Ricardo III

CRÍTICA: 7 Mayo en el Teatro La Guindalera


Sencillez, poesía: Crítica de "La Bella de Amherst"

  • Críticas
  • 07/05/2014
  • Daniel Ventura
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La Bella de Amherst.
La Bella de Amherst.

Como lector esporádico de poesía, he pensado siempre que lo peor que puede pasarle es la grandilocuencia. La grandilocuencia revienta la idea que hay detrás de cada verso y disfraza al poeta con miriñaques feos. La poesía, y esa es una de sus desgracias, atrae con excesiva frecuencia ejercicios pomposos que la blindan como algo críptico e inaccesible, como si en realidad no fuese sólo luz. Creo que la “La Bella de Amherst” me gustó tanto, y me gustó mucho, porque sentí que estaba en sintonía con esta idea sobre la sencillez como aliada de los versos. El montaje sobre Emily Dickinson que han preparado en La Guindalera, con la exquisitez de gusto y tacto de siempre, explora sin estridencias raras la vida de una poeta y de una poesía. Por el camino, enseña que no hace falta nada más que las ganas para disfrutar de los poemas.

La obra tiene como base un texto escrito por William Luce a mediados de los setenta. Fue la primera de su especialización en obras de un solo personaje, casi siempre femeninos y relevantes en la literatura o el arte. Tras Emily Dickinson vinieron Charlotte Brontë, Zelda Fitzgerald y Lillian Hellman. Fue, por lo tanto, la primera en la que el dramaturgo recurrió a las biografías, a la correspondencia y a la obra poética de la protagonista para elaborar un tapiz de vida que el personaje va desgranando ante los espectadores. La trayectoria vital de Dickinson fue un alternar prácticamente constante entre el aislamiento o la tristeza solitaria y una especie de éxtasis contemplativo. Los dos polos de su vida, una síntesis de contradicciones, le dan al texto su hondura y su ritmo: entre recuerdos y versos escogidos, una vida y una creación, imbricadas, se desenvuelven ante nuestros ojos.

Juan Pastor, el director de “La Bella de Amherst” que ahora se estrena, ha introducido distancia e ironía en el discurso de su protagonista. Se opera así una especie de cambio de perspectiva del personaje sobre su propia vida. Es un acierto pleno, porque lejos de debilitarla, el humor, la ironía y la conciencia de sí misma refuerzan la potencia emocional del texto. En definitiva, humanizan todavía más a un personaje fascinante, tanto en su juventud ilusionada como en su vejez de aislamiento y crisis nerviosa. El espacio escénico concebido por Pastor y magníficamente ambientado por Teresa Valentín-Gamazo se constituye como una intersección entre el pasado y el presente, y desde ahí conversa Emily con los suyos y también con nosotros. Colocando a la protagonista en ese territorio espacio-temporal, el director nos dice no sólo que está vigente, sino que está viva.

Y vida es precisamente lo que destila la interpretación de María Pastor. Así como buena parte del éxito de la primera versión de “La Bella de Amherst” hay que atribuirla a Julie Harris, que la protagonizó durante años, es preciso decir que el montaje de la Guindalera no sería lo que es sin ella. Pastor combina una feliz tendencia a la pasión con una enorme capacidad para el matiz y hace con Dickinson un trabajo intenso, que se recrea en el detalle de las oscilaciones espirituales de su personaje y sabe, además, tallar su lado más íntimo. Entonces, cuando se aprecia el gran trabajo de desmitificación que María Pastor hace con Dickinson, cae uno en la cuenta de que esta “Bella de Amherst” no sólo nos acerca a una poeta clave, sino que nos muestra la vía para acercarse a cualquiera: la sencillez es la mejor de las sensibilidades.

Puedes ver "La bella de Amhers" dentro de la iniciativa "Surge Madrid".

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