Ricardo III

CRÍTICA: Abril en La pensión de la pulgas


Perdón en caliente: Crítica de “Tape”

  • Críticas
  • 28/04/2014
  • Daniel Ventura
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Tape.
Tape.

Hay obras que, nada más empezar, te agarran del cuello y te llevan por donde quieren cuando quieren, sin que te dé tiempo a decidir si te apetece o no. Otras, en cambio, te dejan a tu aire para poder seguir al suyo: se plantifican, se despliegan, se desperezan ante tus ojos mientras a ti te asalta el pensamiento (a veces equivocado y a veces no) de que quizá estás viendo un proceso que no te corresponde ver, que debería estar hecho antes de que te sentases. “Tape”, la producción de La Canoa Teatro que acoge estos días La Pensión de las Pulgas, pertenece a esta segunda categoría. La obra escrita por Stephen Belber y dirigida en su versión española por Bruno Ciordia es de esas a las que hay que dar quince minutos, porque se arma a fuego lento. Será un cuarto de hora bien invertido: es el peaje de entrada a una exploración notable del recuerdo como zulo y la vigencia del perdón.

El método Meisner de interpretación, al que la compañía se adscribe explícitamente, consiste en una sucesión de ejercicios cada vez más complejos en busca de la más auténtica respuesta emocional del actor/actriz. La técnica da esqueleto a la dirección de Ciordia, que arma una interesante progresión hacia lo tenso, en engarce de recuerdos, problemas y rencillas sin perdonar. Sólo le pondría un pero, y es haber mantenido intocados los dejes y los giros americanos en los diálogos: en boca, tienen un cierto aire artificioso. La técnica actoral define también la ruta de tres interpretaciones buenas. Fran Calvo defiende con solvencia a John. Es, o quiere ser, un prototipo de artista con compromiso social pero se le descubre más tarde como olvidadizo interesado. Jano Sanvicente usa un cierto nerviosismo y algunos toques bufonescos para dar vida a Vincent, el amigo inmaduro que ha dispuesto, maduramente, los elementos para la claustrofobia que se desencadena en la parte final de la función y que es su momento cenit.

El personaje más potente, con todo, es Amy. La chica es el polo más cargado de matices en este trío de amigos que, diez años después de terminar el instituto, coinciden en una habitación de motel y exorcizan, queriéndolo o no, algo feo que pasó entonces. Amy es el personaje capital del texto y del montaje: sin ella, la vibración nociva que crece entre John y Vincent sólo sería el rumor de batalla de dos gallitos a los que se les prolonga la adolescencia por más que disimulen. La cinta, recreada en el magnífico programa de mano, sería sin su versión una amenaza plana. Yolanda Vega (que también es la traductora del texto) está a la altura de su personaje, y resulta creíble tanto en la serenidad que la eleva sobre los otros dos como en el rencor latente que termina de dibujarla como lo que es: una víctima del egoísmo.

El egoísmo de Vincent, que en el fondo sólo detesta el incidente porque cree que le convirtió en novio burlado y también el egoísmo de John, que no ha sabido encontrar la valentía para disculparse por una acción mala y pretende redimirse, vencido por la implacable lógica ética de Amy, con un acto heroico en el tiempo de descuento. Si Amy descolla es porque a través de ella, de todos y cada uno de sus inteligentes parlamentos, Belber vertió la sustancia más valiosa de la obra: su reflexión sobre el tiempo idóneo de la disculpa. Al contrario que la venganza, no debe servirse fría.

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