Ricardo III

CRÍTICA: Marzo en La pensión de las pulgas


Retrato de Dorian Gray: Crítica de “Dorian”

  • Críticas
  • 06/03/2014
  • Daniel Ventura
  • 2474 Visitas
“Dorian".
“Dorian".

¿De dónde nos viene la obsesión por la belleza? ¿De dónde esa sed, tan insaciable? ¿Por qué nos hartamos y no nos hartamos de sólo ver cuerpos? ¿Qué hay detrás de nuestra displicencia sentimental, de nuestro esteticismo cínico? Todas esas preguntas lanza Carlos Be en el montaje que ha escrito y dirige en La Pensión de las Pulgas: "Dorian", una personalísima versión de "El retrato de Dorian Gray", de Oscar Wilde. Creo que Carlos Be lanza también algunas respuestas a esas preguntas, y es por eso que la novela del irlandés queda convertida en un cuento moral y epatante sobre los instintos, ni bajos ni altos, sólo instintos, de los hombres. Lo que surge, gracias también al excelente trabajo de algunos de los actores del reparto, es una función seca como un puñetazo, de perfiles duros, sin concesiones, intensa hasta el desasosiego. Un recomendable ejercicio de y sobre la turbación.

Carlos Be, con su The Zombie Company, es uno de los jóvenes dramaturgos españoles con una huella más definida. En "Dorian", trae a su universo y a su estilo los rasgos más definitorios del texto de Wilde; en la mudanza, ocurren dos cosas. La primera es que opera una decantación de la novela, cuyo corazón aparece concentrado y desposeído, además, de sus ecos sobrenaturales. La segunda es que se construye, con habilidad, una especie de portal del tiempo: ‘lo victoriano’, en lo que tiene de represión, sordidez e hipocresía sigue vivo en nuestras relaciones. Ésa sería la mayor audacia del texto, si la cosa quedase así. Pero no: una mudanza no es una teletransportación, y el dramaturgo trabaja con notable sensibilidad para lograr que su obra se levante como un ensayo sobre el dolor y la soledad.

El Be autor sirve un texto elaborado, denso, detenido en algunas profundidades oscuras y el Be director lo trabaja con la pausa precisa, con ritmos pacientes y transiciones, de una escena a otra o de un espacio a otro (buen trabajo, de nuevo, de Alberto Puraenvidia), muy bien trabadas. Este Dorian se quiere un retablo de las soledades nuestras, de nuestros aburrimientos… ¿De nuestro masoquismo emocional? Quizás. El caso es que Dorian queda escrito como un peón del dolor ubicuo, y no como su demiurgo; pierde así un buen pedazo de su carisma como agente de perdición consciente de su misión, pero gana en interés como lienzo en el que contemplar los desarrollos de una espiral destructiva. Es tan irónico como Wilde el hecho de que el protagonista se difumine un poco a favor de la potencia explicativa del conjunto. Es lo que tienen los retablos.

Es Carlos López quien encarna a ese Dorian a veces abrumado y a veces temeroso de su propio poder de atracción: lo hace con corrección, aunque eché en falta algo más de misterio para el personaje. Aparece rodeado de un conjunto notable, del que se destaca David González: su composición de Victoria es una lección de capacidad para los matices, para la contención y para la ironía. Jorge Cabrera (Basil) y Alfonso Torregrosa (Henry) hacen un trabajo destacable, con dos personajes muy diferentes entre sí, pero unidos en su simbolismo: la madurez que se despereza al contacto de unos labios jóvenes. El conjunto, completado por Francisco Dávila y Javier Prieto, realza esta vez los valores del texto y brinda al espectador una experiencia intensa y, en cierto modo, catártica.

Secciones

Relacionados