Ricardo III

CRÍTICA: Hasta el 15 de febrero, en el Teatro de la Abadía


Teatro biológico: Crítica de "Entremeses"

  • Críticas
  • 11/01/2015
  • Daniel Ventura
  • 1772 Visitas
"Entremeses".
"Entremeses".

A mediados del año recién acabado, Richard Linklater estrenó “Boyhood”. Atraído hacia ella por las noticias sobre su peculiar factura, un rodaje de treinta y nueve días a lo largo de doce años, me encontré una joya maravillosa sobre las virutas de felicidad y tristeza que el paso del tiempo nos regala mientras nos esculpe. No pude dejar de pensar en la película mientras veía otra joya, los “Entremeses” cervantinos que José Luis Gómez ha recuperado en el Teatro Abadía. Me recordaba la película la trayectoria del montaje, reestrenado veinte años después de su primera luz, con la misma escenografía y algunos de los miembros del reparto original. Pero no era sólo eso. A pesar de la desemejanza de los argumentos, de una infancia en Texas a tres astucias en el agro castellano; a pesar de la disparidad de temas, del crecimiento a la fabulación contra la hipocresía; a pesar de todo, las dos obras me parecían conectadas por su afán de contar la vida.

Por eso esta crítica se titula “El teatro biológico”, y no “El árbol libertino”, como pensé en un primer momento. La primera idea habría hecho más justicia, quizás, a la plástica y el contenido del montaje, a ese árbol de musculatura oscura y ramas fuertes que concibiera José Hernández y al follaje de tres historias sobre la mentira, la lujuria y la picardía que José Luis Gómez hilvana con el ritmo preciso de una fiesta. Pero lo de “teatro biológico” me parece que describe mejor el espíritu de la obra, la energía feliz con que ésta, asida lealmente al verbo suntuoso y grácil de Cervantes, penetra un lugar y un tiempo no para recrear sus detalles peculiares sino para subrayar sus rasgos de universalidad. Teatro biológico, o bio-lógico, por la manera en que muestra las dinámicas vitales, por la pureza transparente con la que cada función se convierte en un festín de gorjeos, en una celebración de la existencia misma.

“La cueva de Salamanca”, “El viejo celoso” y “El retablo de las maravillas” son los tres ovillos de estos “Entremeses” que tienen veinte años por detrás y podrían tener cincuenta por delante: una sintonía tal entre palabra, representación y música no caduca, no puede decaer. Ni envejecer, porque no tiene tiempo. De ahí que no haya divisoria entre Inma Nieto, Elisabet Gelabert, José Luis Torrijo y Miguel Cubero, los cuatro actores que ya hicieron la obra hace dos décadas, y Julio Cortázar, Palmira Ferrer, Javier Lara, Diana Bernedo y Luis Moreno, los que han sido citados ahora para entregar su trabajo y su verdad a los pies de una encina así como fundacional. El trabajo de todos es brillante, así como el de Eduardo Aguirre de Cárcer ejecutando la partitura concebida por Luis Delgado, lo suficientemente bella como para evocar un atardecer.

José Luis Gómez, en un texto en el que cuenta con honestidad el déficit de vitalidad que los “Entremeses” tuvieron durante su primera fase creativa, utiliza una palabra que yo leía por primera vez pero que certeramente define la carne de la función: “buenser”. En los márgenes de ese buenser, de esa alegría ubicua que se desparrama desde el escenario y envuelve el patio de butacas en una festividad gozosa, caben la ligereza, la farsa, la burla, el juego. Cabe toda la alegría de los campos y toda la potencia de Cervantes, haces de luz divertida con los que estos “Entremeses” iluminan aquello de nosotros mismos que no debemos olvidar.

Secciones

Relacionados