Ricardo III

CRÍTICA: En La Pensión de las Pulgas


MBIG: Vivir en Macbeth

  • Críticas
  • 03/03/2014
  • Daniel Ventura
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MBIG: Mc Beth International Group.
MBIG: Mc Beth International Group.

Ver una obra después de que todos los que van a escribir de ella ya lo hayan hecho sólo tiene ventajas. Te da la oportunidad de no repetir todos los comentarios agudos, te permite no tener que enumerar todos los Macbeth que has visto y te permite también esquivar alguna que otra tontería. En cierto sentido, llegar tarde es una liberación: puedes escribir sin que te persiga la urgencia por hacer el comentario clave, la observación imprescindible. Por eso, por haber llegado un poco más tarde que los demás a MBIG, el espléndido Macbeth que José Martret versiona y dirige en La Pensión de las Pulgas, puedo decir lo primero que se me pasó por la cabeza cuando salí al aire de la calle Huertas: no que es lo mejor que he visto en bastante tiempo (cierto) o que probablemente sea lo mejor que veré en otro tanto (verdad también), sino que es la primera vez que he vivido Macbeth. Tiene la increíble perfección de las obras maestras.

La “empresarialización” que Martret imprime al texto es un absoluto hallazgo, que entronca la obra shakespeariana no con la modernidad, sino con la más rabiosa y crítica contemporaneidad. Es un hallazgo teórico y narrativo, que inserta la universal historia sobre la ambición, el remordimiento y la venganza que Shakespeare escribiera hace cuatrocientos años, en nuestras más cercanas coordenadas espaciales, temporales y culturales, sin necesidad de traicionar ni una sola de las líneas de la tragedia. Es cierto que al espacio escénico (sería más apropiado hablar de espacios escénicos, todos, por cierto, magníficamente trabajados por Alberto Puraenvidia) y al vestuario (pensado por Lupe Valero) se le ha dado textura de años cincuenta, pero sospecho que eso no es ni más ni menos que una maniobra de habilidad: se produce un alejamiento estétio que intensifica, a ojos del espectador, la potencia del drama.

La nación, el reino, no es ya, en esta versión, la noción política que rige y ordena las vidas de los hombres; la corporación empresarial desarrolla esa función. De ese modo, la empresa se convierte en el escenario de la vida y el ascenso y la caída de Macbeth no es sino metáfora de la existencia desquiciada de aquel que prefiere la trampa a la competencia. A ningún espectador debe escapársele el detalle, con todas sus consecuencias, de que en MBIG no hay espadas ni puñales. Hacen sangre los bolígrafos, las plumas. Cambian los espacios y los instrumentos, pero no varían las enseñanzas. La versión que se presenta en La Pensión de las Pulgas, en definitiva, brinda el mejor homenaje posible a un clásico eterno: demuestra, en la práctica, que es clásico y que es eterno porque hizo, de una vez y para siempre, la más perfecta disección del alma humana.

Francisco Boira refleja con potencia gestual y voz de sombra los latigazos que experimenta un alma torturada. Construye un Macbeth extremadamente físico, tenso y ebrio, desde el principio, de ambición y ruina. Rocío Muñoz-Cobo, Lady Macbeth, se viste de frialdad despiadada (con bellísimos vestidos de Lorenzo Caprile) para empujarle al frenesí imparable del abuso. Los dos hacen un trabajo sobresaliente, como el resto del reparto. Necesito mencionar a Daniel Pérez Prada y su Banquo, un ejemplo de nitidez interpretativa o a Pepe Ocio, capaz de verter en su Macduff todas las intensidades que precisa el último bastión moral del texto. Las Brujas Maribel Luis y Pilar Matas logran, con la ayuda de efectivos juegos luminosos, que uno se pregunte por qué los hombres siguen creyendo en el Destino, si tiene heraldos tan escalofriantes.

El buque-insignia de esta sala tan joven como audaz, este MBIG armado como profundo acto de amor hacia el teatro y como intento de ir más allá en su expresividad, debe derribar definitivamente las murallas que estancan en “grande” y “pequeño”, en “on” y en “off”, lo que debería ser visto como una misma cosa: brío creativo. Este Macbeth genial es, o debe serlo, el capitán de un bosque de Birnam que avance hacia nuestros prejuicios sobre el teatro, les agarre de las solapas y les obligue a musitar: “Cuánto tiempo hemos perdido”. Ya saben: aunque lleguen tarde, lleguen.

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