Ricardo III

CRÍTICA: Durante esta temporada, en el Teatro Bodevil


Una diversión completa: Crítica de "La cena de los malditos"

  • Críticas
  • 09/10/2014
  • Daniel Ventura
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"La cena de los malditos".
"La cena de los malditos".

Esto no puede ser una crítica. Porque “La cena de los malditos” no es una obra al uso. El espectáculo inauguró ayer el Teatro Bodevil de Madrid y es sólo una pieza más del engranaje que Fuse People, los artífices de la recuperación de un espacio netamente único en la capital, quieren poner en marcha: espectáculo con música en directo más cena más copas, una propuesta de ocio integral y, esperan, sostenible. Desde que uno entra en el Teatro, percibe que las reglas habituales no operan entre sus cuatro paredes: mesas y reservados en lugar de butacas, más barras de bebidas que espacio propiamente escénico, ninguna prohibición a la hora de hacer fotos o grabar vídeos… “La cena de los malditos”, que iba a estar en sintonía con esa transgresividad e iba a tratar de poner en jaque al espectador, promete un poco más de lo que da. Pero divierte, divierte muchísimo y eso es algo que pueden decir pocos.

El libreto de Marta Gutiérrez, también directora y responsable de la coordinación acrobática, tenía varias obligaciones que cumplir y lo hace con nota excelente en casi todas ellas. Juega magníficamente con las posibilidades espectaculares (en el sentido más esencial de la palabra) de un “escenario” sin fronteras, logra hilar la belleza de los diferentes números acrobáticos y baraja con mano de tahúr experto los talentos diversos de un reparto en el que hay tanta celebridad como experiencia y saber hacer. La historia de los malditos condenados a cabaretear por toda la eternidad, y la historia de amor que la atraviesa como contrapunto, no penetran la epidermis del esbozo y el producto final ni rompe ni inventa ningún canon. Pero absorbe y fascina, más que por el poder atractivo de la trama, por las capacidades de un extraordinario grupo de acróbatas y la potencia de voz de dos de sus protagonistas.

La primera de ellas es Angy, que tiene un cuerpo pequeño y la habilidad para hacerse colosal cuando canta. De ella son los dos momentos más potentes del show, uno realmente bello al volver de la primera de las dos excesivas pausas que dividen la función y otro canalla y sexual, que llega sorpresivamente. También Litus brilla con su voz, especialmente al interpretar “Nothing Else Matters” mientras una acróbata juega con su cuerpo y con las cuerdas en el vacío. Beatriz Ros compone una Madame Dissolue que llena sobradamente el papel de mala histriónica y Adam Jezierski disfruta con el gamberrismo de su hosco Notario, aunque creo que aún podría darle otra vuelta de tuerca más a su juego con el público. En torno a ellos, y en torno a todo el público, una troupe bien engrasada de camareros y camareras bailarines, cantantes y contorsionistas que contribuyen a hacer envolvente la experiencia.

Y es que ésa es la clave: la completitud de la diversión. En el Teatro Bodevil todo sirve a un propósito, el disfrute del espectador-comensal. Y ése propósito se cumple indudablemente, gracias a un show vivo y con momentos de buena espectacularidad (con un vestuario inspirado en Chaumen), que se desarrolla mientras los platos de Carlos Aceves desfilan sobre las mesas del público. En muy pocos lugares de Madrid, la experiencia es tan redonda.

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