Ricardo III

ESTRENO: Hasta el 26 de octubre, en los Teatros del Canal


Monumental oscuridad: Crítica de "Lluvia constante"

  • Críticas
  • 21/10/2016
  • Daniel Ventura
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Al terminar la función, en ese instante fascinante en el que el actor regresa a sí mismo mientras la luz está apagada y nacen los primeros aplausos, Roberto Álamo se quedó muy quieto, aguardó la luz y recogió la ovación rotunda con gesto exhausto. Estaba claramente roto por algo que iba mucho más allá del cansancio o el agotamiento. Fue ayer en la Sala Verde de los Teatros del Canal, consumado el estreno de “Lluvia constante”, la obra escrita por Keith Huff que David Serrano ha adaptado y dirige en su primera puesta española. La extenuación profunda del actor no era sólo la consecuencia lógica de un trabajo interpretativo directamente monumental; era también la mejor sinopsis, el más perfecto y veraz retrato, de un montaje excelso, definitivo como un puñetazo y hondo como una sima, tan complejo como oscuro, hipnótico y memorable.

He comenzado por Roberto Álamo porque su trabajo es inmenso, pero no está sólo en esa batalla de ecos infernales, destinos inescapables y redenciones improbables que es “Lluvia constante”: le acompaña Sergio Peris-Mencheta, quien lleva a cabo una interpretación sobresaliente. Su Rodo, el policía más joven, borracho de no encontrar su sitio porque su sitio está ocupado, es un ejemplo de emotividad contenida, un trabajo maduro que hace de la serenidad triste la vía de expresión de un personaje matizadísimo en lo moral. Ocurre solo que el Daniel de Álamo eclipsaría de sombra la misma noche. El actor madrileño penetra cada poro de un personaje magistralmente construido, casi un héroe clásico encadenado a la fatalidad por una escala de valores genuina y testosterónica, un hombre éticamente quebrado en la grieta grande entre su querer y su hacer.

Daniel, el policía al que se le va calando la muerte por los agujeros de su fachada de líder de manada, emprende su travesía por un Infierno dantesco y Roberto Álamo baja con él, pone fibra a su pulsión violenta e inagotable verdad a las heridas morales y físicas que la historia le infiere a su personaje. Hace una interpretación inolvidable, que brilla más en la inteligente austeridad que David Serrano ha buscado para su puesta en escena. No es sólo que la escenografía, a fuer de magnífica, escape apenas de lo minimalista o que la mayor parte de los juegos se hagan con el perfecto aparato lumínico pensado por el gran Juan Gómez Cornejo; es que no hay un solo elemento de más, ni una sola alharaca ni una sola distracción: sólo el texto, un juego de tiempos y perspectivas (lo público y lo privado) magníficamente resuelto y la hipertensión de la historia.

Lo que hace el montaje estrenado ayer, todo lo que he tratado de explicar en las líneas precedentes, es justicia con un texto perfecto. Oscuro y terrible, no necesita que sus giros se desquicien, ni precisa más efecto que desplegarse en el silencio. Es tan potente que conmueve con sólo ser dicho, porque las imágenes que contiene se construyen en la mente del espectador; es tan intenso que sus noventa minutos transcurren en un fulgor del que no se puede apartar la mirada. Mientras, la lluvia todavía cae y los hombres siguen muriendo y viviendo.

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