Ricardo III

CRÍTICA: Sábados y domingos, en CNC-Sala Mirador


Una verdad esencial y proscrita: Crítica de "Las plantas"

  • Críticas
  • 13/10/2014
  • Daniel Ventura
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CNC-Sala Mirador
CNC-Sala Mirador

Salí casi corriendo, atravesé el patio de la CNC-Sala Mirador y caminé unos minutos hasta estar levemente lejos del teatro y de la gente que salía. Solo entonces, a salvo de los comentarios que se hacen al salir, alejado del primer manoseo de lo visto, saqué la libreta y tomé las primeras notas sobre la inmaculada verdad de “Las plantas”. Pillo el monólogo escrito por Pablo Messiez en la reposición matutina que la sala madrileña le ha concedido; o sea, que lo pillo tarde. Por eso, es probable que las notas que sirven de base a este texto hayan estado ya antes en otras libretas y hayan sido antes base de otros textos. Pero me preocupa lo justo, esta vez, decir cosas que se hayan dicho ya: a veces la mejor misión que puede arrogarse uno es la de repetir verdades ya dichas. Por ejemplo, que “Las plantas” es una preciosidad íntima y poética y Estefanía de los Santos una fiera sin atadura posible. Alguien lo habrá dicho ya, ¿no?

“Las plantas” es la primera cosa de Messiez que veo, así que no puedo fingir que soy su amigo, no puedo hacer filosofías sobre su dramaturgia y no puedo enseñar carnet de acérrimo. Puedo, eso sí, defender que “Las plantas” es un texto bellísimo, perfectamente emocional y radical en el sentido primero de la palabra; es decir, que atañe a la raíz de dos sensaciones tan humanas como proscritas, tan fundamentales en la existencia como intoleradas en nuestro tiempo. La soledad y la tristeza. La escritura íntima y esencial que Messiez muestra en este texto logra erigir belleza sobre los mecanismos ásperos y dolorosos del aislamiento y la desdicha, sobre la crudeza natural de dos verdades que no han dejado, que nunca dejarán de serlo. Hay una rebeldía intensa en la vocación del texto de lanzar enseñanzas, muchas y ciertas, mientras transita con detenimiento sutil las zonas que todos tratamos de dejar en sombra frente a los demás.

Puedo decir también que Estefanía de los Santos tiene dentro del pecho mil caballos sin rapar, inasequibles a la doma. Puedo decir que su encuentro con este texto es una de esas coincidencias (dicho sin matiz de azar) felices de las que nace siempre algo bonito. Puedo decir que no sé cómo lo hace, pero hace en sus ojos el pozo profundo al que su personaje se cayó una vez y del que no ha terminado de salir del todo. Dice el teatro con un español iridiscente de mil imperfecciones, con una especie de quejío antiguo y eterno, y pone a bailar un duende perfectamente expresivo de la pena y sus alivios.

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