Ricardo III

CRÍTICA: Febrero en el Círculo de Bellas Artes de Madrid


Una piedra con un mensaje atado: Crítica de "La Douleur"

  • Críticas
  • 15/02/2014
  • Daniel Ventura
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"La Douleur".
"La Douleur".

Sobre "La Douleur", de Marguerite Duras, pesó durante mucho tiempo un debate futil y un poco idiota: ¿dónde tenía esta mujer escondidos los diarios? ¿Por qué los ha hallado ahora? ¿Quiere implantarnos, de matute, un género híbrido de ficción y no ficción, de memoria y creación? Digo que era un debate idiota porque no hacía sino distraer de lo importante, el contenido de un texto hondo y sinuoso, ramificado certeramente como ramificado es un dolor verdadero. Todas las iridiscendias de la tragedia que cuenta se perciben desnudamente en el montaje que ayer estrenó su segunda temporada en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Está dirigido por José Pedro Carrión y Juan Caño Arecha y tiene a Valery Tellechea como protagonista.

París, años cuarenta. Una amistad intensa y una admiración mal entendida provocan un matrimonio equivocado. El amor se acaba pronto, pero no da tiempo a que la unión se rompa: él, Robert, es llamado al frente, es capturado, es encerrado en un campo de concentración. Queda ella, una mujer rota y desenamorada, pero resistente. Acierta Caño Arecha, autor de la versión, al dejar intocados los pasajes en los que más nítidamente se expresa la lucha de una identidad contra el poder sulfúrico de la hecatombe. Se acierta también en la elegante austeridad de la escenografía y sólo se echa de más la música en algunos momentos, precisamente aquellos en los que nada podría decir más que la sola voz de Tellechea.

La actriz tiene una responsabilidad inmensa: reconstruir la destrucción, componer un estallido, levantar una metáfora: el drama de un individuo, al drama de la humanidad toda. Valery Tellechea la cumple sobradamente y aunque falte a veces el desgarro total, da cuerpo y voz a cien matices, a cien oscuridades, a unas pocas luces. Ha interiorizado el texto y viaja con él a su destino: recordar un abismo de nuestro pasado. Por eso evoca con ojos tiernos, o crispa los músculos y la garganta, o sonríe o llora. Hace un trabajo magnífico y lo lanza a la platea como una piedra con un mensaje atado: no olvidar.

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