Ricardo III

CRÍTICA: Lunes de abril en el Teatro del Arte


Vino para un futuro: Crítica de “La calle del Mariano”

  • Críticas
  • 13/04/2014
  • Daniel Ventura
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La calle del Mariano.
La calle del Mariano.

“Nunca es demasiado tarde para tener una infancia feliz”. Así termina la sinopsis de “La calle del Mariano”, la obra de Perigallo Teatro que Abraham Oceransky dirige los lunes de abril en el Teatro del Arte de Madrid. Creo que esa frase habla del montaje mucho más exactamente que el resto del texto con que se presenta la obra en el programa de mano. Porque “La calle del Mariano” no es fundamentalmente melancólica, a pesar de lo que sugiere el recuerdo de la calle en la que cada uno ramoneó en la infancia; tampoco es fundamentalmente crítica, aunque ataque mediante la parodia nuestro hoy. “La calle del Mariano” es fundamentalmente conciliadora. Es una muestra de teatro con tablas que dice su mensaje honesto: todos tenemos una tara, pero también la capacidad de perdonárnosla.

Celia Nadal y Javier Manzanera, que también interpretan, son los autores de un texto que presenta tres personajes efectivamente tarados: Antuán es un actor tullido, que se mueve entre el odio, la desesperación y las pulsiones suicidas; Pedro es el buenazo que eligió el empleo que peor le venía a su fisonomía moral, antidisturbios, y que ya no puede más con la contradicción; Flor, que era compañera de Pedro, es una ermitaña de nuevo cuño que arrastra por su huerto la culpa de haber dañado a alguien. El texto traba bien los recorridos confluyentes de los tres personajes y dibuja, con acierto y sin alardes innecesarios, los engranajes ético-sentimentales de cada uno de ellos; es decir, cómo se mueven sus interiores. Hay, por lo tanto, dolor y ternura y risa y complicidad y llanto y alegría.

Vicenç Miralles interpreta a Antuán, el clown amargado. Su personaje es quizás el más dramáticamente intenso, y el actor, que se crece en varios parlamentos de ácida crítica, da buena medida tanto en el rencor como en el perdón. También es bueno el trabajo de Javier Manzanera y Celia Nadal. Ellos interpretan a Pedro y a Flor y consiguen, con habilidad de buen intérprete y mucha química, dotar de humanidad a dos personajes que, en otra piel y en otro tono, serían los malos de la película. Una buena y sencilla escenografía ayuda a crear los espacios (una calle, una azotea, la parte de atrás del Parlamento) sin producir interferencias distractoras.

Un extremista de la batalla seguramente criticaría el fondo político del texto, diría “qué ingenuidad” o “qué naif”, y esa crítica estaría señalando la mayor virtud de una obra bonita: su sencilla realidad. Porque el extremismo consiste en permanecer siempre un metro por encima de lo real y en “La calle del Mariano” hay vida, o una receta para ella: si no queremos que cada día sea un infierno o una trinchera, tenemos que saber perdonar de vez en cuando. Y beber el vino sin que se nos agrie. No por conformismo, sino porque amargado no puede construirse un futuro mejor.

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