frente al fuego encendido de la imaginación. No otra cosa es la ambición sino una fogata descontrolada en el magín. No otra cosa es "Macbeth" sino la creación en la que Shakespeare reflejó con precisión cirujana los estragos de ese incendio. Con una muy parecida exactitud quirúrgica penetra Helena Pimenta en el texto shakespeareano para abrirlo en canal y mostrar su entraña laberíntica.

Quizás la imaginería de bisturí parezca exagerada a alguno… y errará. La cirugía ofrece la más precisa munición para tratar de describir el impulso que vertebra la empresa de Ur Teatro, que se estrenó ayer en los Teatros del Canal de Madrid. Hay en las dos, en la cirugía y en el “Macbeth” de Pimenta, una convivencia de lo clásico y lo nuevo. Lo clásico en la quirúrgica es el fundamento: sajar para curar; lo nuevo viene después en forma de monitor, de cuchillo, de robot, de láser. En el “Macbeth” de Pimenta lo clásico es, evidentemente, el texto del genio inglés. Y lo nuevo es una propuesta escénica, ideada por José Tomé y materializada por Emilio Valenzuela y Eduardo Moreno, que aúna con notable tino el vídeo, la música y la tercera dimensión.

Desde los primeros momentos, cuando un soldado da cuenta a su rey de la marcha de la batalla por videoconferencia, uno ya imagina que no se enfrenta a un “Macbeth” convencional. Pero tampoco hace falta demasiado tiempo para percibir que se dispone uno a conocer a un “Macbeth” profundo. La aleación de tecnologías que el montaje de Ur Teatro presenta como premisa no es un capricho, sino la estrategia inteligente y a la postre exitosa para diseccionar una de las más grandes obras jamás escritas. También la inclusión del Coro de Voces Graves de Madrid, con fragmentos de la ópera de Verdi en las gargantas, es un recurso hábil para ir definiendo atmósferas, para darle la densidad justa a la miseria y a la épica.

Aunque el montaje se levanta sobre un texto más breve que el original, la adaptación no desprecia ni uno solo de los rasgos esenciales del drama concebido por Shakespeare. Casi podría decirse que el encapsulamiento los intensifica y potencia para dar lugar a un “Macbeth” complejo, vívidamente amargo. No es casual la ambientación genérica en esa Primera Guerra Mundial de masa y de trinchera que puso a los hombres definitivamente ante su ruindad y ante su horror, que deshizo el espejismo de guerra civilizada y, casi, el de la propia civilización.

La historia de Macbeth sigue siendo un escalofrío: ese soldado victorioso que en el claro de un bosque se deja seducir por su ansia soterraña de poder cuestiona uno de los cimientos del mundo, por la facilidad (relativa) con la que opta por la senda más breve y sanguinaria. José Tomé, sobresaliente, compone un Macbeth homicida y esquizofrénico, más homicida aún porque saborea el asco en sus acciones y pretende ahogarlo con sangre. A su lado, Pepa Pedroche en una exacta Lady Macbeth porque alienta la pasión del esposo al principio aunque se horrorice después su corazón no del todo muerto.

En el otro extremo del arco moral, el Macduff interpretado por Óscar Sánchez Zafra (quien también se encarga de dar vida a Duncan). Un personaje íntegro entre tanta inmundicia, que ha de soportar el zarpazo del tirano sobre su familia antes de poder ejecutar la venganza. Su experiencia, rectitud y valentía le son precisas a Malcolm, interpretado por Belén de Santiago, el hijo del rey asesinado, para emprender el viaje a Escocia, donde le espera nada menos que la recuperación de su destino. Juntos, con el apoyo pragmático del Rey de Inglaterra, emprenden la única causa noble que la obra contempla, el único resquicio que Shakespeare dejó para que pudiese entrar por él algo de confianza en los hombres.

Reina el Mal, pero siempre habrá hombres dispuestos a recorrer el camino largo y muchas veces ingrato de la rectitud. Ésa es la otra lección de Macbeth, que el “Macbeth” de Pimenta comprende, penetra y expone. Así es el rigor.

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