Ricardo III

CRÍTICA: Hasta el 7 de diciembre, en el Teatro Español


Oscar Wilde deja la actuación: Crítica de "Beloved Sinner"

  • Críticas
  • 01/12/2014
  • Daniel Ventura
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"Beloved Sinner".
"Beloved Sinner".

De vez en cuando hay que beberse un vaso de agua. Y no porque los humanos seamos un mucho de agua y nos reconstruyamos a tragos, o porque tengamos que recuperar de alguna manera los minerales que gastamos al pensar/andar/amar, o porque un buchito de agua sea bueno para la digestión. Digo que de vez en cuando hay que beberse un vaso de agua porque el agua nos limpia la lengua. Nos devuelve el sentido del gusto. Como todo el mundo sabe, el sentido del gusto es en la transparencia y muere en el atracón. “Beloved Sinner”, el monólogo sobre la decadencia lúcida de Oscar Wilde que Denis Rafter interpreta en la Sala Pequeña del Teatro Español, es el equivalente en teatro a ese vaso de agua. Un sorbo sin aditamentos que nos refresca con su sencillez, nos despeja las papilas gustativas y, al final, de tanto en tanto, nos es imprescindible.

Rafter ha querido penetrar la figura de Oscar Wilde por su final, o sea, por el tiempo que pasó en París, amigándose con una miseria así como elegante al tiempo que se escondía de las acusaciones y condenas que pesaban sobre él. Del desprecio de su propio círculo. Es un acierto pleno, porque el texto se figura a Wilde ante un cambio fundamental: por primera vez, se mira a sí mismo. Hasta entonces había sido actor, a veces elegante y a veces fantoche, de su propia vida. Rafter, irlandés como Wilde, ha escrito un texto en el que no hay ni una partícula de hagiografía, sino mucha humanidad, y a ratos mucha belleza, para componer al genio otoñal que repasa su existencia y es capaz, por fin, de mirar a los ojos a sus errores y sus aciertos. Wilde, de una vez por todas, deja de actuar. De alguna manera, el protagonista de “Beloved Sinner” es un Wilde periclitado pero libre. Y por eso vigente.

El montaje, cuyo último tercio es fantástico y precioso, tiene la virtud de la medida en todos sus elementos. Alguna de las lecturas que asperjan el monólogo se hace ligeramente larga, pero es un pecado comprensible si tenemos en cuenta que son lecturas de “El ruiseñor y la rosa”, “El retrato de Dorian Gray”, “La balada de la cárcel de Reading” o “De profundis”. Obras maestras. La escenografía son tres mesas, unas cuantas sillas, un magnífico suelo de hojas de otoño y una botella de absenta verde. Todo está concebido para que reine la palabra, y lo hace a través de la interpretación de Rafter, madura en la capacidad para los matices de cuerpo y tono en la voz. Se le nota disfrutar dentro de ese Wilde vestido como un dandy con lamparones que no se ven. Mientras bebe la absenta que le clarifica, el público bebe sus palabras como agua nítida.

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