Ricardo III

CRÍTICA: Mayo en el Teatro Cofidis Alcázar de Madrid


Que arda cien veces el Globe Theatre

  • Críticas
  • 26/05/2013
  • Daniel Ventura
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A la leyenda de “Enrique VIII” pertenece la circunstancia, simbólica y cruel, de que el Globe Theatre de Londres ardió durante una de sus representaciones, en 1613. El teatro, todo madera y sueños, se vino abajo en llamas. Había sido un empeño de Shakespeare para dar un hogar a su compañía, y a saber qué pensó el genio mientras el fuego le calentaba las mejillas. El caso es que, pasados siglos, donde estuvo el Globe se construyó otro Globe, y allí llegó la Fundación Siglo de Oro con su “Enrique VIII”. La contemporaneidad puede ser definida como una superación de la madera, y eso salvó al Globe nuevo. Porque el “Enrique VIII” dirigido por Ernesto Arias que ahora se representa en el Teatro Cofidis Alcázar de Madrid tiene fuerza para hacerlo arder cien veces.

Enrique VIII” es un montaje ígneo, potente y feroz, que ha viajado mucho y tiene en cada fibra las enseñanzas del camino. El drama político sobre el divorcio entre Enrique VIII y Catalina de Aragón quizás no es lo mejor de Shakespeare, pero tiene un rasgo maravilloso, que José Padilla, Ernesto Arias y Rafael Labín han sabido leer en su versión: todo personaje es una gama de grises, y nunca un apelmazamiento de vicios o virtudes. No sólo eso hay en la versión que soporta el montaje: también economía de personajes, con un elenco reducido hasta el tuétano, y creatividad narrativa, pues el texto original se recompone para intensificar la acción. Hay, en definitiva, audacia y, como dijo uno que sabía de esto, la audacia contiene genio, poder y magia.

El poder lo acumula Enrique VIII, interpretado por Fernando Gil, que está muy bien en la risa y en la ira de su personaje, difícil de atrapar en esa suficiencia absolutista y caprichosa de los reyes. El genio lo comparten Elena González y Jesús Fuente. La primera construye una maravillosa obra de sensibilidad, potencia y media, una Catalina de Aragón brillante, que debe recoger elogios hasta el infinito. El segundo redefine con su hacer términos como ‘conspirador’, ‘instigador’ o ‘melifluo’ y todavía consigue que nos apiademos un poco de su Cardenal Wolse y cuando ya está, literalmente, de capa caída. La magia, más allá de algunos trucos que salpican la obra, la completan Alejandro Saá, Alejandra Mayo, Julio Hidalgo, Rodrigo Arribas, Óscar de la Fuente, Bruno Ciordia, Sara Moraleda y Jesús Teyssiere.

La escenografía (Verteatro) y el vestuario (Susana Moreno/Karmen Abarca) tienen como principal virtud la eficacia. Ambos elementos fueron concebidos con obligatoria sencillez y logran su objetivo: la primera no estorba en un montaje marcadamente textual y el segundo esboza bien la corte inglesa. Juan Manuel Artero es el responsable de composición de una música que a veces se echa de más pero que otras veces, con las coreografías de Patricia Ruz, es imprescindible en las transiciones. “Enrique VIII” se hizo con los mínimos medios posibles, y por eso su éxito sabe a ambrosía. De ese origen pequeño en posibilidades le vienen al montaje, en feliz consonancia, lo ígneo y lo audaz. Dadle una cerilla a la audacia: el mundo se iluminaría con la hoguera.

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